Bajo todos tus sombreros –73–
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MEL

Abro los ojos y veo que entra algo de luz por los agujeros de la persiana. Miro el reloj despertador que hay sobre la mesilla. Son casi las nueve y media de la mañana.

A esta hora llegué ayer a casa después de que la mejor noche de mi vida se torciese en el peor despertar.

Llevo veinticuatro horas encerrada en mi dormitorio, hundida bajo el edredón, aislada de todo y de todos.

Las cuencas de los ojos me escuecen de tanto llorar y el estómago no deja de rugir, impaciente.

Me doy cuenta de que no he comido nada desde la cena de Nochebuena.

Me siento agotada, física y mentalmente.

No entiendo nada de lo que ha sucedido en mi vida en las últimas cuarenta y ocho horas. O tal vez en el último mes. Quizá no entiendo nada de mi vida en general.

Pero lo único que sé es que no puedo seguir así.

Empecemos por lo fácil, por volver a existir. Enciendo el teléfono. Al poco rato me empiezan a llegar notificaciones. Tengo veintidós llamadas perdidas de mi tía, cuatro de mi padre, tres de Vik, una de mi tía abuela y otra de Cata. Ninguna de Nico. Ni un mensaje. Ni un Whatsapp. Nada.

Antes de que pueda intentar buscar una explicación a su cambio de actitud que no acabe con Melania hecha un mar de lágrimas, el teléfono suena otra vez. Es mi tía Nanni.

Me tomo mi tiempo para coger aire y soltarlo todo despacio antes de descolgar la llamada.

—Vas a gastar el contacto de tanto llamarme —digo, sintiendo mi boca pastosa después de no haber dicho una palabra en tanto tiempo.

—Empezaba a temerme que no volverías a hablarme en la vida.

—Estoy tentada —admito—, pero alguien me está dando a probar del mismo jarabe y no es agradable.

—Cariño, sé que estás muy enfadada conmigo, y tienes todo el derecho del mundo a hacerlo. Pero, por favor, no me juzgues del todo sin que hablemos primero.

Me froto la cara para desperezarme.

—Necesito comer algo —digo, lanzándole un cabo que ella coge al vuelo.

—Te recojo en quince minutos y vamos a desayunar a donde tú quieras.

—Media hora mejor. Tengo que darme una ducha.

—Está bien, cielo.

***

Una hora después estamos sentadas en una cafetería del centro. Mi tía ante un tazón de café con leche doble, yo ante un plato de tostadas de pan con tomate y un croissant .

—¿No vas a quitarte el gorro? —pregunta Nanni mirándolo con aprehensión.

—Nop —contesto con rotundidad antes de dar un bocado a la primera tostada.

Me he puesto el más caótico que tengo. Nanni lo detesta.

Me lo hizo la tía Concha cuando estaba en el instituto y ella no soporta a la tía Concha, así que por extensión tampoco le gusta nada que venga de ella.

Yo no me lo había puesto nunca, porque la verdad es que a mí tampoco me gustaba mucho y es demasiado cálido para Barcelona.

Es un gorro de lana de todos los colores posibles, con dos trenzas delgadas que caen a ambos lados de la cara y algo que no llega a ser un pompón deshilachado en la punta de arriba, sobre la cabeza.

Hoy siento que pega de maravilla conmigo.

Es un sombrero que no sabe ni de qué color es ni qué forma tiene.

Y tengo que reconocer que es muy cálido y cómodo, así que no, no pienso quitármelo, le incomode a quien le incomode.

—Antes de que empieces a contarme nada —empiezo, todavía con la boca llena—, tengo una pregunta. Lo de las obras en tu casa era mentira, ¿no?

Mi tía me dedica una mirada avergonzada.

—Ya puedes empezar desde el principio, porque tienes mucho que aclarar.

Mi tía da un sorbo largo a su café mientras yo hago crujir la tostada bajo mis dientes para ponerla aún más nerviosa.

—Tu padre se presentó de imprevisto en casa de la abuela hace casi tres semanas. Traía a su mujer, un par de maletas grandes y…

Me mira temerosa. Yo sigo masticando pero le devuelvo la mirada con los ojos entrecerrados.

—¿Y?

—Y otra hija.

Pongo la espalda recta y me reclino en el respaldo de la silla mientras termino de masticar con parsimonia. No me equivoqué, después de todo. Parece que tengo una hermana de la que mi padre no se dignó a informarme.

—Sigue —le pido, con tranquilidad.

—Nos dijo que tenía que arreglar algunos asuntos en Barcelona y que así aprovechaba para visitarnos y que conociéramos a la niña, pero a tu abuela no le hizo ni pizca de gracia.

—¿Y eso? Creí que estaría encantada ahora que mi padre ya no está con la alemana —exagero la última frase.

Sé que mis abuelos nunca aceptaron del todo a mi madre y, cuando mis padres se separaron, mi madre cortó toda relación con mi familia paterna, aunque nunca me prohibió que yo sí la tuviese.

Mi tía sacude la cabeza en negación.

—Para nada. Puede que tu madre no fuese la nuera ideal, pero tu abuela se llevó una buena decepción con su hijo cuando dejó a su hija y a su exmujer viviendo en la miseria y se fue a vivir la vida loca a Francia.

Y ahora vuelve otra vez, con otra extranjera y otra hija.

Así que la abuela no quiere saber nada de ellas y les dijo que con ella no se podían quedar, ninguno de los tres.

—¿Ni siquiera quiso ver a la niña? —pregunto, un tanto sorprendida. Al fin y al cabo, también es su nieta.

—Ni siquiera a la niña —confirma mi tía.

—Así que acabaron quedándose contigo. —Mi tía asiente—.

¿Por qué no me lo dijiste? —exploto, por fin—.

Ya me duele bastante saber que mi padre lleva tres semanas en la ciudad y no se ha dignado a venir a verme ni a llamarme, pero que tú también me mientas para ocultármelo…

¡es el colmo! Y luego te encuentro el día de Navidad comiendo con ellos, jugando a la familia feliz… ¿¡cómo crees que me sentí!?

Mi tía se encoge bajo mis reproches.

—Te sentiste fatal, y con toda la razón, cielo.

¡Lo siento tanto! Sabes que mi hermano no es santo de mi devoción.

Yo tampoco quería que se quedara conmigo.

Si hubiese sido él solo, le hubiese mandado a la mierda y que durmiese debajo de un puente, ¡te lo juro!

Pero la niña me dio pena. Entiéndeme, Mel, al final también es mi sobrina…

—Eso puedo entenderlo —le aseguro, enfadada—. No soy una insensible. ¿Pero por qué mi padre no me dijo nada? ¡Ni siquiera me había dicho que tengo una hermana! Y ya tiene, ¿qué? ¿Tres años?

—Cuatro…

—¿¡Por qué!?

—Tu padre me pidió que no te dijese nada. Dijo que él te buscaría cuando llegase el momento.

—¿Cuando llegase el momento? —repito—. ¿Y eso cuándo es exactamente? Estábamos en Navidad y ni siquiera se dignó a cogerme el teléfono cuando yo le llamé.

—No lo sé, cielo. Te aseguro que me he cansado de discutir con él sobre este tema.

Y tienes razón, no debería haberle hecho caso.

Debería haberte dicho desde el principio que estaba aquí y lo siento mucho…

—Extiende su brazo hacia mí y saca el labio, poniéndome ojitos—.

Tu siempre vas a ser mi debilidad… ¿Me perdonas?

Resoplo y le aprieto la mano, pero no sonrío.

—Nanni, no se trata de un capricho infantil porque esté celosa de mi nueva hermana. ¡No sabía ni que la tenía, joder! ¿No te parece un poco fuerte?

—Claro que sí, cariño… Te aseguro que tu abuela y yo nos quedamos igual de sorprendidas. ¿Por qué crees que este año no quiso celebrar la Navidad? Se fue con los tíos para escapar de tu padre, que no deja de rondarla.

—Tenía varias llamadas perdidas suyas. Parece que ahora sí quiere hablar conmigo —le informo—. ¿Será que ahora ya es el momento?

Mi tía me mira durante unos segundos que se me hacen eternos, seria.

—Cielo, yo no quiero ser alarmista, pero no me fío de tu padre ni un pelo. Mi hermano solo vela por un interés, el suyo propio. Ten cuidado.

—En los últimos años me ha ignorado por completo, me ha ocultado que tengo una hermana, y lleva tres semanas en la ciudad sin venir a verme. ¿Qué más puede hacer para darme a entender que le importo un bledo?

—Bueno, dejemos de hablar de tu padre y mejor cuéntame qué ha pasado. ¿Porqué dijiste antes que alguien te está dando a probar de tu propia medicina?

Pongo los ojos en blanco y resoplo, pero me armo de valor y le cuento a mi tía todo lo que ha pasado con Nico, porque lo cierto es que necesito contárselo.

Necesito decírselo a alguien para ver si, escuchándolo en voz alta, le encuentro algún sentido que no me lleve a la conclusión de que Nico jugó conmigo de una forma muy rastrera.

Mi tía me escucha sin pestañear y termina con la misma confusión que tengo yo.

—No lo entiendo —concluyo—. Pasamos una noche increíble. Fue tan atento conmigo, tan cariñoso… tan… pasional… Y por la mañana, puro hielo.

—Bueno, al fin y al cabo sigue siendo tu profesor… —dice mi tía—. Si en la facultad se enteran de esto, podría tener problemas gordos. Quizá al despertarse se sintió abrumado con todo y le entraron remordimientos.

Me quedo pensativa y a mi memoria vuelven todos los momentos en los que casi tuve que suplicarle que continuase. Tal vez esa lucha que libraba consigo mismo era mayor de lo que creía. Quizá esa noche Nico ganó la batalla, pero perdió la guerra por la mañana…

La idea me desanima y mi rostro lo refleja.

—Cariño, lo que está claro es que tenéis que hablar. No me parece que Nico sea un chico que se aprovecharía de ti de esa forma, que se acostaría contigo y por la mañana, si te he visto, no me acuerdo. Lo mejor es que lo busques y hables con él.

—Sí, tienes razón —le digo.

Aunque esa idea me pone nerviosa, la conversación con mi tía me trae algo de paz y claridad y eso ayuda a que mi estómago se asiente un poco.

Solo un poco. Pero sé que no puedo seguir así.

No puedo seguir sin comer y sin dormir. En un par de semanas empezará la recta final del semestre y tengo que quitarme comeduras de olla de encima. Iré a hablar con Nico hoy mismo.