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NICO
El viernes por la tarde Biel y yo salimos juntos de la facultad después de dejar un par de asuntos listos antes de las vacaciones y nos metemos en mi coche.
He quedado en recoger a mi madre y a Sabine para llevarlas a Badalona de compras.
Aunque tienen el centro comercial de La Maquinista muy cerca, sé que se siente más segura en público si se aleja un poco de la ciudad, y a mí me da igual un lugar que otro.
Las veo muy animadas a las dos. Parece que la perspectiva de estas Navidades nos tiene a todos inesperadamente entusiasmados.
Vik no tendrá que pasarlas sola; mi madre estará con sus dos hijos y sin la sombra de temor que le provoca mi padre; Sabine parece haber encontrado una amiga con la que se entiende a las mil maravillas; Biel tiene una excusa para huir del compromiso familiar que tanto pánico le da y yo…
pues, para qué engañarnos. Yo tengo unas ganas terribles de volver a ver a Mel.
No hemos vuelto a coincidir desde aquel extraño encuentro en la cafetería de la facultad la semana pasada.
No puedo evitar tener la sensación de que metí la pata en algo y que, desde aquel momento, me está evitando.
Incluso Vik también dice que le ha notado lo mismo con ella, aunque me ha llamado para decirme que han quedado esta tarde para ir de compras.
Al menos eso me tranquiliza un poco. Quizá solo sean imaginaciones mías y fuese el agobio de los exámenes.
Llegamos a Badalona enseguida y acordamos vernos con ellas en un par de horas. Biel y yo nos sentamos en una cafetería a tomar algo.
—Bueno, ¿vas a contarme ya cómo es que vamos a pasar la Nochebuena en casa del corderito? Porque eso sí que no me lo esperaba —me pregunta mientras esperamos a que nos traigan las bebidas.
Pongo los ojos en blanco, pero asiento. Ya me esperaba la pregunta.
—Ya has visto que, por casualidades de la vida, mi hermana ha terminado por ser vecina suya.
—Eso no explica un cojón, Nico, con perdón por la expresión. Venga, suelta la prenda. Que te conozco y sé que te estás dejando la chicha en la sartén.
—Si te lo cuento, te me vas a echar encima… —le digo, con cara de circunstancias.
Él me mira boquiabierto y se tapa la boca, exagerando.
—¿¡Te la has tirado!?
—¡Pero serás burro! ¡Claro que no, joder! —exclamo, mirando alrededor.
Lo último que me faltaba era que la madre de Mel estuviese escuchando esta conversación.
Bajo la voz y me resigno a ponerle al día sobre los grandes acontecimientos del puente de la Constitución, desde la borrachera de Mel por la que le dejé tirado de fiesta con Anabel y sus amigas, hasta la comida frustrada en mi casa que terminó con el inesperado cambio de residencia de mi madre.
Él escucha en silencio, limitándose a asentir o taparse la boca de vez en cuando, con una media sonrisa que me da mala espina.
Biel no es de callarse ni cortarse en los comentarios, y le estoy dando material radiactivo para vacilarme y ponerme del color del tomate.
Cuando doy mi narración de los hechos por concluida, los dos nos quedamos en silencio, mirándonos, durante un rato, hasta que me puede la incertidumbre.
—¿En serio? —pregunto—. ¿No vas a putearme? ¿Ningún comentario sarcástico? ¿Debería llevarte al médico?
Él se cruza de brazos y me sonríe.
—Te lo dije.
—¿Qué me dijiste?
—Que el corderito te gusta.
—Ya estás otra vez.
Giro los ojos y me tomo media cero cero de un trago.
—No sé si intentas colármela a mí o a ti mismo, pero a mí no me la das. Esa chica te gusta.
—Biel, es mi alumna —digo, remarcando cada una de las palabras.
—Ya estás otra vez —rebate utilizando mis propias palabras contra mí.
—Cambiemos de tema y pensemos mejor en qué vamos a regalarle a la ristra de mujeres que nos ha invitado a cenar en Nochebuena con treinta míseros euros de presupuesto que tenemos, ¿quieres?
Ahora le toca a Biel poner los ojos en blanco.
Si hay algo que le encanta hacer a mi amigo es gastar dinero.
Darle una excusa para hacerlo, pero limitarle el presupuesto, es como meter a un gato con un bozal en una jaula de ratones.
Al menos así estará lo suficientemente entretenido como para dejar el tema de Mel.
Aunque sé que no va a durarme mucho la dicha.
Solo pensar en la de miradas e indirectas que voy a tener que aguantar el sábado delante de ella me dan ganas de quedarme en casa comiendo brioche.
¡Mierda! ¿Por qué he pensado eso ahora? Tarde me he arrepentido de haber evitado que Biel pasase el mal trago con la familia de su novio…