–61–
NICO
Es la primera vez que voy al piso de mis padres desde que mi madre lo abandonó.
Subir esas escaleras se siente distinto, como si yo hubiese perdido el derecho de pertenecer allí.
Me pregunto si así es como se sintió Vik la única vez que regresó a buscar sus cosas después de que mi padre la echase a la calle.
Pero la rabia que llevo dentro es como gasolina en las venas y hace que no me pare ni a apreciar que nada ha cambiado en aquellas escaleras a medida que las subo. Llamo a la puerta con insistencia, pero nadie contesta.
Saco el teléfono y busco el número de la tía Dora. Su voz me responde al teléfono intentando sonar dicharachera, como ella cree que se debe sonar obligatoriamente en la mañana de Nochebuena. Sin embargo, yo la corto de inmediato. No tengo tiempo ni energía para teatros. Ya no.
—¿Dónde está mi padre? —pregunto directamente, en tono seco—. ¿Está ahí con vosotros?
—Sí, está aquí. —La confirmación me produce un alivio instantáneo. Lo último que necesito en este momento es pasarme el día temiendo que mi padre esté acechando de nuevo por casa de Vik y Mel.
Sin decirle nada más, cuelgo la llamada y deshago el camino, dirigiéndome a casa de mis tíos, que está solo un par de edificios más abajo. Timbro y mi tía se sorprende al escucharme en su puerta.
—Abre, Dora. Tengo que hablar con mi padre.
—Nicolás, no creo que sea buena idea. Justo hoy… ¿Por qué no esperas al lunes y vienes a hablar con él entonces?
—Abre la puerta, tía Dora —exijo con firmeza.
Se hace el silencio, pero al fin la puerta se abre.
Empujo y subo por el ascensor hasta el tercer piso.
Mi tía me espera en la puerta, dispuesta a ejercer de cortafuegos, pero en ese momento yo no quiero ningún calmante.
Llevo toda mi vida viendo a mis tíos, abuelos, a toda la familia, haciendo de amortiguador para mi padre, y lo único que han conseguido es que hayamos llegado a esta situación.
Mi tía es una mujer algo rechoncha, pero apenas llega al metro cincuenta, así que ni siquiera tengo que hacer mucha fuerza para apartarla.
Mi padre y mis tíos Pepe, Cándido y su mujer, mi tía Pilar, están sentados en el salón, y se levantan de golpe al verme entrar como un vendaval.
—Nico, ¿qué forma es esta de llegar aquí? —me recrimina mi tío Cándido, pero yo lo ignoro.
—¡¿Has tenido la poca vergüenza de poner una denuncia contra tu propia hija?! —bramo, dirigiéndome al hombre que me está amargando la existencia.
Él no se achanta. Su expresión naturalmente agria se contrae todavía más.
—Yo no tengo ninguna hija. Esas rameras metomentodo me han denunciado a mí por mucho menos. Tengo todo el derecho de defenderme. Yo también fui agredido.
La ira me hace perder el control y cruzo la distancia que nos separa en dos zancadas, al tiempo que mis tíos se echan hacia mí.
Me controlo en el último momento para conseguir detenerme simplemente en agarrarle de la camisa en vez de estamparle un puñetazo en la cara.
Por un instante, veo el miedo en su cara y eso me complace, aunque desaparece enseguida al sentirse respaldado por su hermano y su cuñado.
—Eres un…
Hay tantos calificativos apelotonados en mi garganta que no soy capaz de escoger uno que sea suficientemente cercano a la realidad para expresar todo lo que mi padre me provoca.
—Nico, cálmate… —me susurra mi tío Pepe—. Que es tu padre…
Me vuelvo hacia él y le dirijo una mirada herida, soltando una carcajada sarcástica. Mi tío traga saliva, pero se mantiene en sus trece, sin vacilar, en esa conversación muda que tenemos.
Suelto a mi padre de golpe, haciendo que tenga que echar un pie atrás para mantener el equilibrio, y me vuelvo hacia mis tíos.
—¿Mi padre? —repito, con voz arrastrada—. Este hombre es tan padre mío como Vik es hija suya. Nada más de sangre.
—No digas eso, hijo —interviene mi tía Dora.
—¿¡Cómo podéis seguir defendiéndolo!? —exclamo, fuera de mí. Me quedo mirando a mi tío Pepe a la cara—. ¿Hasta cuándo? ¿Qué tiene que hacer para que os déis cuenta?
—Es mi hermano —contesta con firmeza.
—Y mi madre es tu cuñada —replico con la voz cargada de desprecio—. Y mi hermana y yo somos tus sobrinos, joder.
—Déjalo —dice mi padre riendo—, que esas mujeres ya le tienen el coco comido. Este hace tiempo que se ha pasado a la otra acera, igual que…
Mi padre se calla al encontrarse con mi mirada. Me acerco a él y lo miro desde arriba, tragándome el asco que me da tener su cara a tan solo centímetros.
—Dilo. ¿Al igual que quién? —lo insto.
—Nico, por favor, no empeores las cosas —me pide mi tía Pilar, tirando de mí.
Me mantengo firme. Ni siquiera me reconozco, pero en este momento me da igual. Esta pelea no es solo por mí, y hace mucho tiempo que debería haberse librado. Pero soy consciente de que no es solo contra mi padre. Me vuelvo hacia mi tía Pilar y me permito sonreírle.
—¿Te das cuenta de que tú también eres solo “la cuñada”?
—le espeto. Ella me mira en silencio, antes de apartar la mirada—.
Esas… rameras metomentodo, como las ha llamado mi padre, han hecho lo que ninguno de vosotros y vosotras ha tenido los huevos de hacer en los últimos treinta años.
Lleváis toda la vida dejándole hacer lo que le da la gana, sin atreveros a marcarle un solo límite, por miedo al qué dirán y por miedo a él.
Aunque todo el puto barrio sepa la escoria que es.
¡Que este no engaña a nadie, joder! —bramo, apuntando a mi padre—.
Cuando echó a vuestra sobrina de casa, preferisteis cerrarle la vuestra también y dejarla sola en la calle antes de meteros en problemas con él.
La tachasteis a ella de rebelde para no tener que escoger el camino difícil y admitir de una vez que vuestro hermano es una mierda de persona, no se fuese a enterar todo el vecindario de que sois una vergüenza de familia.
Pues todo vuestro. Sois unos cobardes. Quedaos con vuestro hermano porque nosotros no lo queremos, ni a él ni nada que venga de él.
Mi madre se ha ido con lo puesto y sin nada de lo que le corresponde por ley.
Pero ya me ocuparé yo de que no le falte de nada.
—Me vuelvo hacia mi padre y levanto mi dedo índice ante sus narices—.
Pero más vale que la dejes tranquila y no vuelvas a acercarte a ella.
Mi padre me mira fuera de sus casillas. Jamás antes había tenido al valor de hablarle así, pero en los últimos días ha sobrepasado todos los límites que he podido soportar.
Ha perdido el norte completamente y no tiene ningún tipo de contención, así que, ¿por qué voy a tenerla yo?
Pero su mirada me dice que mi advertencia no ha hecho sino echar leña al fuego.
No va a permitir que su propio hijo le diga lo que puede o no hacer.
Se acerca a mí y sus ojos me enfrentan vomitando fuego.
—Adela es mi mujer y lo será hasta que la entierren en la tumba, así que o vuelve a casa o que vaya escogiendo nicho —replica en una amenaza que me hiela la sangre en las venas.
Mis tíos me sujetan a tiempo para impedir que le agarre del pescuezo como él hizo con Mel.
Escucho a mis tías gritar y sollozar. Mis dientes están tan apretados que me duele hasta la mandíbula.
Me escuecen las cuencas de los ojos. Jamás he sido un hombre violento, ni he creído en la violencia, pero ahora mismo la desesperación y la sensación de impotencia me hace desear cosas que jamás creí que fuese capaz de pensar.
—Lo ha dicho en caliente, Nico —susurra mi tío Pepe.
Cierro los ojos y tomo aire. En un esfuerzo titánico, consigo calmar el impulso que me lleva a estrangular a ese hombre hasta que deje de existir.
—No, tío —contesto, sin apartar la mirada de mi padre—.
De caliente no tiene nada. Está frío como el hielo, como ha estado siempre.
Porque ahí adentro no hay calor ninguno.
—Apunto a su pecho—. Tú verás lo que haces —le digo—.
Mi respeto ya lo has perdido, y aunque no sean capaces de reconocerlo porque te tienen miedo, el de tus hermanos y cuñados, también.
Tienes la oportunidad de hacer algo bien por primera vez en tu vida y dejar que mi madre viva tranquila los últimos años de la suya.
Si lo haces, me demostrarás que hay algo de sentido común al fin y al cabo en ti.
Ahora bien, y escuchadme todos —añado, mirándolos de uno en uno—, si mi madre acaba muerta, vosotros seréis igual de culpables.
—Paso mis ojos por cada uno de ellos. Solo mi padre y mi tío Cándido me sostienen la mirada.
Mis tías sollozan y mi tía Pilar se mete en la cocina—. Espero que durmáis bien por las noches.
Me dirijo a la puerta y doy un portazo detrás de mí. Con un poco de suerte, no tendré que volver a pisar esta calle en lo que me queda de vida.