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NICO
Mi hermana se levanta de su silla y se sienta encima de mis piernas, abrazándome como cuando no era más que una niña pequeña y yo la consolaba después de una de las “bofetadas” de papá.
La escucho sollozar y musitar un “gracias” repetido a mi oído.
Yo la abrazo fuerte mientras el resto corea un “aaaawwww” lleno de ternura que me avergüenza un poco, pero ni se me ocurriría apartarla.
—Eres el mejor hermano del mundo —añade.
No es la primera vez que me lo dice, pero hoy casi me lo creo. Porque al fin siento que he hecho algo por ella. Algo bueno de verdad.
—En realidad yo sí que tengo un regalo más para ti —dice Mel a Vik—. Es una chorrada, pero ayer te quedaste mirándola mientras fuimos de compras y no me pude resistir. Aunque tu hermano no me ha dejado dártelo hasta que te diésemos la sorpresa gorda, así que ahora parece insignificante.
Le da un paquete envuelto del tamaño de un libro, aunque cuadrado y todos nos quedamos observando con curiosidad mientras Vik rompe el papel de regalo.
Cuando lo abre y ve qué es, percibo que mi hermana se pierde en sus propios recuerdos por unos segundos.
Me parece ver un rastro de nostalgia, de tristeza incluso, antes de que cruce una mirada cómplice con Mel y sonría.
—¿Qué es? —pregunto.
Vik lo gira y veo una ilustración enmarcada de una polilla con las alas extendidas. No entiendo muy bien el regalo, pero veo que a ella le ha tocado un poco la fibra, así que tiene que ser algo bueno.
***
La noche se me ha pasado en un abrir y cerrar de ojos.
Lo que creí que iba a ser un auténtico desastre se ha convertido inesperadamente en una de las veladas más especiales de mi vida.
Ver a Vik sonreír sentada a la misma mesa que mamá ha sido el regalo de Navidad que llevaba años esperando recibir.
Ni siquiera el mal trago de esta mañana ha empañado la velada.
Pero entonces la magia se rompe. La escena, hasta el momento perfecta, se resquebraja cuando el cristal de la ventana del salón se rompe y algo cae sobre la alfombra, sobresaltándonos a todos.
Nos quedamos en silencio observando el guijarro hasta que el nombre de mi madre gritado a pleno pulmón en la última voz que ninguno de nosotros desearía escuchar esta noche, deja que la cruda y descarnada realidad que habíamos conseguido ignorar por unas horas se filtre por ese agujero en la ventana como el frío del exterior.
Miro a mi madre, que se ha puesto pálida de golpe, y le hago una señal con la mano para que mantenga la calma mientras me levanto y voy hacia el cristal. Mi padre está en medio de la calle, solo. La forma que tiene de moverse y de hablar a voces delata la gran cantidad de copas que lleva encima.
—¡Adela! —vuelve a gritar—. ¡Ven aquí, maldita desagradecida! ¡Te voy a enseñar a respetar a tu marido!
—Voy a llamar la policía —dice la madre de Mel, a mi lado.
La retengo por el brazo y niego con la cabeza.
—No pretendo protegerle, Sabine —aclaro—, pero no quiero que paséis la Nochebuena y la Navidad en una comisaría y mucho menos que el muy canalla encuentre alguna otra excusa para denunciar a alguno de vosotros como hizo con mi hermana. Yo me encargo de él.
Biel y yo nos dirigimos a la salida y bajamos las escaleras a la carrera. Lo último que quiero es que mi padre les rompa una ventana de una pedrada o, peor aún, le dé a alguien en la cabeza.
—¿Qué coño haces aquí? —le grito nada más poner un pie en la calle—. ¿No podías quedarte quieto y hacer las cosas bien por una maldita vez? ¿Tenías que venir a amargarnos la noche?
—Es Nochebuena. Adddela tiene… que hacer la… ccccena en su… su casssssa —dice mi padre gesticulando para marcar que su palabra es ley.
Arrastra tanto las palabras que apenas es capaz de articular la frase sin que se le trabe la lengua varias veces.
Está aún más borracho de lo que creía. Me sorprende que haya conseguido acertarle a la ventana, pero por la cantidad de pedruscos que veo esparcidos por la calle, intuyo que lleva un buen rato intentándolo.
—Es hora de irse a casa.
Me dirijo hacia él y lo agarro del brazo.
—Yo no me voy sin tu madre —dice con la teatralidad que da el alcohol.
—Venga, Ignacio, no complique más las cosas —dice Biel agarrándole del otro brazo.
—¡Ni se te ocurra tocarme, maricón, que te reviento!
Mi padre se zafa con brusquedad del agarre de Biel y a mí me dan ganas de noquearlo de un puñetazo en la cara.
—Creo que si vienes, se va a poner más nervioso. Será mejor que te quedes.
—¿Estás seguro?
La preocupación de mi amigo es genuina, pero yo sé que puedo manejar a mi padre. Lo que no sé es si puedo controlarlo lo suficiente como para que no le haga daño a Biel. No quiero arriesgarme, así que asiento y busco las llaves del coche en mi chaqueta, pero no están ahí.
—Mierda, me he dejado las llaves arriba —me vuelvo hacia la ventana, donde Sabine, Mel y Vik no pierden detalle de lo que pasa en la calle—.
¿Podéis tirarme mi chaqueta y las llaves del coche?
Están encima de la cómoda de la entrada.
—Mel desaparece hacia el interior del salón, y yo me vuelvo hacia Biel—.
¿Te importa volver a casa en taxi? —le pregunto.
—No te preocupes por eso. Si necesitas cualquier cosa, llámame.
—Te agradecería que te quedaras un rato con mi madre —le pido.
La verdad es que la idea de dejarlas a todas solas ahora mismo no me entusiasma. Estoy seguro de que están asustadas. Aunque yo me lleve al foco del problema, sé que se van a quedar nerviosas.
—Pues claro —dice Biel—. ¿No creerías que me iba a ir sin echar la partida de tute obligada con Adela?
—Vete, anda, que te estás congelando —le digo.
Él me da un abrazo y se dirige a la puerta, mientras yo hago esfuerzos por sujetar a mi padre, que ha vuelto a la carga con los gritos.
—¿Quieres callarte ya?
—A mí no me callas… ¡ni tú ni nadie!
Se tropieza y se cae, quedándose sentado en mitad de la carretera, ofreciendo una estampa patética a todos los curiosos que le han escuchado vocear y se han asomado a sus ventanas para ver el espectáculo navideño que les dará de qué hablar en los próximos días.
Veo a Mel aparecer por el portal con mi chaqueta y me dirijo a ella corriendo.
—Podías haberlas tirado por la ventana —le digo, poniéndome la chaqueta y cogiendo las llaves de su mano—. Sube, que hace frío —le digo.
—De eso nada. Yo voy contigo.
Me vuelvo hacia ella como si no la hubiese escuchado bien y frunzo el ceño.
—Claro que no. Sube a casa.
—No voy a dejarte ir solo con él. Si no va Biel, entonces voy yo.
—Después de lo que te hizo el otro día, ¿crees que voy a dejar que te acerques a él? Ni de broma, Mel.
—¡No deberías estar a solas con él! Es un bruto. Si te hace algo, ni siquiera habrá alguien para avisarnos.
Su preocupación me hace cosquillas en el estómago y me relajo, sonriéndole. Señalo a mi padre, que lleva un rato intentando ponerse en pie sin conseguirlo.
—¿En serio crees que ese está en condiciones de hacer algo? En cuanto lo eche en el asiento de atrás, se va a quedar frito. Te lo digo por experiencia. No es el primer borracho que tengo que llevar a casa.
Mel se pone roja y sonríe, poniendo los ojos en blanco. Me acerco a ella y le acaricio la mejilla. Me duele en el alma tener que irme así. Si pudiese darle una hostia a mi padre por cada putada que me ha hecho esta noche, la última sería por alejarme de ella tan pronto.
—Gracias por los calcetines. Me han encantado —le digo, sin dejar de acariciar su cara con el pulgar.
Entonces ella me coge de la camisa, me arrastra al interior del portal de un tirón, y me planta un beso en los labios que me hace olvidarme del frío y de mi padre por un instante.
Abro los ojos y miro a los suyos en mitad de la oscuridad en el segundo que transcurre hasta que el sensor de luz capta movimiento y se enciende. Mel se separa, sobresaltada, y me mira, nerviosa.
—Ten cuidado, ¿vale?
Asiento como un tonto, sin ser capaz de articular palabra, hasta que la veo perderse escaleras arriba.
Entonces vuelvo a la calle y bajo de las nubes.