Bajo todos tus sombreros –62–
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MEL

Me pasé la tarde de Nochebuena subiendo y bajando escaleras desde mi casa hasta la de Vik.

Cuando mi madre y Adela se enteraron de que Ana, la compañera de Vik, iba a pasar las fiestas sola con el bebé en el cuarto piso no tardaron ni dos segundos en añadir un par de tenedores más a la mesa.

O más bien un tenedor y una cucharita de plástico.

Al final vamos a ser la friolera de nueve personas en total.

¡Nueve! Creo poder afirmar sin miedo a equivocarme que nunca ha habido tanta gente junta en mi casa.

Y muestra de ello es que ni siquiera tenemos ni tantas sillas ni una mesa capaz de albergar a tanta gente.

Así que hoy las mujeres nos hemos dividido las tareas.

Mi madre y Adela se han atrincherado en la cocina y llevan preparando platos desde bien temprano.

Y Vik y yo hemos pasado toda la mañana limpiando y cargando sillas escaleras abajo, además de la mesa que tienen en su cocina.

Lo ideal habría sido bajar la del comedor, pero no encontramos forma de sacarla por la puerta y casi nos la cargamos en el intento, así que optamos por lo fácil: nos armamos con un destornillador y conseguimos desmontar y volver a montar la otra.

Mi salón comedor tiene, de pronto, mucho de comedor y poco de salón. Hemos dispuesto las mesas en el centro, una al lado de la otra, y ocupan casi todo el espacio.

Cuando Vik y yo estuvimos de compras, me dejé contagiar por un espíritu navideño que hacía mucho tiempo que no sentía y terminé gastándome parte de mis ahorros en un par de manteles navideños, un paquete de servilletas de papel bonitas, y un set de velas aromáticas con olor a manzana y canela.

Pero lo que más ilusión me hace de todo es el árbol de Navidad que Vik y yo estamos montando en este momento.

Como mi tía Nanni llegaba un poco tarde para conseguir regalos y mucho menos con el presupuesto tan limitado que hemos puesto como condición, la convencí de que me cediese su presupuesto para conseguir un árbol de Navidad.

Puede que os parezca una tontería, pero no he visto uno de estos en mi casa desde que mis padres se separaron.

Mi padre se fue de casa justo antes de Navidad durante mi penúltimo año de instituto, así que estas fechas siempre han sido especialmente duras para mi madre.

Suele estar de un humor de perros. Creo que no recuerdo haberla visto tan relajada un día de Nochebuena en mi vida.

Ni siquiera cuando estaba papá y las cosas no iban tan mal.

Claro que quizá yo era demasiado infantil como para darme cuenta de cómo iban las cosas realmente entre ellos.

Pero hoy tenemos árbol. No es gran cosa.

Con un presupuesto de treinta euros, lo hemos conseguido de segunda mano por Wallapop.

Es artificial, se nota que es viejito y está un poco “desplumado”, pero para mí es mucho más de lo que esperaba hace tan solo dos semanas.

Además, hemos conseguido unas luces de Navidad y una caja enorme llena de bolas de colores y adornos varios.

No siguen un estilo ni gama común, pero mi salón nunca se ha visto tan colorido y me encanta.

Lo hemos completado añadiéndole los bombones que le regalaron a mi madre en el trabajo y que hemos colgado con hilo por todo el árbol. Ahora, además de bonito, el árbol está delicioso.

Hemos estado tan atareadas que apenas hemos comido nada en todo el día.

Estamos terminando de colocar el set de tenedores y cuchillos completamente dispares que hemos logrado reunir entre las dos viviendas cuando mi madre entra en el salón.

Se queda mirándolo todo boquiabierta. Por un instante, su expresión me asusta.

La Melania que lleva años viviendo bajo los fantasmas de su divorcio tiene miedo de que las últimas horas no hayan sido más que una ilusión, que mamá vea el árbol de Navidad, colapse y estalle, y la única Nochebuena que me ha ilusionado de verdad en mucho tiempo se esfume antes de llegar a existir. Tal vez el árbol no ha sido buena idea.

—Mamá… —La llamo, temerosa. Ella desvía su mirada de las luces del árbol hacia mí, como si la hubiese sacado de un trance—. Si es demasiado, podemos quitarlo.

Me cuesta hasta proponerlo, pero prefiero sacrificar ese delicioso adorno de plástico, luces, colores y chocolate antes que el resto de la velada. Entonces mi madre se acerca y, para mi sorpresa, me da un abrazo y un beso en la mejilla.

—No, cariño. No lo quites. Es precioso.

Yo no puedo contener mi alegría y se me pinta una sonrisa de oreja a oreja, así que en un arrebato, la abrazo con más fuerza sin parar de agradecérselo.

Mi madre se echa a reír y llama a Adela a gritos.

La madre de Vik aparece por la puerta con un plato de pan con tomate y se le ilumina el rostro al ver el salón.

Al ver las tostadas nos damos cuenta del hambre que tenemos y que habíamos ignorado, así que mientras las comemos, hacemos al fin una pausa y charlamos un rato las cuatro.

Ellas también tienen que estar agotadas de tanto cocinar.

Cuando nos damos cuenta ya son las siete de la tarde. Me acuerdo de que, en una hora, Nico ha quedado en entrar por esa puerta y mi estómago se revuelve recordándome otro de los motivos por los que no tenía hambre. Así que damos los preparativos por terminados y me meto corriendo en la ducha.

Va a ser la primera vez que nos veamos después del beso que nos dimos el viernes.

Aquello me pilló completamente por sorpresa, y no me dejó pegar ojo en toda la noche.

No sé qué esperarme. No nos hemos visto desde entonces.

Sé que no es tanto tiempo pero para mí ha sido una eternidad.

Una eternidad en la que he tenido oportunidad de pensar en mil escenarios distintos.

Uno de los más comunes, que Nico se haya arrepentido de haberme besado y que no quiera ni mirarme a la cara.

Después hay otros en los que, tan pronto me ve, me coge de la mano, me mete en mi cuarto, cierra la puerta y se lanza a mi boca otra vez.

Ese pensamiento vuelve a mi cabeza mientras me ducho y siento mi cuerpo arder con la idea.

Casi sin darme cuenta, mis manos pasan de enjabonarme a acariciarme lentamente como me gustaría que él lo hiciese.

Cierro los ojos y por un instante me dejo llevar por la fantasía.

Solo por un instante, hasta que escucho las voces de mi madre y Adela y vuelvo a la realidad de golpe.

Termino de ducharme rápidamente con una sonrisa imposible de borrar en mi rostro colorado y salgo de la ducha.

Tardo media hora solo en decidir qué voy a ponerme. ¿La falda de pliegues con estampado escocés? No, demasiado infantil. ¿El de lentejuelas y escotazo? Demasiado provocativo con mis dos profesores en casa… ¡Qué difícil es esto! Nada me parece adecuado.

Al final, opto por una minifalda sencilla en color negro, un jersey de punto y cuello subido en color rojo y las mismas botas altas que llevaba la noche de mi vergüenza.

Cuando por fin he conseguido decidirme por la ropa, me pasa otro tanto con el peinado.

Tenía pensado hacerme un par de trenzas, pero no quiero que Nico me vea como una niña.

No quiero que recuerde que soy su estudiante.

Mi voz interior me dice que debería recodarlo, y que yo debería recordar que es mi profesor, pero no quiero.

Hoy es Nochebuena, la noche más mágica del año.

Y hoy no quiero ser responsable. Quiero dejarme llevar por la magia.

Y quiero sonreír. Y él me hace sonreír, por dentro y por fuera.

Al final decido moldear el pelo un poco y dejarlo suelto bajo mi gorro porque, si una cosa tengo clara, es el sombrero que toca esta noche. ¡No podía ser otro!