–72–
NICO
El sonido insistente de mi móvil me despierta, resonando y vibrando sobre la mesa del comedor.
Abro los ojos y veo a Mel dormida a mi lado.
Me levanto de golpe y apuro el paso hasta el salón, intentando que no se despierte.
Veo el nombre de Vik en la pantalla y descuelgo mientras echo un vistazo a mi reloj de pulsera.
—Espero que sea importante para que me despiertes a las ocho y veinticinco de la mañana cuando sabes que estoy de vacaciones —le digo en voz baja, mientras echo un vistazo desde el umbral de la puerta a la silueta que todavía duerme sobre mi cama.
—¿Qué tal, hermanito?
El tono de mi hermana me hace saltar las alarmas. Esta mujer tiene un sexto sentido para saber cosas de mi vida que no debería saber.
—Dormido —contesto, intentando mostrarme apático, mientras por dentro estoy sonriendo como un niño al ver la curva desnuda de la espalda de Mel.
—¿Qué tal has pasado la noche? ¿Algo interesante?
Frunzo el ceño. Será cotilla… ¿Será que Mel le ha contado algo?
Estoy muy tentado de preguntarle, pero descarto la idea.
Después de la espectacular noche que he pasado, lo único que quiero es despertar a Mel con un desayuno en la cama.
Si tengo que hablar con alguien de lo que ha pasado entre nosotros, es con ella, no con mi hermana, por muy pesada que se ponga, así que la corto enseguida.
—Después de pasar la Nochebuena en comisaría lidiando con las gilipolleces de papá y de los tíos que me llamaron por la mañana, el resto del día fue más que interesante. Dormí como un tronco, gracias.
—Oh… Pensé que… —balbucea Vik al otro lado de la línea, decepcionada—. No importa. ¿Qué ha pasado con los tíos?
La pongo al tanto de la conversación que tuve por la mañana y mi hermana termina más cabreada que yo.
—¿Cómo está mamá? No he hablado con ella desde ayer.
—Está mejor. Más tranquila, aunque ya sabes que eso en ella no significa mucho —responde Vik—. Al final vamos a tener que volver a mudarnos. Entre papá y…
Se para en seco y deja la frase a medias pero mi sexto sentido se activa y me dice que esa omisión no ha sido retórica.
—¿Papá y quién, Vik? —No contesta—. Vik —repito, con firmeza—, ¿qué ha pasado?
—Te lo cuento, pero tienes que prometerme que no vas a flipar, ¿vale? Ya bastante tienes encima con lo tuyo.
—Vik…
—Ayer me encontré con David.
Siento que el corazón me empieza a bombear más deprisa.
—¿Dónde? ¿Dónde te encontraste con él?
—El el portal, cuando volvía de la farmacia de guardia. Tuve que salir a comprar pañales para Martina y me lo encontré de frente. Creo que venía de buscar a Mel. Es la segunda vez que me lo encuentro aquí… El muy gilipollas. Tuvimos un encontronazo que no veas.
Vik sigue hablando, pero yo ni siquiera la escucho. Solo escucho la sangre que me hierve, bombeando contra las sienes. Siento que algo se me rompe dentro.
Ese hijo de puta estuvo con Mel ayer, antes de que ella llegase a mi puerta, temblando y llorando.
Antes de que se tirase en mis brazos y me suplicase que la metiese en mi cama.
Y lo hice. Como un gilipollas, la creí y cedí a todo, a mis deseos más bajos, a esa atracción irracional que me provoca.
Me olvidé de mis principios y de toda razón, arriesgando mi carrera y enredándome en unos sentimientos que me había esforzado por ignorar, y que en este momento me queman por dentro.
—¿Nik? ¿Sigues ahí?
La voz de Vik me devuelve a una realidad muy amarga.
—Sí, estoy aquí. Vik, tengo que dejarte. Te llamo más tarde, ¿vale?
—Okay… —contesta mi hermana.
Cuelgo la llamada y dejo caer el teléfono sobre la mesa.
Cierro los ojos y me paso las manos por la cara. Siento la bilis en la boca del estómago. El recuerdo de lo que pasó ayer, de las horas que pasé con Mel en mi cama, me abrasa. Me consume la ira por sentirme utilizado, y me desespera la idea de que jamás volveré a tenerla de la misma forma.
—Buenos días…
Su voz me sobresalta a mis espaldas.
Me doy la vuelta y la veo de pie junto a la puerta del dormitorio, envuelta en la sábana. El pelo despeinado le roza la clavícula y los hombros desnudos. Tiene las mejillas encendidas y me sonríe, pero yo soy incapaz de devolverle el gesto. Aparto la mirada y le doy la espalda.
—Buenos días.
Mi tono es seco. Consigo contener la rabia y que no me tiemble la voz, pero no soy capaz de mirarle a la cara. Temo que si lo hago, vuelva a caer otra vez en esos ojos de cordero. El maldito corderito que me ha enredado y ha hecho conmigo lo que ha querido. Como un auténtico novato.
Siento sus manos deslizándose por mi torso desde la espalda y su tacto me suelta una pequeña descarga.
—Hoy no tenemos que madrugar… —dice con voz melosa, dándome un beso en el hombro.
Le separo las manos y me aparto, alejándome. La miro de reojo y veo la confusión en su mirada.
—En realidad, sí. Tengo cosas que hacer —contesto.
Melania se queda en su sitio paralizada, aferrando la sábana en sus manos para intentar cubrirse.
Sus ojos no pueden ocultar que mi frialdad la ha lastimado.
Probablemente esperaba que el príncipe postizo la despertase como a la Reina de Corazones que es, para que pudiese ser ella la que decidiese cuándo aburrirse.
No tengo ninguna intención de prolongar esta farsa más de lo necesario.
—E-está bien. Será mejor que me vaya, entonces —dice al fin, pillando la indirecta.
Me preparo un café mientras ella se viste en el dormitorio.
No tarda ni un minuto. Cuando sale se queda de pie, mirándome, mientras yo abro el armario sobre el fregadero.
Saco una taza y lo vuelvo a cerrar, dejando la taza sobre la encimera.
Vuelvo el rostro hacia ella sin molestarme en girar el resto del cuerpo.
Noto que tiene los ojos vidriosos. Trago saliva y me obligo a endurecerme y a ignorar la tentación de volver a caer en el engaño, de abrazarla e impedir que se vaya.
Porque una parte de mí no soporta la idea y sé que lo que sucedió entre los dos me va a quitar muchas noches de sueño en los próximos meses.
—Hay paraguas en la entrada. Puedes coger uno si lo necesitas —le digo apartando la mirada y sirviéndome un poco de azúcar en la taza.
—No, tranquilo. —Su voz suena cargada de rencor—. Me voy exactamente igual a como vine. Supongo que ya te has despertado del sueño.
Desaparece de mi vista y, a los pocos segundos, la puerta de la entrada se cierra con un portazo que deja el edificio temblando casi tanto como lo está mi interior.