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NICO
El timbre del teléfono me saca del sueño tan necesario en el que por fin me había sumido.
Todavía más dormido que despierto, tanteo la mesilla hasta dar con el dichoso móvil y hago un esfuerzo titánico por abrir los ojos lo suficiente como para ver el nombre de quien me llama.
Es mi tía Dora. Cuelgo la llamada y vuelvo a dejar caer la cabeza sobre la almohada.
Al minuto, el teléfono vuelve a sonar. Esta vez es mi tío Pepe.
Me incorporo y me quedo sentado en la cama, me paso la lengua por la boca reseca para despegar los labios, y descuelgo la llamada, resignado.
—¿Qué pasa, tío?
—¿Cómo que qué pasa, Nicolás? ¿Cómo se te ha ocurrido poner una denuncia contra tu padre?
Me desperezo de golpe y mi expresión se contrae en una mueca de cabreo de forma automática.
—¿Cómo se te ocurre a tí dejarlo salir borracho, después de la que montó el otro día? ¿No es que era tu hermano? Pues se supone que tenías que vigilarlo. ¿Acaso no pasó la Nochebuena con vosotros?
Estoy cabreado. Muy cabreado. Y mi voz no lo oculta. Mi tío lo nota.
—Quiso irse temprano. No sabíamos que se iba a poner así, ni que iba a ir a buscar a tu madre. —Intenta justificarse—. Tu padre nunca se ha emborrachado. Lo está pasando muy mal, Nico. No sabe qué hacer sin tu madre.
Me dan ganas de echarme a reír.
—Fíjate que ahí te creo, tío —admito—. Mi padre no tiene ni puta idea de cómo vivir sin mi madre, pero eso jamás lo admitirá. Prefiere imponer su voluntad a golpes que suplicar.
—Ya sabemos que tiene un carácter difícil, pero hay que entenderlo…
Me hierve la sangre.
—Lo entenderéis vosotros si os da la gana.
Mi madre ya intentó entenderlo durante demasiados años, y ni yo ni mi hermana queremos saber nada de él.
Si hubiese sido un poco listo, se hubiese estado quieto y callado y hubiese dado gracias de que mi madre se fue con las manos vacías y sin pedirle nada.
Solo quería que la dejase vivir en paz. Si sigue haciendo el imbécil, me aseguraré de que ponga una demanda de divorcio cuanto antes y que ella se lleve lo que le corresponde.
—¿¡Pero cómo puedes decir eso!? ¿Cómo vas a querer que tus padres se divorcien? ¿Estás loco? Por Dios, Nico.
Mi tío está tan escandalizado que casi me complace.
—¿Para qué me llamas, tío?
—¿Cómo que para qué te llamo? Para que arregles este lío que has hecho. Te tienes que hacer cargo de tu padre. Hemos tenido que ir a buscarlo a la comisaría. ¡Y nos han hecho declarar! ¡A nosotros!
Suena indignado.
—Claro que os han hecho declarar. Fuisteis testigos de cómo mi padre amenazaba de muerte a mi madre.
—Pero hombre, eso solo lo dijo en caliente…
—¿Y qué vas a decir si la mata? —Mi tío se queda callado al otro lado de la línea—.
¿También me vas a llamar exagerado? Si vosotros queréis ser cómplices de mi padre, allá vosotros.
Por si no lo recuerdas, yo he sido el denunciante, por lo que no puedo mantener ningún contacto con mi padre, ni siquiera a través de terceros, hasta que se celebre el juicio.
Así que no vuelvas a llamarme. Limpiad vosotros la mierda, que nosotros nos hemos cansado ya de ella.
Cuelgo la llamada y tiro el teléfono contra el colchón.
Lleno los pulmones y me froto la cara antes de dejar salir el aire despacio, en un intento por calmar la ansiedad que me ha producido esta llamada.
Me levanto y voy al baño a descargar la vejiga y, mientras me lavo, me miro al espejo.
Tengo unas buenas ojeras, regalo de la noche en comisaría que he pasado gracias a mi progenitor.
Miro el reloj. Son las tres de la tarde. Debería comer algo, pero ni tengo ganas de cocinar, ni nada que sea cocinable en la nevera. Vuelvo a la cama y me dejo caer sobre la almohada otra vez. Me siento cansado, pero temo que la mala leche que se me ha puesto me vaya a hacer difícil pegar ojo.
Entonces el regalo de Mel vuelve a mi mente y me saca una sonrisa. No me refiero a los calcetines con dibujitos de brioches , sino al beso que me robó a escondidas en el portal, y que me dio más alas que ninguna otra cosa para lo que venía después.
En este momento no tengo fuerzas ni para pensar en todo lo que me dice que no debería ilusionarme así con ella, que está mal.
Necesito esa ilusión como necesitaría agua en un desierto.
Estos días ni siquiera recuerdo al prometedor profesor que soy.
Solo soy ese chaval al que le ha tocado lidiar con una mierda de familia.
Y Mel no ha sido mi alumna. Ha sido la luz que me ha hecho sonreír, como un salvavidas al que aferrarme.
Así que hoy me olvido de todo lo demás y me permito pensar en ella, preciosa con su jersey rojo a juego con el gorro de Papá Noel.
Y con ella en la cabeza me quedo dormido.