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MEL
No puedo evitar sonreír al pasar frente a la cafetería que hace esquina cerca del piso de mi tía.
La misma en la que entré el primer día del curso con el mismo gorro que llevo puesto hoy y, con las prisas, le tiré el café encima al que resultó ser mi profesor.
Si no fuese Navidad y estuviese cerrada, entraría a comprarle un café a Nanni porque, conociéndola, estoy bastante segura de que todavía está planchando la oreja después de la nochecita de ayer.
Pero hoy está todo cerrado. Menos mal que soy la mejor sobrina del mundo y le he traído otro táper a ella lleno de cordero, patatas asadas y un buen trozo de la espectacular coca de Adela, que sé que le ha hecho chuparse los dedos.
Una ráfaga de viento casi se lleva mi paraguas y me obliga a agarrarlo con las dos manos para no perderlo. Vaya locura de día que hace hoy. Debo de estar muy loca para sacar el trasero de casa con esta lluvia. Estoy poniendo mis botas a prueba.
Me dirijo al piso de Nanni con intención de dejarle la comida sobre la mesa del comedor antes de ir a ver a Nico.
Como no quiero despertarla, saco mi copia de las llaves y abro.
Subo corriendo, con la cabeza más puesta en mi siguiente destino que en este y abro la puerta con sigilo hasta que escucho voces al otro lado.
Vaya, parece que mi tía está despierta después de todo.
Demasiado tarde se me viene a la cabeza la posibilidad de que esté disfrutando de un polvo navideño con el bombero en el sofá y me detengo con la puerta a medio abrir, pero las mayoría de las voces que escucho no se corresponden ni con mi tía ni con el bombero.
Abro del todo y cierro a mis espaldas, caminando hasta el comedor. En la mesa, frente a mi tía, hay una niña de unos tres o cuatro años sentada ante un plato de comida que tiene una pinta deliciosa, y la mujer que está sentada a su lado se esfuerza por darle de comer.
No tengo ni idea de quién es esa mujer, pero parece que he llegado en mal momento, porque mi tía parece muy nerviosa.
—Perdón —digo, saludando un poco cortada—. No sabía que tenías visita hoy. Solo venía a dejarte algo de comida. Creí que aún estarías durmiendo.
La mujer me sonríe, nerviosa, y entrecierra los ojos, como si no me hubiese comprendido. Mi tía ni se ha movido. Parece tensa como un bloque de mármol.
La niña pregunta algo en un idioma ininteligible. Pienso que es ese lenguaje propio de los niños pequeños hasta que escucho a la que parece ser su madre contestándole en lo que me suena a francés.
Entonces escucho una tercera voz hablar en ese idioma, a mis espaldas. Esta vez es una voz masculina. Me doy la vuelta y se me cae el mundo a los pies.
—¿Melania?
Por un instante, me he quedado muda. La última persona que esperaba encontrarme hoy está de pie, a pocos metros de mí, sujetando una jarra de agua y mirándome como si no supiese cómo reaccionar a mi presencia.
Miro a mi tía, que aparta el rostro como si la acabase de pillar haciendo algo que no debía, y vuelvo a mirar a mi padre. A ese hombre al que solo he visto dos veces desde que se fue hace años. El que no se ha dignado a llamarme ni a cogerme el teléfono en estas fiestas.
—¡Caray! Cómo has crecido…
Mi padre hace ademán de acercarse, pero yo doy un paso atrás por instinto y se frena.
Miro a la mujer y entonces la reconozco de las fotos que mi padre me ha enviado alguna vez en las cartas que me mandaba al principio a casa de mi tía.
Mis ojos se detienen en la niña, que me mira como si yo fuera una extraña en aquella casa.
Tiene los ojos de color verde oscuro, casi iguales a los de mi padre… y a los míos.
—Mel…
Niego con la cabeza, saboreando el resentimiento en mi boca y las lágrimas quemándome en los ojos. Miro a mi tía, herida, suplicándole una explicación sin necesidad de palabras.
—Cielo… —dice, haciendo ademán de levantarse.
Dejo caer las bolsas y me doy la vuelta. Bajo las escaleras corriendo, ignorando la voz de mi tía, que me llama desde su puerta.
Salgo a la calle y echo a caminar con el paso demasiado decidido, teniendo en cuenta que no sé ni a dónde voy.
La lluvia me golpea la cara, pero ni siquiera la siento.
Avanzo por una calle y otra, y otra más, con la esperanza de que en algún momento la gran sensación de vacío que tengo dentro se desvanezca.
Ni mi bucket impermeable ni el abrigo de lana me sirven de nada.
La cortina de lluvia penetra todo lo que llevo y me cala hasta los huesos, colándose en el interior de mis botas.
Los vaqueros se me pegan a la piel. No me importa.
Siento que mi interior es un volcán que necesita entrar en erupción, pero que no consigue hacerlo.
Estoy bloqueada, atrapada en ese instante en el apartamento de mi tía.
Ni siquiera sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces.
He perdido la noción del tiempo entre las calles.
Sé que mi teléfono ha sonado varias veces, con insistencia.
De hecho, hace un rato que vuelve a sonar otra vez.
No sé si han pasado dos minutos o tal vez veinte.
O tal vez dos horas. Quizá pudiese saberlo si evaluase la intensidad en el dolor de mis pies, o la cantidad de agua acumulada sobre la tela de mi ropa, pero soy incapaz de salir del embotamiento en el que estoy sumida.
Entonces algo en la calle la hace familiar.
Me sacudo el ensimismamiento y me doy cuenta de que he debido de caminar en círculos, y he terminado en la calle de Nico, a unos metros de su portal.
Sin siquiera darme cuenta, mi subconsciente me ha llevado a él, a ese puerto seguro en el que se ha convertido en las últimas semanas.
Decidida, cruzo la calle y pulso el botón de su piso en el telefonillo.
De pronto siento el frío de la lluvia sobre mi ropa y me percato de que estoy calada hasta los huesos. Al minuto escucho su voz metálica a través del aparato.
—Soy Melania —digo mientras mi cuerpo empieza a tiritar.
La puerta se abre y subo las escaleras a toda prisa para intentar ahuyentar al frío.
—¡Mel!
Me paro al escuchar su voz, y lo miro desde el descansillo de la escalera, unos metros más abajo. Me mira desconcertado y me hago consciente del panorama que probablemente ofrezco en ese momento, ya que he dejado un auténtico reguero de agua escaleras arriba.
—Lo del gorro impermeable es todo un puntazo —dice soltando una carcajada rápida—, pero diría que no te ha servido de mucho. ¿Qué haces aquí?
Me quedo mirándolo entre los mechones pegados a mi cara, perpleja.
—Te traje… la… comida… —balbuceo.
Alza las cejas y mira a ambos lados de mi cuerpo.
—¿Y te la has comido por el camino?
Entonces el volcán encuentra por fin la grieta por la que explotar y me da la risa floja.
Empiezo a reírme a carcajadas, hasta que llega un momento en el que ya no sé cuándo he dejado de reírme y he empezado a llorar.
Pero él ya no está en la cima de las escaleras.
Está frente a mí. Sus brazos me rodean aunque le esté mojando toda la ropa.
Hundo mi cara contra su jersey y dejo que su voz me calme.