–58–
MEL
Vik y yo estamos envolviendo los regalos que hemos comprado en su cuarto mientras cuidamos de Martina. Mi madre y la suya han tomado el relevo para ir de compras a Badalona. Yo sé que Nico es quien las ha llevado y tengo la esperanza de que suba a ver a su hermana cuando las traigan de vuelta.
La peque ya está tranquila en su cuna y su madre debería llegar de un momento a otro. El móvil de Vik vibra y emite un doble bip que indica que le ha llegado un mensaje de Whatsapp.
—Es mi hermano. Las cigüeñas ya están en el nido —me dice refiriéndose a mi madre y la suya. Siento cosquillas en el estómago.
—¿Va a subir a verte?
—¿Quién? —pregunta Vik, pero me mira con una sonrisa traviesa que me hace rodar los ojos—. Lo siento, pero hoy no será. Ya se ha ido. Tenía que llevar a Biel a casa.
—Oh…
Las mariposas no se van del todo, pero se ven desplazadas por una extraña sensación de vacío.
—Tengo algo que contarte, pero no sé cómo te lo vas a tomar —me dice Vik, desviando mi atención del tema. Mi mirada es suficiente como para invitarla a continuar—. Ayer me encontré con David. Aquí, frente al portal. Creo que estaba esperando a que volvieras a casa.
Resoplo, molesta.
—Supongo que me lo esperaba. La semana pasada fue a esperarme a la facultad. Tu hermano se metió en medio y casi se acaban cascando —confieso—. No te lo conté porque Nico no quería preocuparte… —me apresuro a añadir, viendo que está a punto de echármelo en cara.
—Tendrías que habérmelo contado igual…
—Tú también has esperado hasta hoy… —apunto.
—También tenía miedo de cómo reaccionases.
—¿Te dijo algo?
—Es un gilipollas —dice frunciendo el ceño y sacudiendo la cabeza—. No sé cómo demonios pude ver algo en él.
— Touché. —No puedo estar más de acuerdo con ella.
Estaba a punto de decir algo, pero ambas nos quedamos paralizadas al escuchar un alarido que resuena en todo el edificio. Nos miramos expectantes, a la espera.
—Eso fue un grito, ¿verdad? No me lo he imaginado —digo. Vik se levanta y echa un vistazo rápido a Martina en la cuna, que duerme plácidamente.
Ambas nos acercamos a la entrada y abrimos la puerta. Desde los pisos inferiores, nos llegan voces y gritos. No me cuesta reconocer a dos de ellas. La tercera, parece la de un hombre.
—Joder, ¡es mi padre! —exclama Vik.
De golpe, mi amiga ha perdido el poco color que tiene en la piel. Su temple y calma se han esfumado por completo.
—No-no puedo dejar a Martina sola… —tartamudea.
—Quédate aquí. Voy yo.
Sin esperar contestación, me lanzo escaleras abajo.
Cuando llego al último tramo de descenso hasta mi casa, veo a un hombre de escaso pelo blanco en el umbral de la puerta.
Tardo tres segundos en darme cuenta de que tiene cogida a Adela de los pelos y está intentando arrastrarla hacia fuera, mientras mi madre lo increpa a gritos con un paraguas en alto.
—¿¡Pero se puede saber qué coño hace usted!? —grito plantándome detrás de él en un arrebato de valentía que no sé ni de dónde ha salido.
Él se gira, sobresaltado.
—Métete en tus asuntos, mocosa —me dice, con la cara más amarga que he visto.
—Esa es mi casa y ella es mi inquilina, así que es mi asunto, viejo borrego descerebrado —espeto remarcando los posesivos—. Suelta a Adela o llamamos a la policía.
La mirada colérica que me envía debería hacerme flaquear.
Si fuese sensata, probablemente lo hubiese hecho, especialmente teniendo en cuenta lo que ocurre justo después.
Pero soy joven y mi sentido de la injusticia está demasiado agudizado, así que no me achanto.
Al contrario, descargo mi puño contra el antebrazo al grito de ¡Que la sueltes!
Entonces, él la suelta y, un segundo más tarde, esa misma mano se cierra sobre mi cuello y yo dejo de respirar de golpe.
Me aprieta tanto que estoy a punto de perder la consciencia en cuestión de segundos.
Le araño la mano mientras oigo los gritos de Adela y de mi madre, que intenta golpearle con el paraguas.
De pronto, escucho un fuerte “pong” y la presión alrededor de mi cuello cede.
Mi madre se apresura a apartarme y ponerse delante de mí, pero puedo ver a Vik por encima de su hombro, sosteniendo una enorme sartén vieja en alto.
Su padre se sacude el embotamiento del golpe y se vuelve hacia Vik, y la mira como si hubiese visto a una serpiente. Pero Vik parece haber olvidado el miedo. Lo encara con fiereza, con el mango bien apretado entre las dos manos.
—¿No querías que aprendiese a usar una de estas?
—le espeta—. Pues ya ves, al final se ve que he aprendido de maravilla.
Más te vale que des media vuelta y vuelvas por donde has venido, porque te juro que ganas no me faltan de hacerme una tortilla con tus huevos, aunque si lo único que sabes es tratar a las mujeres a golpes, dudo mucho que los tengas.
En ese momento me entran unas ganas terribles de reírme. Y más todavía de aplaudirle a Vik.
—Veo que se te ha afilado la lengua —replica su padre, intentando mantener la compostura.
—Se ve que eso lo he sacado de ti, porque mamá no fue capaz ni de levantarte la voz aunque la tratases como una mierda toda su vida.
—Vik vuelve a la carga—. Pero se acabó. Porque si ella no tiene el valor, a Nik y a mí no nos falta.
Así que te lo voy a repetir una vez. Lárgate y no vuelvas a aparecer por aquí o soy yo misma la que llama a la policía y hoy pasas la noche en el calabozo.
Él se sacude su camisa, como si se hubiese ensuciado con nosotras.
—Más te vale que vuelvas a casa —le dice a Adela, apuntándola con un dedo, antes de bajar por las escaleras.
Me escurro por la derecha de mi madre justo cuando él desaparece tras el primer descansillo.
—¡Ya está en su casa! —grito, envalentonada por el coraje de Vik.
Adela me aprieta la mano. Está temblando tanto que apenas siento presión alguna, pero sé que quiere agradecerme que la haya defendido. La miro y se deshace en un mar de lágrimas.