Bajo todos tus sombreros –74–
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NICO

Son casi las diez de la mañana cuando resuena el timbre de mi casa.

Tras abrir echo un último vistazo rápido al salón.

Después de pasarme las últimas veinticuatro horas lamiéndome las heridas que me dejó la noche con Melania, mi piso es una auténtica leonera, pero al menos he tenido tiempo de airear y adecentar un poco el salón.

Cuando ya escucho voces y pasos en el rellano me doy cuenta de que todavía estoy en chándal. Al menos no es un pijama, pienso.

Abro la puerta y me encuentro a Anabel, acompañada de un hombre de unos cuarenta años.

—Buenos días —saluda él con un fuerte apretón de manos.

—Este es Javier, mi hermano —me presenta ella.

—Encantado. Muchas gracias a los dos. Pasad, por favor.

Los hago entrar hasta el salón y nos acomodamos en la mesa del comedor, frente a tres tazas de café.

Javier es abogado y va a ayudarme con el juicio contra mi padre y también la acusación contra mi hermana.

—He revisado la documentación que me enviaste —empieza, directo al grano—, y quiero que estés tranquilo. Tu padre no tiene caso, ni contra tu madre, ni contra tu hermana. Tenéis testigos y todos los testimonios coinciden, además de las pruebas médicas.

—¿Y lo de mi hermana? ¿Puede Vik tener problemas por haberle golpeado?

—Podría, pero si es un poco listo, no lo hará, o lo usará para intentar negociar o rebajar lo que a él le toque.

Tu hermana actuó para defenderse de un ataque suyo.

Ella se defendió mientras que tu padre era el agresor.

Y esa señora alemana interpuso una demanda por violencia contra su hija, por lo que, si las cosas se complican mucho, podríamos intentar llegar a un acuerdo para que ambas demandas se retiren y se anulen.

—¿Cuándo iremos a juicio?

—Es difícil saberlo. Lo normal es que pasen al menos un par de meses pero podría alargarse hasta más de medio año.

—¿Medio año? ¿Y mientras…?

—Por lo pronto, el juez ya ha emitido una orden de alejamiento. Tu padre no puede acercarse a menos de cien metros de tu madre, ni de tu hermana, ni tampoco de la otra chica a la que atacó. Si viola esa orden, se arriesga a ir a la cárcel directamente.

Suspiro, pensativo, frotándome las sienes.

—Honestamente esto no me tranquiliza del todo —confieso—. Si se acerca a ella una sola vez, puede ser suficiente como para…

Ni siquiera soy capaz de decirlo. La idea de que mi padre pueda cumplir sus amenazas y acabar con la vida de mi madre me retuerce las entrañas.

Como él bien dijo, es cierto que mi padre solo “corrigió” a mi madre en dos o tres ocasiones, pero en una de ellas, mi madre terminó en el hospital con una contusión cerebral y dos costillas rotas.

Yo apenas había terminado el bachillerato y era demasiado cobarde como para contradecir la versión que toda mi familia dio: que se había caído por las escaleras.

Mi padre siempre fue lo suficientemente cuidadoso para no golpearla donde fuese evidente, porque si a algo le teme tanto como mis tíos, es a lo que van a decir los vecinos.

Por desgracia, los vecinos nunca dicen nada aunque de puertas para dentro sepan de sobra lo que pasa a su alrededor.

Aquella fue la primera vez que pensé en la posibilidad de que, un día, a papá se le fuera la mano.

Sé que si lo digo en voz alta, mis tíos dirán que soy un exagerado y un alarmista, aunque en su interior vivan cruzando los dedos para que nuestra familia no se convierta en otra de esas que salen en los telediarios cuando la desgracia que se venía anunciando finalmente sucede.

—Nicolás, ahí no te puedo ayudar —admite el abogado—. En la mayoría de los casos, el riesgo de cárcel suele ser disuasión suficiente, pero jamás me voy a arriesgar a pintártelo todo de color de rosa, porque estamos hartos de ver en las noticias que no siempre es así.

Asiento, agradeciéndole su sinceridad. En estos momentos no necesito que me adornen la realidad.

—¿Cuál es el siguiente paso, entonces?

—Por ahora, toca esperar. Pero recordad que no podéis contactar con vuestro padre bajo ningún concepto. Ni estar en la misma habitación que él. La orden de alejamiento prevalece aunque no haya consentimiento, así que si lo veis rondando a cualquiera de las tres, dad parte a la policía de inmediato.

—Lo haremos, tenlo por seguro.

—Bien.

Se levanta y me tiende la mano para otro de esos apretones con carácter.

—¿Ya te vas? —pregunta Anabel a su hermano.

—Hoy no puedo pararme mucho. Tengo que reunirme con un cliente en media hora. Estamos en contacto, Nicolás. Cualquier cosa, tienes mi teléfono. A cualquier hora —me ofrece.

—Lo haré. Muchas gracias. ¿Tú te quedas un rato más? —pregunto volviéndome hacia Anabel.

—Si me ofreces otro café, sí.

—Claro.

Javier coge su chaqueta y se va mientras sirvo otra taza de café para mí y para Anabel. Nos sentamos en la mesa y siento su mano sobre la mía en gesto de apoyo.

—No te preocupes. Tienes que ser positivo y confiar en que todo se resuelva.

Le agradezco el gesto con una sonrisa cansada, pero sus palabras no acaban de hacer el efecto deseado.

—He tenido una mierda de semana, la verdad. Me está costando un poco eso de ser positivo.

—Necesitas salir y distraerte un poco. ¿Qué vas a solucionar quedándote en casa a comerte la cabeza?

Ya has escuchado a mi hermano. Por ahora toca esperar y esto puede alargarse.

Tienes que dejar de pensar en esto y en casa no lo vas a conseguir.

—¿Por qué no te das una ducha, vamos a buscar a Biel y nos vamos a Girona a comer todos? —propone Anabel.

—No te voy a negar que babear un poco sobre la colección de Lucas me parece mejor plan que el que tenía… —reconozco tentado.

—Pues venga, no se hable más. Ve a ducharte mientras yo llamo a Biel.

Le sonrío alzando las cejas.

—Sois igual de liantes los dos. Si Biel no fuera gay, seríais tal para cual.

—No te creas. Me encanta Biel, pero es demasiado escandaloso para mí —se ríe—. Creo que tú eres más mi tipo que él.

Sacudo la cabeza con una sonrisa y salgo del salón antes de que la insinuación se vuelva incómoda.

Mientras me ducho, pienso en lo diferentes que son Anabel y Mel.

Tengo que reconocer que Anabel no se anda mucho por las ramas.

Con ella las cosas serían fáciles porque están claras, mientras que con Mel…

Con Mel todo es complicado. ¿Pero qué me esperaba?

Es una cría y actúa como tal. Y yo me dejé liar en esas tonterías y he salido escaldado.

Sería más fácil de aceptar si no fuese tan difícil quitarme el recuerdo de su cuerpo de la cabeza.

No puedo negar que, por muy herido que me haya dejado el orgullo, una parte de mí se muere por verla otra vez, por poder volver a besarla.

Esta noche fui incapaz de dormir porque su olor sobre las sábanas era una auténtica tortura.

Pero tengo que sacármela de mi mente. Como sea.