Bajo todos tus sombreros –70–
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NICO

Cierro la puerta tras ella y enciendo el aire caliente.

Mel se ha quedado parada en el vestíbulo y está completamente empapada de arriba abajo.

—Estás temblando de frío. Será mejor que te des una ducha caliente y te quites esa ropa mojada —le digo entrando en el baño para buscar una toalla—. Te buscaré algo de ropa mía para que puedas ponerte.

—Nico, para. —Me detengo a la salida del baño, con la toalla todavía en la mano, y la observo acercarse a mí con una extraña decisión en su mirada—. Tengo que preguntarte algo.

—¿Ahora? ¿No será mejor que te des una ducha antes? Te va a coger el frío. Estás tiritando.

—No me importa.

Sus labios están apretados y me doy cuenta de que sus puños también.

—¿Por qué me besaste el otro día?

Mierda.

Creo que no estoy preparado para esta conversación.

Su mirada fija me desarma.

Mi mente es una cascada de pensamientos. No sé qué responderle porque todas las respuestas posibles tienen algún tipo de condicionante que las hace desastrosas. Lo único que se me ocurre no es una contestación, sino otra pregunta. Y como soy imbécil, la formulo en voz alta.

—¿Por qué me preguntas eso justo ahora?

Se acerca a mí y se aferra a mi camiseta. Siento el calor de su cuerpo. La tengo tan cerca que vuelvo a ver todos los matices de sus ojos. Así, con la luz, parecen verde oliva.

—Porque quiero que lo vuelvas a hacer.

Mi deseo me juega una mala pasada y me hace soñar con que quiere besarme y con que quiere que la bese. Pero mis últimos días han sido todos así: empiezan con la miel para terminar enfangados y cubiertos de abejas. Así que ya no me fío de mi suerte.

—Mel, es evidente que te besé porque, contra toda lógica, me vuelves loco —confieso con un suspiro. Me da la sensación de que le brillan los ojos al escucharlo, pero le aparto las manos con suavidad y me mantengo serio—. Pero no puedo dejar que me uses para desquitarte con tu ex.

Ella da un respingo y abre la boca en una expresión de perplejidad.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir con eso? —pregunta.

El hecho de que su confusión parezca genuina me causa tanta ansiedad como alivio.

—Te has encontrado con él. Con David. Y por eso estás así.

Ella suelta una carcajada, herida.

—¿Eso es lo que crees? ¿Que ahora quiero echar el polvo de venganza contigo para desquitarme con mi ex?

—Cabreada, se saca el gorro y lo tira sobre el sofá, y yo me empiezo a poner nervioso—.

¡Pero serás imbécil! —exclama, enfadada—.

¿En serio me crees tan tonta como para seguir colgada de David después de enterarme de lo que nos hizo a mí y a tu hermana?

Lo que me ha pasado hoy no tiene nada que ver con él.

No eres el único que tiene un padre de mierda.

Pero lo que sí eres… ¡es un borrego! ¡Uno de categoría!

Me doy cuenta de que estoy intentando contestarle, pero no sale ningún sonido de mi boca, solo boqueo como lo que soy, un borrego de categoría.

Su última frase se queda flotando entre los dos, prolongada por un contacto visual que ella deshace para frotarse la cara, resoplando.

—Te he preguntado por qué me besaste porque mi cupo de engaños, dudas y comeduras de olla en general ha llegado hoy a mi límite.

Sé que esto es una locura, pero para mí es real.

Necesito saber si solo soy un experimento para ti, algo interesante pero pasajero.

Si solo es el morbo porque soy tu alumna y si eso es todo lo que soy a tus ojos: una cría que todavía no tiene ni idea de la vida y a la que todo el mundo le toma el pelo.

Sus palabras me desarman por completo. Claro que es una locura. Una maldita locura, pero las ganas que tengo de que me encierren en este manicomio son muy reales.

—Mel…

Su gesto me detiene.

—Y si ese es el caso, prefiero saberlo para no seguir haciéndome ilusiones con algo que no va a pasar. Pero si no es así —continúa—, si lo deseas tanto como yo, entonces quiero que vuelvas a hacerlo y que lo hagas de verdad, sin contención y sin remordimientos.

—Joder, Mel.

A la mierda la contención y que lluevan los remordimientos.

Lo haría si no me lo hubiese pedido. Habría sucumbido a tenerla tan cerca, al recuerdo del regalo que ella me dio ayer, y habría terminado por besarla otra vez. Pero su súplica ha sonado cargada de una exigencia desesperada y eso me hace perder el control.

Enredo mis dedos entre su pelo húmedo y me lanzo a su boca, que me recibe con la misma ansia. Sus labios están empapados, por su humedad y por la mía, porque soy incapaz de dejar de beber de ellos, aunque eso signifique dejar de respirar.

La pared nos sobresalta de pronto a su espalda, poniendo un final a un camino que ni siquiera sabía que habíamos recorrido. El hambre que tengo de ella me hace buscarla con todo el cuerpo. Mis manos recorren su cintura y la pegan a mí porque necesito sentir su anatomía en cada rincón de la mía.

El beso se rompe en el agónico deber de tomar aire y nos miramos a los ojos con las frentes apoyadas la una en la otra.

—Mira que eres… —susurra con una sonrisa, sin terminar la frase.

—Dilo —la insto mientras hundo mi cara en su cuello y lo atrapo en un mordisco contenido entre mis labios, haciéndola gemir—.

Mira que soy borrego. —Le sonrío y la beso otra vez.

Una sola vez, pero con toda la carne en el asador, de esos besos que hacen que, cuando se terminan, tus ojos se mantengan cerrados mientras el recuerdo de ese contacto todavía perdura—. Pero que muy borrego.

Esta vez es ella la que inicia, la que toma el control, la que atrapa mi cabeza entre sus dedos de seda, que se pierden entre mi pelo como si quisieran apresarme en una red de caricias de la que no quiero salir.

—Mi borrego.

Me susurra tan cerca de los labios que casi puedo leerlo en código morse. Me lanzo a saborear la huella de ese apodo que va a convertirse en mi palabra favorita. Porque si ella quiere ser mi corderito, yo puedo ser su borrego o lo que ella quiera.

Mientras mi lengua y la suya se familiarizan, mis manos toman vida propia y empiezan a quitarle la chaqueta.

Está tan empapada que se pega a su cuerpo.

Mel ayuda en la labor mientras nuestras bocas siguen pegadas.

Cuando por fin nos deshacemos del abrigo, mis brazos toman una nueva medida a su cintura, que encaja entre ellos como si siempre les hubiese pertenecido.

Deslizo mis manos sobre ese trasero por el que he suspirado más de una vez, apretando sus nalgas con ansia.

De un tirón, la alzo a horcajadas, encajándola entre mi cuerpo y la pared, y ambos jadeamos cuando mi erección roza su entrepierna a través de sus vaqueros.

Sus piernas rodean mi cintura, encerrándome en una prisión que yo mismo he construido.

Abrumado por las ganas que tengo de hundirme en ella, exhalo intentando calmarme y dejo caer mi frente contra su mejilla.

—Pídeme que pare, por favor —le suplico—, porque yo no voy a ser capaz…

Mel acerca sus labios a mi oreja y siento la humedad de su lengua alrededor del lóbulo. Mi cuerpo se sacude en un escalofrío que me recompone por dentro.

—Llévame a tu cama.

Abro los ojos y la miro como si me acabase de contar un secreto de estado antes de volver a cerrarlos para rendirme a la comodidad de su boca.

Orden o deseo, me da igual, yo obedezco.

La separo de la pared y la llevo a mi dormitorio entre beso y beso.

La persiana de la ventana está a medio bajar y percibo el cambio de luz a través de mis párpados.

Nada más la dejo en el suelo, ella tira del borde de mi camiseta para despojarme de ella y yo no soy capaz de resistirme a no hacer lo mismo. Lleva un sujetador en tono rosa palo transparente que me revela la maravillosa anatomía de esos deliciosos brioches que me han traído de cabeza.

La culpabilidad me golpea. Me muero por tocarla, por descontrolarme. Estoy tan empalmado que me duele. Pero algo me paraliza.