–63–
NICO
Se nota que todo el mundo está en sus casas hoy.
En estos barrios hay pocos garajes y menos aún, gente que pueda pagarlo, así que las calles están abarrotadas y me toca aparcar a unas cuantas manzanas del piso de Mel.
Biel y yo recorremos la distancia a pie y aguanto estoicamente las indirectas y las bromas que hace sobre mi interés en el corderito.
Y eso que no le he contado lo que pasó el viernes por la noche, porque entonces no sabría ni dónde meterme.
La verdad es que por dentro soy un manojo de nervios.
No he visto a Mel desde que perdí el control y la besé.
Todavía no sé cómo pudo pasar. Cuando vi las marcas de los dedos de mi padre en su cuello, me volví loco.
Lo peor es que ella no me apartó. Si lo hubiese hecho, todo esto sería más fácil.
Su rechazo sería la excusa perfecta para que mi lógica volviese a actuar y me impidiese caer en el abismo de pecado al que creo que me estoy asomando sin remedio.
Pero en lugar de marcarme el límite, sus labios correspondieron a los míos, dejándome sediento desde entonces.
Tal vez fue solo el ímpetu del momento. La cogí por sorpresa y su cuerpo reaccionó…
¿por instinto? Quizá hoy no se atreva a mirarme a la cara y el recuerdo de lo que hice la haga sentir incómoda con mi presencia.
Esa idea me hace odiarme por haber arruinado una Nochebuena que, ya de por sí, empieza en las peores circunstancias para la gran mayoría de nosotros.
—¿Quieres relajarte, Romeo? —me dice Biel cuando timbramos en su piso, mientras me coloca el cuello de la camisa—. Estás más tenso esta noche que los tirantes de Santa Claus.
Pongo los ojos en blanco y subimos. Vik nos abre la puerta con un gorro de Papá Noel en la cabeza y un grito entusiasmado de bienvenida que nos contagia al momento.
—¡Bienvenidos!
Me doy la vuelta para ver a Sabine y a mi madre. Las dos están arregladas y sonrientes. Me quedo casi embobado viendo a mi madre. Está tan guapa y elegante que casi no la reconozco. No recordaba haberla visto maquillada en mucho tiempo.
—¿A que está guapa? —pregunta Vik, abrazándole los hombros.
—Desde luego —admito.
—Está usted espectacular, Adela. Casi me hace replantearme si debería cambiarme de acera otra vez —bromea Biel haciéndonos reír a todos.
Mi madre se pone colorada y se tapa la cara, pero sé que sonríe. No está acostumbrada a recibir tantas atenciones.
—Tu hermana me ha maquillado. Yo no quería, pero…
—Pues yo me alegro de que lo haya hecho. Está bien que recuerdes que todavía te queda mucha vida por vivir —le susurro por lo bajo antes de darle un beso en la mejilla.
Le doy un par de besos a Sabine y aprovecho para entregarle una bolsa con las bebidas, ya que habíamos acordado que Biel y yo nos encargaríamos de eso. Entonces me dirijo al salón y veo a Mel.
Dios, está preciosa.
También lleva un gorro de Papá Noel. Entre el gorro y el jersey rojo que lleva, me da la sensación de que su cara brilla.
Nos miramos y nos sonreímos al mismo tiempo.
Creo que se ha puesto un poco colorada, y probablemente yo también.
Me acerco a ella y no sé ni qué hacer. ¿Qué le digo?
¿Feliz Navidad? Todavía no es el día de Navidad.
—Bonito sombrero —digo tirándole del pompón, que le cuelga a la altura de la espalda.
Al final me voy por las ramas, pero surte efecto para romper el hielo.
—Me alegro de que te guste porque te he hecho uno para ti también.
Antes de que pueda darme cuenta, se acerca y me pone un sombrero de tela roja y ribete blanco. Ese maravilloso olor de su colonia habitual mezclado con el de su propia piel me rodea como lo hacen sus brazos por un solo instante.
—Intuyo que no tengo elección en esto —digo, encantado de rendirme a lo que ella quiera esta noche.
—Nop —contesta, uniendo sus manos a su espalda.
Dios, qué ganas de besarla otra vez. ¿Las tendrá ella?
¿Querrá que vuelva a hacerlo? ¿Espera que vuelva a hacerlo?
La miro con una sonrisa de imbécil en la cara, intentando encontrar la respuesta a todas esas preguntas, pero se me da de pena entender qué hay detrás de esos preciosos ojos brillantes.
Ahora que los miro, no me había dado cuenta antes de lo bonitos que son.
Ni siquiera puedo definir exactamente su color. ¿Son color miel? ¿Son verdes?
—¿Para mí no hay un par de besos? —La voz de Biel nos sobresalta a los dos—. ¿O solo reciben besos los borregos de Ética?
Mel se queda bloqueada y me mira con los ojos abiertos y las mejillas tan encendidas como su jersey. Y yo me quiero cargar a mi mejor amigo. ¡Es que me mete en cada lío aun sin tener ni idea!
—No le había dado ningún beso todavía, listillo —digo, intentando arreglarlo, y me acerco a Mel para darle un beso en la mejilla.
Ella sale de su bloqueo y lo recibe a él con un par de besos de cortesía, mirándome de reojo.
—¿Dónde quieres que pongamos esto? —pregunta Biel mostrándole la bolsa con los regalos que hemos traído a Melania.
—Por el momento, los dejamos en mi cuarto porque el papel de regalo es una tentación demasiado grande para Martina —explica ella—. Cuando se vaya a dormir los pondremos debajo del árbol. ¿Os preparo un aperitivo?
—De eso nada. De las bebidas nos encargamos Nico y yo —dice Biel.
Mientras Melania va a dejar las bolsas, nosotros preparamos una esquina en una de las mesas del salón y nos ponemos a mezclar un cóctel navideño que mi amigo ha insistido en preparar para todos los presentes, exceptuando el bebé que está en su salsa con tantas atenciones.
Suena el timbre de nuevo y escuchamos un coro de voces femeninas casi ininteligibles en la entrada. A los pocos minutos, la tía de Mel aparece en el salón y, tras saludar a Vik y a su compañera de piso, viene directa hacia nosotros, seguida por su sobrina.
—Esta es mi tía —nos dice, presentándonos.
—Sí, a Nico ya he tenido el placer de conocerlo —dice dándome dos besos con una sonrisa cómplice—. Veo que llevas una camisa diferente hoy, espero que la otra quedase bien limpia.
—Quedó impecable, pero no he querido tentar a la suerte. Con Mel nunca se sabe —respondo bromeando y guiñándole un ojo a Melania, que pone los ojos en blanco—. Te presento a Biel, mi mejor amigo y también profesor de tu sobrina.
—¡Madre mía! Creo que me equivoqué de carrera. En mi facultad no se estilaban de este tipo —dice, haciendo un cumplido exagerado.
—Melania, tu tía me cae de maravilla —dice Biel, encantado con las adulaciones—. Como siga calentándome la oreja así, igual hasta te subo la nota —bromea.
—Llevo días sin comer decentemente y tengo un hambre voraz. ¡Ese olor delicioso me está matando! —dice mi tía.
—Pues hoy te vas a poner las botas —asegura Mel—. Adela es una pedazo de cocinera. Y además, mi madre ha hecho un cordero que está para chuparse los dedos.
Las carcajadas de Biel son tan sonoras que hasta Vik y Ana se vuelven hacia nosotros.
—¡De eso estoy seguro! ¿Verdad, Nico? —exclama Biel.
Si mi mirada fuesen cuchillos, en este momento mi amigo sería un colador. ¡Será bocazas! Mel se me acerca con expresión preocupada.
—¿No te gusta el cordero? Si no te gusta, no tienes que comerlo. Creo que han preparado platos para dar de comer a un regimiento.
—No te preocupes, sí me gusta el cordero.
—Le encanta el cordero, te lo aseguro —interviene Biel, que se lo está pasando bomba con esto—. Y el de tu madre seguro que le gusta el doble. ¿A que sí?
—¿Queréis uno? —les pregunto tendiéndoles uno de los cócteles que estábamos preparando e intentando cambiar de tema ya.
Las dos lo aceptan y dan un trago. Aprovecho que están distraídas para soltarle una colleja a Biel y enviarle una mirada de “¿Qué coño haces?” .