–71–
MEL
Nico observa mi escote y sus dedos acarician las tiras de mi sujetador.
La forma en que me mira me dice que está deseando lanzarse tanto como yo que lo haga, pero sus manos se han frenado.
Está paralizado. Sé que está librando una lucha interna y yo necesito que Nico gane esa batalla a mi profesor de Ética.
Lo necesito. Necesito estar con él. Necesito que el fuego que él despierta en mí y la devoción con la que me mira se lleven el dolor que siento por sentirme relegada y desechada.
Así que me armo de valor y me quito el sujetador yo misma.
—Tócame, Nico —le suplico—. Me prometiste que solo volverías a meterme mano si yo te lo pedía y te lo estoy pidiendo. —Me atrevo a esbozar una sonrisa al recordar aquel encuentro en la discoteca de Girona—. Quiero que me toques, si lo deseas…
—¿Si lo deseo? —pregunta. Su mirada se alza desde mis pechos hasta mis ojos y veo que sus pupilas están dilatadas, oscureciéndolos—.
Joder, Mel—. Se lanza a mi boca y sus manos me arrasan.
Las siento por toda la piel. Me pegan a él, trazan la curva de mi cintura, sujetan mi nuca, se cierran alrededor de mis pechos… —Claro que lo deseo.
Su boca se despega de la mía para participar en esa excursión. Su lengua y sus labios trazan la forma de mi cuello y mi clavícula. Su humedad dispara la mía. La parte baja de mi vientre arde y lo único que quedaba seco de mi ropa se empapa a consecuencia.
—Lo deseo más que nada.
—Entonces tócame —le repito. Mi voz apenas es un gemido—, donde tú quieras…
Los dedos de Nico se tropiezan con la cinturilla elástica de mis vaqueros y se deslizan bajo ella, dándome a entender que han entendido el mensaje a la perfección.
Porque aunque le estoy dando la libertad de elegir, por dentro estoy deseando sentir sus manos donde yo quiero sentirlas.
Lo siento deslizarse sobre la piel de mi vientre hasta rozar los escasos milímetros de mi vello púbico.
Cuando al fin resbalan entre mis labios inferiores, mi respiración se entrecorta.
—Párame —me pide en un hilo de voz, dejando que su frente descanse en la mía.
—No quiero… —le advierto con un jadeo, apretando su mano contra mi entrepierna sobre el pantalón—. No quiero que pares.
Dos de sus dedos se pierden hacia mi interior y me hacen contener el aire. Cuando por fin me acuerdo de volver a respirar, de mi boca se escapa un gemido profundo, de alivio y de desesperación.
—Por Dios, Mel…
Nico suspira con su frente sobre la mía, deslizando sus dedos dentro y fuera de mi canal un par de veces, empapados en mí.
La presión que hace sobre la pared de mi vagina me hace clavar mis uñas en la piel de sus brazos.
Aprieto los muslos, ansiosa por retenerle entre ellos, pero entonces él retira su mano.
Antes de que pueda protestar, comienza a desabrocharme el pantalón y, cuando quiero darme cuenta, estoy tumbada en la cama y mis vaqueros están cayendo al suelo.
Su boca recorre el interior de mis muslos haciéndome temblar, y sube por mi vientre hasta llegar a mis pechos.
Su aliento me hace cosquillas sobre ellos, tentándome y llenándome de expectación.
Lo miro con ojos suplicantes, consciente de que mis mejillas están acaloradas, encendidas por el calor que me consume de arriba abajo.
Enredo mis dedos entre el pelo de su nuca, apretándolo con fuerza para exigirle que lo haga de una vez y deje de ser tan cruel.
Al fin, la humedad cálida de su boca hace que la piel de mis pezones se contraiga.
Los besa de una manera que me vuelve loca, porque es la misma forma en la que me besa a mí.
Esa desesperación, ese ritmo acompasado con el que su lengua se encuentra con la dureza de mi pezón me hace recordar lo que es tenerla dentro de mi boca y me doy cuenta de que ya soy adicta.
—Nico…
Le suplico con la mirada, con mis manos, con mis piernas que se frotan contra las suyas.
Él se deja caer sobre mi pelvis y me da esa dosis de droga que estaba necesitando.
Cierro los ojos y pierdo la noción del tiempo en ese beso, hasta que el roce de su erección a través del pantalón se vuelve insoportable. Necesito sentirlo más cerca de mí.
Mis manos empujan la cinturilla de su chándal con impaciencia y acarician su dureza en toda su largura sobre el calzoncillo, provocando un gemido en su garganta que se escapa entre nuestros labios pegados.
Nuestros sexos se rozan sobre la ropa interior, que se empapan la una a la otra, y yo siento que estoy a punto de perder el sentido.
Mi piel me abrasa tanto que me falta el aire.
Me arqueo y empujo mis caderas hacia él.
Siento su punta presionando contra la entrada a través de la tela.
Estoy tan excitada que creo que de un momento a otro me abriré para él con o sin ropa de por medio.
—Por favor, Nico.
Apenas soy capaz de hablar.
Él se separa y en el breve lapso en el que tarda en quitarme las bragas y deshacerse del resto de su ropa, mi cuerpo se retuerce de nostalgia.
—Ven aquí —le suplico.
Lo veo rebuscar en el cajón de su mesilla y sacar un preservativo.
Siento su peso de nuevo entre mis piernas. Sus brazos me rodean a ambos lados, acunando mi cabeza entre ellos. Me besa con una ternura que me derrite y me mira a los ojos, rozando mi mejilla en una caricia.
—¿Estás segura? —susurra, sin apartar la mirada.
Atrapo su labio inferior entre los míos y asiento con vehemencia.
—Segurísima —respondo.
Entonces lo siento presionar mi entrada. Mis dedos se clavan en su cintura mientras avanza dentro de mí, despacio pero sin pausa. Gimo cuando lo siento llegar hasta el final. Nos quedamos así durante un instante, unidos por completo, con mis piernas enredadas alrededor de las suyas.
Se retrae para salir casi por completo y volver a entrar, con la misma suavidad, pero con más decisión, y mi interior se disuelve a su alrededor, facilitándole el camino.
Su calor y dureza me vuelven loca. Arqueo mi cuerpo ansiosa de más, desesperada por buscar el contacto con toda su piel.
La necesidad porque me toque y me haga suya se vuelve agónica.
Nico responde con todo su cuerpo. Con su boca, con sus manos, con su mirada, con sus piernas…
Cada parte de él participa y busca cada parte de mí.
No me folla buscando desfogarse. Me mima, me consiente, se funde con mi cuerpo hasta que los dos nos convertimos en un solo ritmo, en un gemido único al que sigue el mismo coro de jadeos.
Me aferro a él como si temiese caerme en el abismo al que me empiezo a asomar.
Mi garganta está completamente reseca, mi respiración se acelera, mis gemidos se intensifican bajo sus sacudidas, más intensas y profundas.
No quiero hacerlo, pero mis uñas se clavan en su piel en un intento por anclarme a algo real mientras me pierdo en una fantasía.
Mi interior se contrae a su alrededor, tirando de él hacia ese paraíso en el que yo ya estoy cayendo.
Una descarga eléctrica me sacude de arriba abajo, dejándome sin aire y sin esencia para llenarme de la suya.
Nico deja escapar un gemido grave junto a mi cuello y sus brazos tiemblan a mi alrededor.
Su pecho y el mío suben y bajan acompasados, en éxtasis, rindiéndose juntos al rastro de ese culmen que hemos compartido.
Abro los ojos cuando siento que él alza su cabeza y nuestras miradas se cruzan, veladas todavía por el arrebato. Su mirada me lo dice y yo solo espero que la mía pueda devolverle un poco de lo que él me está dando.
—Mel, eres un sueño del que no me quiero despertar.
Sus palabras llenan mi pecho de una calidez limpia que jamás había experimentado antes. Y es en este momento, desbordada por lo que siento, cuando por fin descubro lo que significa hacer el amor.