Bajo todos tus sombreros –64–
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MEL

Hoy, por fin, después de veinticuatro años, entiendo por qué se dice que la Nochebuena es una noche mágica.

Jamás lo había sentido. Al contrario, para mí siempre habían resultado decepcionantes, llenas de una presión invisible construida con la felicidad rebosante de todo aquel que te encuentras los días previos.

Siempre me había preguntado por qué, cuando todos mis amigos hablaban de sus enormes cenas familiares y de las épicas borracheras de sus tíos y primos, a mí me había tenido que tocar la familia podrida.

Sin embargo, en las últimas semanas he comprendido que a veces eso es una fachada y que yo no soy la única que no tiene una unidad estructurada e idílica detrás.

Y esta noche estoy entendiendo que, a veces, la verdadera familia que es capaz de reunirse en una Nochebuena y hacer que seas incapaz de borrar la sonrisa de tu cara, no es la que viene de fábrica, sino aquella con la que tropiezas casi por error debido a la vida real.

Esta noche yo no tengo un padre sentado a la mesa.

Pero hay dos madres, lastimadas, agrietadas, que hoy se han convertido en anfitrionas y han dejado atrás sus heridas para jugar por una noche a ser felices.

A su manera. Sin prejuicios. Mi madre y Adela están radiantes.

Cualquiera diría que hace dos noches una de ellas parecía un ratoncillo aterrado bajo las garras de su abusivo marido, y la otra asistía a la comisaría de policía para poner una denuncia.

Hoy nadie lo ha mencionado siquiera, porque tanto ellas como Vik y como yo nos merecemos descansar de la realidad y recuperar las sonrisas de todas las Navidades que hemos vivido en soledad.

Nos hemos reunido un grupo de lo más variopinto.

La mitad de ellos ni siquiera se conocen unos a otros y, sin embargo, de alguna forma, hemos encajado como ese puzle que ni siquiera sabíamos que existía.

La cena se nos hace incluso corta, entre risas, exclamaciones y felicitaciones a las cocineras, y monerías a Martina, que está en su salsa con tanta gente que le hace carantoñas.

Creo que su madre no la ha cogido en brazos en toda la noche, ya que hasta el biberón se lo ha dado mi madre.

Al final se ha quedado rendida de puro cansancio casi a las once de la noche en los brazos de Adela, que la ha dejado durmiendo en el sofá cama de su cuarto, convertido ahora en una especie de búnker improvisado que hemos hecho con toneladas de almohadas y cojines a su alrededor.

Al fin, podemos poner todos los regalos debajo del árbol.

Nico me ayuda a colocarlos mientras Vik y Ana recogen la mesa y preparan todo para el postre.

Nos arrodillamos en la alfombra vieja del salón para colocarlos.

Hay tantos paquetes que no caben debajo y tenemos que extenderlos por donde podemos.

Al terminar, miro a Nico de reojo y me doy cuenta de que se ha quedado observando a Vik y a su madre con expresión pensativa.

Hay una especie de tristeza en sus ojos que me conmueve, y que no había visto en toda la cena.

Me dejo caer sentada en el suelo y me quedo mirándole.

Él se da cuenta y me sonríe, intentando disimular.

—Me imagino que la “conversación” con tu padre no ha ido bien —me atrevo a decirle en voz baja.

—¿Cómo sabes que he ido a verle? —pregunta, un poco confundido.

—Porque yo en tu lugar tampoco me habría aguantado…

Me ofrece una sonrisa cansada pero llena de complicidad.

—No creo que haya servido de nada —me confiesa—. Lleva toda su vida siendo así. Si no se ablandó cuando perdió a su hija hace varios años, a estas alturas nada lo hará cambiar.

—Esa es su decisión —digo, encogiéndome de hombros—. No es tu culpa, Nico.

Él me mira casi con miedo y esa revelación me sorprende. No es posible que mi comentario, dicho casi accidentalmente, haya dado en el clavo.

—¿En serio te culpas? —le pregunto, incrédula.

Él suspira y mira al suelo, reordenando los paquetes de regalo de forma distraída.

—Esta mañana casi pierdo el control, Mel —me confiesa—. Creo que, si no hubiesen estado mis tíos allí, le hubiese machacado.

—¿Y? —pregunto—. Después de lo que hizo el otro día, nadie te lo habría echado en cara. Además, se atreve a poner una denuncia contra Vik.

Él chasquea la lengua y sacude la cabeza. Me clava una mirada tan intensa que se me remueve todo por dentro, y baja la voz, acercándose a mí.

—¿Y si soy… como él?

Veo tanto miedo en sus ojos que se me rompe el corazón.

¿Cómo puede tan siquiera pensarlo? El simple hecho de que se lo plantee ya lo catapulta a años luz de su padre, que a buen seguro no tiene ningún remordimiento de todo el daño que ha hecho en su vida.

Sin poder evitarlo, extiendo mi mano hacia su mejilla y lo acaricio.

—No digas eso, por favor. Tú no te pareces en nada a tu padre.

Ambos nos miramos en silencio, y entonces me doy cuenta de la situación en la que estamos, de la intimidad de ese instante que se ha creado entre los dos, y del tacto de su mejilla bajo mi mano. La aparto con rapidez, avergonzada.

—Lo siento… —balbuceo.

—¿Qué sientes? —pregunta Nico, haciéndome levantar la vista hacia él otra vez—. Quizá tuvieses algo por lo que disculparte si no me hubiese gustado.

Sonríe y yo siento un calor intenso que me inunda el pecho y la boca del estómago. Nos perdemos en los ojos del otro con aquella expresión mutua en la cara.

—¿Qué voy a hacer contigo…? —susurra él con un suspiro, desatando todos los nervios que a duras penas había logrado contener a raya durante la cena.

Nos quedamos embobados hasta que nos damos cuenta de que Adela ya ha repetido su nombre varias veces y nos está preguntando si queremos un trozo de coca.

Volvemos a nuestro sitio en la mesa para disfrutar del postre y del cava. Yo apenas puedo dar un bocado a mi trozo de coca, cosa que me da muchísima rabia porque es la mejor que he probado en mi vida. Adela es buena cocinera, pero creo que es todavía mejor repostera.

Tras la cena llega el momento de dar los regalos.

Antes de abrir los paquetes, ya se respira un ambiente lleno de curiosidad y cachondeo.

Con el presupuesto reducido que hemos tenido, creo que todos nos esperamos encontrarnos espátulas y trapos de cocina o, con suerte, una tableta de chocolate al abrir los paquetes.

Sin embargo, la realidad resulta ser mucho mejor de lo esperado.

Nuestro experimento de regalos navideños a lo pobre resulta ser una genialidad que consigue emocionarnos a todos de una forma u otra.

Mi madre empieza riéndose al desenvolver una lata de chucrut, pero se vuelve loca de verdad cuando descubre el tubo de mayonesa Thomy que se oculta en otro de los paquetes.

Mamá siempre dice que la mayonesa en España no sabe como Thomy, y lleva años probando todas las mayonesas de todos los supermercados para ver si encuentra una que se le acerque.

Aunque los alemanes no son precisamente los reyes culinarios frente a la gastronomía española, tengo que darles la razón en este campo.

Está de auténtico vicio. Así que esta noche mi madre es más feliz que unas pascuas con su tubo de mayonesa.

Mi tía Nanni se parte la caja con un libro viejo titulado Recetas para los que odian cocinar, que Vik y yo encontramos en una tienda de segunda mano y que combina con el esperado juego de espátulas y trapos de cocina que probablemente le han regalado Nico o Biel.

Cuando Ana recibe un sobre con cheques escritos a mano de Adela por valor de un par de meses de servicio gratuito de canguro por las tardes, no sé quién está más feliz, si ella o Vik.

Y la propia Adela se ha emocionado hasta las lágrimas con una simple foto enmarcada donde aparece ella con Nico y Vik siendo todavía niños. Cuando se fue de casa, se fue prácticamente con lo puesto, así que no tiene nada suyo, ni una triste fotografía.

Llega el turno de Nico de abrir sus regalos.

Entre otras cosas, hay una pequeña figura de Son Goku que Vik encontró en la misma tienda donde compramos el libro de mi tía, un set de bolígrafos Bic rojos para cuando corrija los exámenes, y entonces abre el mío.

Lo observo a la expectativa mientras desenvuelve un par de calcetines en color azulcon el calcañal y la punta negros y un montón de dibujitos en tonos marrón.

—Esto ha tenido que costarte más de un par de euros —dice mientras me mira de reojo, y estudia los calcetines con interés.

—Tu regalo se ha llevado más de un tercio de mi presupuesto total, pero en cuanto lo vi, sabía que tenía que comprarlo.

—¿Qué son? —pregunta, refiriéndose a los dibujos.

—¿No lo sabes?

Niega con la cabeza.

—Te encantan los calcetines frikis y los brioches , así que pensé que así mataba dos pájaros de un tiro —le digo con una sonrisa triunfal. Nico se queda mirándome, estupefacto, y a su lado, Biel se empieza a desternillar de risa—. Algún día vas a tener que contarme la historia de los brioches.

Nico suelta una carcajada y dobla los calcetines, sacudiendo la cabeza.

—Vas a tener que emborracharme mucho para eso —me responde.

Al fin, me toca abrir los míos. Hay un set de coleteros, un enorme tapete de ganchillo que ya estoy planeando convertir en gorro, un jabón aromático y un espectacular dibujo que me ha hecho Vik y que se va directo a un marco en la pared de mi cuarto.

Es un retrato mío con uno de mis gorros, dibujado en su estilo, un poco oscurillo.

Pero me encanta. Vik tiene un talento impresionante para esto.

—Todavía te falta un regalo —dice Nico—. Yo miro alrededor, pero no veo ningún otro paquete con mi nombre—. Te falta mi regalo y el de Biel.

Los miro, sospechosa, y entonces se me enciende la bombilla de la esperanza.

—¿Me váis a regalar un aprobado? —exclamo con una sonrisa ilusa de oreja a oreja.

Todo el mundo se echa a reír.

—De eso nada, señorita —responde Biel—. Esos vas a tener que ganarlos como corresponde, hincando los codos.

—¿Entonces?

Ambos cruzan una mirada cómplice y Biel me da un trozo de papel. Lo miro. Solo hay un nombre —Antonio— y un número de teléfono escritos.

—Antonio es mi tío —dice Biel. Yo sigo sin entender ni papa.

—Y también es el gerente de la misma sombrerería que hizo el sombrero de tu abuelo —añade Nico.

Y ahí es cuando yo me quedo muda, y mi boca se abre sin que me dé cuenta—.

Hemos hablado con él y está dispuesto a tenerte como aprendiz durante un par de meses en su taller.

Tendrás que ver cómo te organizas con las clases, pero ha dicho que puedes adaptar tu horario como te venga mejor. Está esperando tu llamada.

Me quedo mirando el número escrito a mano como si el papel en el que está anotado fuese de oro. Creo que están a punto de caérseme las lágrimas.

—¿Es en serio? —pregunto. Creo que me tiembla la voz.

Nico asiente con esa sonrisa tan encantadora y segura de sí misma que cada vez me vuelve más loca.

En este momento me gustaría tener una varita mágica para poder hacer desaparecer a todo el mundo menos a él, y poder echarme encima de él y besarlo como deseo hacer. Pero tengo que contenerme.

—La hemos dejado sin palabras —dice Biel, sonriendo.

—No te confíes —responde Nico—, que a la mínima de cambio se pone a gritarte como una loca y te deja con dos palmos de narices.

Ruedo los ojos ante el comentario y me uno a los demás en las risas aunque sean a mi costa.

—Muchas gracias… —concluyo mientras doblo el número y lo guardo bajo la funda de mi móvil—. Es el mejor regalo que me han hecho nunca.

—¿Y mis regalos?

Nos volvemos hacia Vik. Sé que lleva un rato mordiéndose la lengua. Ha aguantado estoicamente mientras repartíamos y abríamos los paquetes, aunque ella no ha recibido ni uno solo. Pobrecita. Me da casi hasta pena. Casi. Porque a ella le tenemos preparado algo gordo.

—¿Yo no tengo ningún regalo? —repite.

—Hemos sido un poco injustos —empieza Nico cruzando una mirada cómplice con todos los demás—, pero tú solo tienes un regalo.

—Y además hemos hecho un poco de trampa —añado.

Ella nos mira a todos y empieza a olerse que aquí ha habido confabulación.

—¿Cómo que trampa?

—Bueno… contigo nos hemos pasado un poco de presupuesto —confiesa Ana.

—¿Me queréis contar ya qué habéis estado tramando? —exclama Vik, impaciente.

—¿Te suena el nombre de Menzu? —pregunta Nico, que ha sido el cerebro y el artífice detrás de todo esto.

—Claro que me suena. Es un colega que tiene un estudio de tatus al lado de mi trabajo, en la calle Tallers —contesta Vik—. Fue el que me enseñó a hacer piercings.

—Pues ahora te va a enseñar otra cosa —dice Nico, dándole un sobre—. Es hora de que hagas algo con ese talento tuyo.

Vik abre el sobre y saca un pequeño cartón impreso, lo lee en voz baja y nos mira a todos con una cara bastante parecida a la que probablemente yo he puesto hace un rato.

—¿Me habéis pagado un curso de tatuador? ¡¿Pero vosotros estáis locos?! ¡Cuestan una pasta!

—Y que lo digas —dice Nico—. Tanto que no llegábamos ni a la mitad. Pero creo que le caes muy bien a este amigo tuyo y ha propuesto que el resto del curso se lo pagues tú trabajando. Vas a tener que pasar los próximos dos meses haciendo horas por las tardes en su estudio.

—¿Los próximos dos meses?

Vik mira a su madre y a Ana alternativamente y lo entiende todo.

Su regalo va mucho más allá de haber reunido el dinero.

Es un esfuerzo en común, de mucha gente, para que ella tenga una oportunidad de dejar de sobrevivir y empezar a vivir su juventud, de construir un presente que encaje con ella y no solo el que le ha tocado vivir injustamente.