Bajo todos tus sombreros –60–
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MEL

El sábado por la mañana quedo con mi tía Nanni para tomar un café cerca del Arc de Triomf, ya que al parecer los obreros todavía están terminando las obras de su piso esta mañana.

Entre los exámenes, su trabajo y el estado de su piso llevamos casi dos semanas sin vernos y yo necesito desesperadamente hablar con ella. Y como siempre, Nanni no tarda en notar que mi interior es una olla a presión.

—¿Me vas a contar ya lo que sea que te trae así de nerviosa o no?

Mientras mojamos el croissant en el café, la pongo al día con la mayoría de los detalles que me faltaban por actualizar: el encuentro con David la semana pasada, las anécdotas de mis exámenes y, sobre todo, el ataque del padre de Vik anoche.

—¡Qué barbaridad! —exclama mi tía al escuchar los detalles—. Pobre mujer, que ha tenido que aguantar eso toda su vida.

—No me extraña que Vik se escapase en cuanto tuvo ocasión… —observo.

—Desde luego, pero no es fácil hacerlo. Esa chica es muy valiente. ¿Cómo está Adela hoy?

—Muy nerviosa —explico. He ido a verla esta mañana, ya que se ha quedado a dormir en el piso de Vik—. Mi madre fue a poner una denuncia a la policía y creo que eso la ha alterado todavía más. Ella está acostumbrada a recibir los golpes y agachar la cabeza sin protestar.

—Tu madre ha hecho bien. Alguien tiene que pararle los pies a ese animal. Aunque ya sabemos que en este país eso no siempre pasa, por desgracia…

—Ayer nos acostamos tardísimo. Mamá fue a poner una denuncia y tuvimos que ir a que un médico nos revisase a Adela y a mí. Entre una cosa y otra nos pasamos la noche entre el hospital y la policía.

—¿Y Nico? ¿Cómo se ha tomado todo esto?

La sola mención de su nombre me hace estremecer. Mi estómago salta recordando nuestro último encuentro y creo que mis mejillas traidoras lo están anunciando en letras luminosas. Y, cómo no, mi tía se da cuenta…

—¿Por qué te has puesto colorada? —pregunta mirándome con renovado interés y una sonrisa cotilla—. Veo que aún no me has contado todo lo que te tiene así. ¿Qué ha pasado con Nico?

Me cubro la cara con las manos, incómoda. Sí, sobre todas las cosas, eso es lo que me tiene así. Lo que no me ha dejado pegar ojo en toda la noche.

—Ayer Nico casi se vuelve loco cuando se enteró de lo que hizo su padre… de lo que me hizo a mí. Vino a casa mientras mi madre estaba en la policía y…

—¿Y…?

La miro con miedo.

—Me besó…

Mi tía abre los ojos como platos. Al menos sonríe, y eso supongo que ayuda. Creo que no sabe muy bien cómo reaccionar y, como buena psicóloga que es, echa mano de la contención para guiar mis respuestas en vez de emitir un juicio que en este momento me aterra.

—¿Y tú qué hiciste?

—¿Cómo que yo qué hice? —pregunto, confusa.

—¿Te apartaste o… le seguiste? —Me cubro la cara con el extremo de la pashmina que llevo al cuello y miro a mi tía sobre mis manos, con cara de cordero degollado—. No te apartaste —concluye. Me lee como un maldito libro abierto—. ¿Te gustó?

¿Que si me gustó? Se me escapa una risa floja. Sí, joder, me encantó. Fue el beso más inesperado de toda mi vida y todavía siento cosquillas en los labios.

—Mucho… —admito.

A mi tía le brillan los ojos. Yo también la conozco y sé que está haciendo esfuerzos por no sonreír abiertamente.

—¿Te gusta Nico? —pregunta directamente. Suspiro y la miro con expresión resignada, asintiendo. —Entonces, ¿por qué tienes tantas dudas? —me pregunta.

—Nanni, ¿tú qué crees? —bufo—. ¿Porque es mi profesor? ¿Porque hace dos semanas todavía estaba saliendo con David?

Mi tía me clava una mirada condescendiente de las de manual.

—¿En serio tenemos que volver a hablar de David? Creía que había quedado claro que ni siquiera estabas enamorada de él.

—Vale, pero aun así, esto está yendo muy deprisa, ¿no crees?

—Esto va todo lo deprisa que tú quieras que vaya —replica mi tía—.

Si no quieres acelerar, echa tú el freno.

Si vuelve a intentar besarte, apártate y dile que no estás interesada.

Si algo me ha quedado claro, es que Nico es lo suficientemente maduro como para entenderlo y respetarte.

—Me vuelvo a cubrir la cara y me froto los ojos, frustrada—.

Pero me da que el problema es que no quieres echar el freno.

La miro, echa un lío, y sacudo la cabeza en negación.

—No… No quiero. Me muero por que vuelva a besarme. Cuando estoy con él, me olvido de quién es, de que es mi profesor. En esos momentos solo es Nico, el hermano encantador de Vik.

—Mel, si no recuerdo mal, Nico es profesor desde hace apenas cuatro o cinco meses, pero es el hermano encantador de Vik desde que ella nació.

—Ya… pero sigue siendo un profesor. ¡Mi profesor! ¿Es que no te parece mal todo esto?

—Si se lo cuentas a cualquier otra persona que no os conozca, esto le parecerá una aberración, está claro.

Pero yo te conozco a ti, y tuve la fortuna de conocerlo a él en una situación muy particular.

En primer lugar, Nico no es un profesor de cincuenta años que está usando su posición para aprovecharse de una alumna de veinticuatro.

Es un chico que probablemente no llegue ni a la treintena, que se ha pasado sus últimos años estudiando y trabajando duro para conseguir un buen puesto, y que hace medio año a nadie le habría llamado demasiado la atención si salía contigo.

—Pero eso era hace seis meses. Ahora lo que todo el mundo va a ver es que es un profesor universitario que le está tirando los tejos a una de sus alumnas. Y yo no quiero que se meta en problemas por mi culpa, y más con todo lo que tiene en casa.

—Te estás adelantando a los acontecimientos.

Solo os habéis dado un beso, aunque es evidente que eso significa que hay atracción por las dos partes.

No te queda ni un año para terminar la carrera, y entonces dejarás de ser su alumna.

Sé que te pierde la impaciencia, como siempre, pero no te va a quedar más remedio que tomártelo con calma aquí.

—¿Con calma? —me carcajeo, irónica—. ¿Cómo voy a hacer eso cuando viene a pasar la Nochebuena a mi casa mañana? Y por si fuera poco, con Biel, otro de mis profesores.

—¿La Nochebuena? ¿Y eso?

—Este año vamos a celebrarla todos juntos en mi casa. Mi madre y Adela se llevan genial. La verdad es que mi madre está irreconocible. Creo que le hacía falta una amiga.

—Sospecho que nuestra sesión de intervención contigo también ayudó, y más aún que su hija decidiese darle otra oportunidad y quedarse con ella…

Sonrío. Sí, tiene razón. No es que sea todo de color de rosa desde entonces, pero es verdad que los roces entre mi madre y yo se han suavizado mucho.

—Lo que te decía. —Vuelvo al tema—. Vik también ha hecho las paces con Adela y hemos organizado la cena de Nochebuena en casa. Así que, por primera vez en mucho tiempo, ¡no la voy a pasar sola con mi madre! —exclamo entusiasmada.

—¿Puedo apuntarme? Me encantaría ver las miraditas entre tú y Nico —ríe.

La pregunta de mi tía me sorprende tanto como me entusiasma. Tenerla a ella también era lo último que me faltaba para completar una cena perfecta.

—¡Pues claro que sí! Pero ¿y eso? ¿No vas a cenar con la abuela y los tíos?

—Este año cenan en casa de la tía Encarna y ya sabes que no la aguanto. Prefiero mil veces pasarla con mi sobrina favorita —me dice guiñándome un ojo.

—A tu sobrina favorita le encanta la idea —digo, sonriendo complacida. Consulto mi reloj de pulsera—. Entonces debería pasarme por casa de la abuela ahora para verla un rato.

—¡No! —El ímpetu de mi tía me sorprende.

Ella lo nota y relaja su expresión—. La abuela no está en casa ya, cielo.

La acompañé ayer a casa de los tíos y ya se quedó a dormir allí.

Quería ayudar hoy con la cocina. Ya sabes cómo es.

Setenta y siete años y tiene que controlarlo todo.

Mejor llámala por teléfono. Le hará ilusión.

—De acuerdo. Tendré que hacer una ronda de llamadas.

—Me quedo pensativa mirando a la gente que camina alrededor del monumento—.

¿Crees que debería llamar a papá? —Mi tía aprieta los labios y desvía la vista—.

No creo que él vaya a hacerlo—. Nanni sigue sin decir nada—.

Lleva ya dos Navidades sin dignarse ni a coger el teléfono y hablar con su hija.

Este año ni siquiera se acordó en mi cumpleaños…

—Mi tía me mira. Me sorprende notarla un poco nerviosa—.

¿Debería ser yo la que dé el paso y lo llame?

Tampoco puedo recriminarle que no haga algo si yo tampoco lo hago, ¿no?

—No sé, cielo… Sabes que en lo tocante a mi hermano nunca sé qué decirte. A veces me gustaría meterle una somanta de palos —añade agarrotando sus dedos y mirando al cielo con frustración. Me hace reír.

—¿No vas a psicoanalizarme? Trauma de hija abandonada, esto es tu especialidad —la vacilo.

Mi tía suspira y abre su monedero para sacar un billete de diez euros.

—Creo que, a pesar de todo, sigues teniendo a tu padre en un pedestal. Por eso sigues buscando excusas para justificarlo.

Se levanta, me coge la barbilla y me mira con lástima antes de darme un beso en la mejilla e irse a pagar.

Yo me quedo sentada y sumida en mis propios pensamientos.

Sé que mi tía tiene razón. Si cualquiera de mis amigas me dijese que su padre se ha ido del país a vivir con otra mujer y no se digna ni a llamarla por Navidad o el día de su cumpleaños, yo les habría dicho lo mismo.

Pero siempre me he aferrado al recuerdo de mi padre, quizá con la esperanza de que algún día él regresase y me ayudase a salir del agujero en el que sentía que me había quedado.

Sin embargo, en las últimas semanas estoy empezando a ver las cosas de otra forma.