Bajo todos tus sombreros –66–
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NICO

Después de meter a mi padre en el asiento de atrás del coche, pongo el motor en marcha y me alejo en dirección a su barrio.

La respiración de mi padre es la de un toro embravecido que agoniza a medio desangrar.

No le quito el ojo de encima por el espejo retrovisor y me paso todo el viaje intentando reconocerle, tratando de ver a la figura paterna correcta e intransigente con la que crecí toda mi vida.

Ese despojo que apesta a alcohol y que no es capaz ni de mantenerse sentado en las curvas, despeinado, con la camisa sucia y arrugada, con una barba de una semana, no se parece en nada al hombre que yo recuerdo.

Conduzco en silencio, escuchándole murmurar, gruñir y maldecir sobre Sabine, sobre Vik, sobre mí y especialmente sobre mi madre durante todo el trayecto.

Llegamos al barrio donde crecí, pero poco antes de llegar al portal de mis padres, giro a la derecha y callejeo un poco hasta llegar a una calle cuya tranquilidad se explica por el hecho de que es Nochebuena. Reduzco la velocidad hasta detener el vehículo junto a la acera y apago el motor.

Mi padre mira al edificio de enfrente y se queda en silencio. Durante un par de largos minutos, lo único que se escucha es su agónica respiración silbante. Nada más. Nos miramos a través del espejo retrovisor.

A mi mente vuelven los buenos recuerdos.

Pocos, pero preciosos. Momentos escasos cuando se alineaban los astros y Vik y yo hacíamos algo que encajaba en los cánones de mi padre, y él se alegraba y estaba de buen humor.

Entonces nos premiaba. Nada fuera de lo normal.

Quizá a mí me revolvía el pelo o me daba una palmada en el hombro, como a los “hombres de verdad”.

A Vik la recompensaba con una muñeca nueva o un helado.

Pero para nosotros esos momentos eran oro.

Porque papá estaba de buen humor, con nosotros y con mamá.

Nos sentíamos como si hubiésemos conseguido un gran hito.

Duraban muy poco. Y cuando se iban, muchas veces ni siquiera sabíamos qué habíamos hecho mal, qué le había irritado. Solo éramos niños.

Intento recordar cuándo fue la última Nochebuena que pasamos en familia en la que no hubiese una discusión, una pelea, una crisis de ansiedad, una lágrima… Nada de lo que no debería tener cabida en la cena familiar más especial del año. Creo que hubo algunas, pero fueron hace demasiado tiempo.

—¿Te acuerdas de aquel pisapapeles de cristal con forma de elefante que solías tener en el mueble del salón? —pregunto, rompiendo el silencio.

Mi padre asiente con pesadez.

—Fue un regalo de Cañizo, mi amigo de la mili, cuando me casé con tu madre.

—Imagino que era un buen amigo. Le tenías mucho aprecio a aquella figura —añado.

—Y por eso me acuerdo bien de quién lo rompió —rebate—, y también de quién no lo rompió.

—Estábamos jugando en el salón y Vik le dio con una pelota y lo tiró al suelo —explico, haciendo memoria—.

Yo sabía lo que pasaría. Sabía que perderías los papeles y con ella siempre se te iba la mano, aunque solo era una niña.

¿Qué tendría, diez años? Así que asumí la culpa y me preparé para recibir el par de latigazos de cinturón de rigor.

—Pero yo sabía perfectamente que había sido tu hermana.

Mi padre me mira por el retrovisor con una mirada orgullosa que, bajo mi perspectiva, pierde fuelle empañada en el efecto del vino.

—Me castigaste de la peor forma en la que podrías haberlo hecho.

Mis manos se aprietan alrededor del volante y me doy cuenta de que su tacto de cuero tiene el mismo que el del cinturón de mi padre. Aquel que, años atrás, siendo solo un crío de quince años, me puso en la mano.

—Eras débil —replica mi padre, volviendo a ser él mismo—. Tenía que enseñarte a ser duro.

—Te supliqué que no me obligases a golpearla.

Habría recibido diez veces más golpes con tal de no tener que hacerlo.

—Mi voz se quiebra con ese recuerdo—. Pero no me dejaste opción.

Eran tres golpes míos o treinta de los tuyos.

Después de aquello, no me atreví a mirar a Vik a la cara durante semanas.

—Tu hermana merecía un castigo y tú otro por encubrirla —se reafirma, y su expresión, aunque más lenta y desaliñada, vuelve a mostrar su ceño fruncido habitual.

—Eso dijiste, sí —reafirmo—. Los actos tienen consecuencias.

Él añade con rotundidad, cerrando la boca para intentar parecer serio.

Su labio inferior sobresale sobre el superior encajando en esa posición suya tan habitual en estado sobrio.

Me pregunto si habría podido mantener esta conversación con él si no estuviese como una cuba.

Probablemente no. Tal vez porque yo no habría tenido el valor.

O tal vez porque él no habría querido escucharme.

Pero necesito esta charla. Creo que la he necesitado desde hace años, pero con más razón por lo que estoy a punto de hacer. De todas formas, sé que la conversación será más bien un monólogo.

—A veces me pregunto si los golpes que le di a Vik aquel día le dolieron a ella tanto como a mí.

Otras, me pregunto si a ti te pasaba lo mismo cuando pegabas a mamá.

Sé que lo hacías, y por mucho que ambos intentaseis olcultarlo, estoy bastante seguro de que no fue solo una bofetada ocasional.

—Lo miro a través del retrovisor y aparta la mirada—.

Aquel día me prometí que jamás volvería a levantar la mano contra nadie a menos que fuese para proteger a los que quiero.

Esta mañana, por primera vez, he estado a punto de perder el control de verdad.

Mi padre se queda callado. Sé que sabe exactamente de qué momento hablo. Me pregunto si lo sabe por ese instinto innato de supervivencia que todos tenemos y que dispara nuestro sexto sentido, o si tal vez porque vio en mis ojos un espejo de sí mismo.

—De pequeño te admiraba. Eras un hombre recto.

Hablabas del valor de la disciplina, de las normas y de la justicia.

Me fascinaba cómo el resto del mundo parecía dejar de moverse cuando tú entrabas en la habitación.

Desde los ojos del niño que era, creía que era porque te tenían un profundo respeto.

Hasta aquel momento. Aquel día aprendí dos lecciones muy importantes, sí, pero no fueron las que tú piensas.

Aprendí que los adultos también se equivocan, y que a veces esos errores salen muy caros.

Aquel día nos equivocamos los cuatro. Yo, por coger aquel cinturón y descargarlo sobre mi hermana en vez de protegerla de ti.

Mi hermana por permitírmelo y aguantarse las lágrimas y los gritos para que yo no me sintiera todavía peor de lo que ya me sentía con cada golpe que le daba.

Mamá, por no saber impedir que llegases tan lejos.

Y tú… Lo tuyo fue de psiquiátrico, pero tú jamás lo admitirás.

—Lo veo resoplar y soltar una carcajada, sacudiendo la cabeza como si estuviese escuchando una sarta de exageraciones—.

Y, sin embargo, me he dado cuenta de que aquel día tenías razón en algo muy importante —digo, y él vuelve a prestarme toda la atención—.

El que hace algo mal merece un castigo. Y el que lo encubre, otro.

—¿Crees que yo soy cruel con tu madre? No tienes ni idea.

Yo solo he tenido que corregir a Adela unas pocas veces, porque hasta ahora fue una mujer obediente.

—Se me revuelve el estómago solo de escucharlo.

—Mi madre, en cambio… Tu hermana es igual que ella.

Una rebelde. Menos mal que los cinturones de antes los hacían bien gruesos porque, si no, a mi padre no le habría llegado el sueldo para los que gastaba en ella.

Pero en aquellos tiempos, si se le ocurría irse de casa como hizo tu madre, era a ella a la que llevaban presa, a rastras si hacía falta, de vuelta con su marido.

—Hace mucho tiempo que las cosas no son así —me atrevo a decir, asqueado.

Él se rie.

—¿Qué vas a saber tú? Andas con maricones. Dejas que las mujeres hagan lo que quieren contigo. Os han lavado el cerebro con tanta tontería y así estamos.

—¿Así cómo? —pregunto, levantando la voz—. ¿Cómo estamos, papá? —Se pone nervioso. Su cara se pone roja. Pero no me contesta—. ¿Solos? ¿Sucios porque no sabemos poner una lavadora? ¿Borrachos? ¿Te refieres a eso? ¡Mírate!

—¡Yo no tengo por qué poner la puta lavadora! —brama mi padre—. ¡El deber de tu madre es cuidar de mí!

—¿Y quién cuida de ella? —replico.

Él chasquea la lengua en actitud burlesca y vuelve a sacudir la cabeza.

Mi mirada se pierde en el letrero luminoso del edificio de enfrente, en el que un sencillo y poco iluminado logo de la Policía Nacional anuncia su función sin ostentaciones ni pretensiones. Mi padre sigue mi mirada y suelta otra carcajada.

—No tienes huevos para eso, Nicolás —masculla—. Lo que tu hermana tiene de rebelde, tú lo tienes de cobarde. Más valdría que ella me hubiese salido varón.

—Al menos en algo estamos de acuerdo. Vik tiene más valor que tú y yo juntos. Pero estos días he pasado más tiempo con ella y menos contigo, y parece que algo se me ha pegado.

Sin más palabras, salgo del coche rápidamente y echo el seguro, dejándolo encerrado.

El cristal amortigua sus gritos y sus golpes.

Me quedo un rato parado mirándolo sin reconocerlo, y me alegro doblemente por el estado en el que se encuentra.

Primero, porque con la poca fuerza que tiene en este momento no tendré que pagar una ventanilla nueva.

Y segundo, porque lo que voy a hacer me resulta más fácil así.