Bajo todos tus sombreros –67–
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MEL

El día de Navidad amanece lluvioso y frío, sobre todo en el salón de mi casa. Por mucho que hemos intentado cubrir el agujero en el cristal, sigue pasando frío.

Ayer nos fuimos a dormir muy tarde. A la hora y media de irse Nico, llegó una patrulla de la Policía Nacional, que nos informó de que él había puesto una denuncia contra su padre, que iba a pasar la noche en el calabozo.

Nos tomaron declaración a todos, incluido Biel, que todavía seguía con nosotros.

Sacaron fotografías de la ventana y nos aseguraron que en un par de días se tramitaría una orden de alejamiento que impediría al marido de Adela acercarse a menos de cien metros de ella o de nuestra casa.

Creo que la noticia nos trajo un poco de paz, pero no ayudó a disipar del todo el mal sabor de boca con el que despedimos la Nochebuena. Por eso hoy nadie tiene ánimos de volver a reunirse para terminar con los restos de la cena de ayer.

Me preocupa Nico. Tener que verse en situación de denunciar a tu propio padre tiene que ser un palo.

Me muero por hablar con él, por verlo, por abrazarlo y poder ofrecerle algo de apoyo.

Sin esperarlo, él siempre ha aparecido cuando le necesitaba y siento que quiero estar a su lado ahora que es él quien está atravesando un bache.

Pero esta mañana Vik y Adela han estado hablando por teléfono con él y al parecer ha pasado la mitad de la noche en la comisaría y hoy no cuentan con que venga.

Así que al menos intento estar ahí para su hermana y para Adela, aunque de esta última se encarga más mi madre.

Estoy con Vik, las dos tiradas en mi cama. Anoche Martina se meó en el sofá cama donde duerme Adela, que se sentía más segura en la casa de Vik, así que hemos dormido juntas en mi cama. Las dos miramos al techo, pensativas.

—¿Siempre era así con tu padre? —le pregunto, girándome hacia ella.

—Si te refieres a la borrachera, no. Eso es nuevo en él —contesta, sacudiendo la cabeza—. Mi padre no solía beber más de un par de copas de vino a la comida, incluso en las celebraciones. Creo que nunca antes lo había visto borracho.

—¿Y lo otro?

Se gira hacia mí y apoya su cabeza sobre su mano, con el codo hincado sobre el colchón.

—¿Te refieres a los golpes?

Asiento.

—Siempre tuvo la mano muy ligera, sobre todo conmigo.

A Nico también le pegaba de vez en cuando, pero menos.

Aunque normalmente eso solo sucedía de puertas para adentro.

Solo se había atrevido a darme una bofetada delante de mis tíos un par de veces.

A mi madre, ni eso, aunque todo el mundo lo sospechaba.

No solo mis tíos. También mis vecinos. Lo que pasa es que los dos lo ocultaban, pero siempre fue evidente que mi madre le tenía miedo.

Y ese tipo de miedo no puede disimularse por mucho que lo intentes.

—¿Vosotros le habíais visto pegarle a tu madre?

Vik negó con la cabeza.

—Nunca lo hizo delante de nosotros, pero estábamos seguros de que alguna vez había pasado.

Un día llegamos a casa del colegio y mi madre no estaba.

Mi tía la había llevado al hospital y volvió a casa con una costilla rota y la espalda amoratada.

Nos dijeron que se había caído por las escaleras pero esa noche, durante la comida, mi madre no era capaz de dejar de llorar ni de mirar a mi padre a la cara.

Se me ponen los pelos de punta solo de pensar en la pobre de Adela.

—¿Y nadie dijo nada nunca?

—Nadie se mete en estas cosas. Luego ven noticias en la tele de hombres que matan a sus esposas y siempre sale algún vecino con la típica frasecita: “Nunca lo hubiéramos imaginado, era una familia muy normal” —dice con voz de rintintín exagerada—.

Hipócritas… Siempre se sabe, pero nadie hace nada.

A saber la mierda que la gente tiene en su casa para no querer meterse en la de los demás, no vaya a ser que destapen la suya de paso.

Me giro hacia ella y le aprieto la mano con cariño.

—Tengo que decir que, si tu padre no hubiese aparecido ayer, habría sido la mejor Nochebuena que he pasado en mucho tiempo. De hecho, aun con tu padre, ha sido la mejor Nochebuena que he pasado en mucho tiempo —repito, riéndome.

Vik gira su mano para entrelazar sus dedos con los míos y me sonríe.

—La mía también. Creo que fue muy especial para todos. Incluso para Nico. —Su sonrisa se vuelve más pícara a medida que desliza la yema de sus dedos sobre el dorso de mi mano—. ¿Qué fueron esas miraditas y esos cuchicheos que os pillé a los dos a solas al lado del árbol?

Abro los ojos como platos al tiempo que siento mis mejillas encenderse y escondo el rostro contra la almohada antes de que se me note demasiado.

—No sé por qué, pero me da que hay algo que no me has contado —dice Vik. Yo la miro asomando un solo ojo sobre la almohada y asiento, temerosa—. ¡Lo sabía! ¡Desembucha!

Así que se lo cuento. Le hablo de la vez que Nico me besó, y también del momento en el que le besé yo, anoche.

Todavía siento que, lo que sea que está pasando entre los dos, está flotando, a riesgo de convertirse en humo sin haber tomado nunca forma en ningún momento.

Quizá por eso necesito contárselo a Vik, para sentirlo un poco más real.

—¿¡Ves!? ¡Te dije que le gustabas! Conozco a mi hermano como la palma de mi mano —dice, toda entusiasmada.

—Eso no cambia el hecho de que sigue siendo mi profesor.

Y eso lo complica todo… Si yo ya estoy hecha un lío, no quiero imaginarme cómo está él.

¡Y nunca tenemos oportunidad de estar solos!

¿Cómo vamos a hablar siquiera sobre el tema si solo nos vemos en la facultad o aquí, frente a tu madre o a la mía?

—¿Y por qué no vas a verlo?

—¿A su casa?

—Pues claro.

—¿Y con qué excusa voy a ir?

—Me da a mí que con Nico no necesitarías ninguna excusa, pero hoy tienes unas cuantas. Ayer se olvidó aquí todos los regalos, y hoy tampoco va a tener comida. ¿Por qué no vas a ver a tu tía y de paso le llevas un táper con comida y la bolsa con lo que se dejó aquí?

—¡Pues no es mala idea!

—Claro que no. Yo siempre tengo buenas ideas —dice Vik con expresión orgullosa—, solo que estoy infravalorada.

Me río con ella y me despido para bajar a cambiarme a casa y a prepararlo todo.

Mi estómago se convierte en un auténtico maremoto.

Mientras me visto, tengo la sensación de que hoy va a ser dificilísimo elegir gorro, pero un vistazo a la lluvia que golpea contra el cristal de mi ventana me hace soltar una carcajada. De pronto, lo tengo clarísimo.