–59–
NICO
El trayecto desde la casa de Biel hasta el piso de Vik se me hace interminable.
Recibí su llamada cuando acababa de dejarle en la parada de autobús que hay frente a su portal.
Todavía no me puedo creer que mi padre se haya atrevido a tanto.
Aunque es un hombre con un carácter intimidante para todo el mundo, siempre ha sido comedido frente a la gente, especialmente frente a los desconocidos.
Mi familia siempre ha estado bastante obsesionada con el “qué dirán los vecinos”.
No he esperado a recibir todos los detalles por teléfono, así que no sé exactamente todo lo que ha sucedido, pero lo que sé es suficiente.
Subo las escaleras de dos en dos hasta el piso de Vik y, en el último segundo, recuerdo que hay un bebé y me contengo de aporrear la puerta como un animal y doy un par de golpes suaves con los nudillos, esperando que sea suficiente.
Mi hermana tarda diez segundos en abrirme.
—Mamá está en mi cuarto —me dice—. Ya te puedes imaginar cómo está.
Sí. Está exactamente igual que me la imaginaba.
Hecha un flan. Con los ojos enrojecidos de tanto llorar.
Aterrada, frágil. A punto de romperse como una copa de cristal fino.
Al mismo tiempo, se mezclan en mi estómago la infinita lástima que mi madre me inspira con el odio descarnado que siento hacia el hombre que puso la semilla.
Al verme, se echa a llorar todavía más y aparta la cara, como si tuviese que avergonzarse de algo.
Me arrodillo frente a ella y le cojo las manos, obligándola a mirarme.
—Mírame, mamá —le digo, con suavidad pero con voz firme—. Tú no has hecho nada malo, ¿entendido?
Ella sacude la cabeza y veo que he dado en el clavo.
Ridículamente, se siente culpable. Por haber tenido la osadía de querer vivir tranquila.
Por atreverse a intentar rehacer su vida.
Porque por su egoísmo ha puesto a los demás en peligro.
Culpable por no aguantar más. Mientras el que debería retorcerse en esa culpabilidad vuelve tranquilamente a su casa, a maquinar una nueva forma de seguir atormentándola, porque la de hoy le ha salido mal.
Me levanto, frustrado y cabreado.
—Esto es tu culpa —exclamo a viva voz dirigiéndome a mi hermana, que me hace un gesto para que baje la voz y me mira, desconcertada.
—¿Cómo que mi culpa?
—Si no le hubieses plantado cara a papá y te hubieses largado de casa, esto no habría pasado. Pero tú siempre tienes que ser el ombligo del mundo. Eres una egoísta.
Mi hermana me mira como si hubiese sido yo el que le acabase de dar un bofetón. Jamás le había hablado así antes.
—¿Pero qué mierda estás diciendo, Nik? —exclama, herida.
Entonces, mi madre se levanta y se pone delante de Vik.
—Ni se te ocurra hablarle así a tu hermana —me dice. A pesar de todo, consigue que su voz no tiemble. Apenas su labio lo hace ligeramente—. Ella ha sido la única que ha tenido el valor de no dejarse pisar por tu padre. Y yo no puedo estar más orgullosa de ella.
Me relajo, meto las manos en los bolsillos del pantalón y sonrío. La he llevado exactamente a donde quería.
—¿Entonces por qué iba a ser diferente contigo? —le pregunto. Ella se da cuenta de mi estratagema y chasquea la lengua. Le paso el brazo por los hombros y le doy un beso en la cabeza—. Estoy muy orgulloso de que hayas tenido el valor de dejar a papá. Y estoy seguro de que Vik también.
Miro a mi hermana, que me da un puñetazo cariñoso.
—Por un momento me dejaste pillada —protesta—. Yo también me alegro, mamá. En serio. Pero si vuelves con él, tirarás por tierra todo lo que ya has conseguido. Prométenos que no lo harás.
Mi madre baja la cabeza y hace algo que podría entenderse como un asentimiento. Creo que ni a mi hermana ni a mí nos convence mucho, pero sin necesidad de palabras decidimos dejar el asunto por ahora. Todos necesitamos calmarnos.
—Le he ofrecido a mamá que se quede a dormir aquí. Yo dormiré en la habitación de Martina. Hay una cama de sobra y a mi compañera no le importa —me dice Vik.
—Me parece bien. ¿Quieres que me quede? —pregunto mirando a mi madre.
Ella sacude la cabeza.
—No es necesario. Aquí voy a estar bien. Solo necesito dormir un poco. Pero prométeme que no vas a ir a ver a tu padre. —Aparto la cara y arrugo el entrecejo. No sé si puedo prometerle eso—. Al menos no hoy. Todos estamos muy alterados.
—En eso creo que mamá tiene razón —dice Vik.
—Está bien —accedo, aunque en mi cabeza eso sigue significando “ya veremos”—. Ahora intenta dormir algo, ¿vale?
Me despido de ella con un beso en la mejilla y salgo con mi hermana, cerrando la puerta detrás de nosotros para darle privacidad por si quiere desvestirse.
—¿Tú estás bien? ¿A ti te hizo algo? —le pregunto, colocando mi mano sobre su hombro.
—Tranquilo, a mí no me ha tocado un pelo. De hecho, me he desquitado con un sartenazo y me ha dado un subidón que no veas —añade riendo—. Pero a Mel sí que le hizo daño. Creo que Sabine ha ido a poner una denuncia.
Mi corazón se detiene por un instante.
—¿A Mel? —repito, esperando no haber escuchado bien, pero Vik asiente.
No espero a saber detalles. Algo irracional me empuja a abrir la puerta y bajar las escaleras, ignorando las preguntas y los comentarios de mi hermana.
En pocos segundos me planto ante la puerta del segundo y timbro.
Me abre Mel y el corazón se me contrae pensando en lo que sea que mi padre le ha hecho.
Se me queda mirando y yo me quedo paralizado unos instantes.
—¿Y tu madre?
—Ha ido a la policía… —contesta haciéndose a un lado para dejarme pasar—. Me da que hoy no me voy a acostar temprano…
—¿Y te ha dejado sola en casa? —No puedo evitar que mi tono suene desaprobador. Ella cierra la puerta detrás de mí—. ¿Con lo que acaba de pasar?
—Después del sartenazo de tu hermana, no creo que tu padre se atreva a asomarse por aquí en una buena temporada —me dice, intentando sin éxito contener una sonrisa.
Pero yo no soy capaz de reír. Solo puedo mirar a su cuello, donde unas marcas rojas con forma de dedos me cuentan exactamente lo que pasó en este vestíbulo hace menos de una hora.
Cojo su cara entre las manos y la ladeo con suavidad, deslizando mis dedos por las marcas de su cuello.
—¿Esto te lo ha hecho él? —apenas puedo hablar sin apretar los dientes, de la rabia que siento. Tiemblo de ira. Ella lo nota. Lo veo en su mirada intimidada y me hace sentir sucio. ¿Será así como se siente mi madre?
—No importa, Nico… Estoy bien.
Pone sus manos sobre las mías, que todavía sostienen su cara. No lo hace para apartármelas, sino para acariciarme, para intentar tranquilizarme. Y entonces pierdo el control.
La atraigo hacia mí y cierro los ojos. Lo próximo que siento es mi boca sobre la suya.
Ese contacto despierta todos mis sentidos al tiempo que me sumerge en un letargo en el que todo lo demás desaparece.
Cuando empiezo a recuperar la consciencia de lo que estoy haciendo, me aparto un poco, pero entonces su boca vuelve a buscar la mía.
O tal vez es la mía la que vuelve a la carga.
No lo tengo muy claro. Solo sé que, de pronto, esos labios suaves y carnosos se han abierto y que los míos ya no solo los rozan, sino que los saborean y los humedecen al tiempo que ellos les devuelven el favor.
Mi lengua se cuela en la fiesta, ansiosa por participar, y se roza con la suya.
Se acarician una vez, dos veces… pero entonces el timbre de la puerta nos devuelve a la realidad como una descarga eléctrica, cada uno a un metro de distancia del otro.
Nos miramos por un instante con la misma expresión en los ojos.
Mi pecho todavía arde con esa sensación cuando el timbre vuelve a sonar y la voz de mi hermana la hace reaccionar y abrir la puerta.
Vik nos mira a ambos y se detiene.
—Venía a coger un pijama para mamá. ¿Está todo bien? —pregunta, notando la tensión en el ambiente.
—Solo vine a ver cómo estaba Mel —contesto, apartando la mirada—, pero será mejor que me vaya. Deberíais descansar.
—¡Ni se te ocurra ir a buscarlo! —me advierte mi hermana de camino a la habitación de mamá.
Pongo los ojos en blanco y miro a Mel de reojo. Casi no me atrevo a enfrentarla.
—Si necesitas cualquier cosa… —Me rasco la cabeza—. Lo que sea… Ya sabes.
Siento su mano en la mía y eso me hace mirarla por inercia.
—Nico, prométeme que harás caso a Vik —me pide—. Tu padre es un bruto. No quiero que te haga daño.
Le sonrío y me pierdo en sus ojos. Tanto que me vuelvo a olvidar de todo y mi mano encuentra otra vez el camino hacia su mejilla.
—No te fías de que pueda defenderme de ese imbécil de tu ex y tampoco del cincuentón de mi padre. Vaya concepto tienes de mí.
La hago reír, pero se sacude la comedia rápido. Se aparta de mi mano justo a tiempo para que mi hermana no vea ese gesto íntimo y yo aprovecho para despedirme de las dos e irme escaleras abajo, con una nube de sensaciones completamente opuestas bailándome en el pecho.