Bajo todos tus sombreros –56–
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MEL

Me despido de los parciales a última hora de la tarde del jueves y llego a casa pasadas las nueve de la noche, agotada, necesitando más que nunca las vacaciones que empiezan al día siguiente.

Me dejo caer sobre la cama, mirando al techo, y estoy a punto de quedarme dormida cuando suena el timbre de casa.

Me pongo tensa al momento pensando en que pueda ser Nico.

Llevo toda la semana evitándolo. Ni siquiera he subido a ver a su hermana por el miedo de encontrármelo allí.

Escucho a mi madre abrir la puerta.

—¡Hola! ¿Está Mel?

La voz de Vik me hace soltar el aire y saltar de la cama a la vez. Abro y la saludo con una sonrisa.

—¡Sí, estoy! ¡Pasa!

Las dos nos encerramos en mi cuarto. Sé que ella tendrá el mismo miedo de encontrarse con su madre que yo con su hermano, así que no la torturo mucho, porque sé que es todo un detalle que haya bajado a verme a casa y yo se lo agradezco. La echaba de menos.

Cuando nos sentamos en la cama, me doy cuenta de que en su antebrazo hay algo que antes no estaba.

—¿Y eso? —exclamo—. ¿Te has hecho un tatuaje?

Le cojo el brazo y me quedo mirando las tres piedras dibujadas a tinta negra, rodeadas de piel que todavía está rosada.

—Acabo de hacérmelo hace un par de horas escasas, así que mejor no toques.

—¿Es tu primer tatuaje? —pregunto, curiosa.

—No. El segundo. El otro casi nadie sabe que lo tengo. Ni siquiera Nico.

—¿Puedo verlo? —pregunto con una sonrisa traviesa.

Vik pone los ojos en blanco y levanta la camisa, tirando de la cinturilla de sus pantalones negros hacia abajo.

—¿Es una mariposa? —pregunto, sorprendida.

—Una polilla —aclara.

—¿Y eso?

—Siempre me han fascinado. Creo que me siento identificada con ellas. Viven en la oscuridad pero se sienten atraídas por la luz. Y son masoquistas a más no poder. Da igual que sepan que van a quemarse con la puta luz, van a ir de cabeza a ella.

No puedo evitar reírme.

—¿Y el nuevo?¿Por qué tres piedras?

—Nos estamos yendo por las ramas y esto no era de lo que quería hablar contigo —me suelta, cambiando de tercio completamente.

—¿Y de qué querías hablar?

—¿Se puede saber qué te pasa?

—¿Cómo que qué me pasa? —balbuceo, confusa.

—¿Mi madre os está dando problemas?

—¡Claro que no! —exclamo, confundida—. Honestamente, tu madre es un cielo.

—¿Entonces? Sé que has tenido exámenes, pero no te he visto el pelo desde hace casi dos semanas. Empiezo a tener la sensación de que me evitas.

Me pongo roja.

—¿Qué? ¡No!

—¿Es por David?

Me llevo las manos a la cara, nerviosa. Lo último que quiero es que Vik piense que estoy enfadada con ella, o se imagine que tiene que ver algo con nuestro ex común.

—Claro que no es por David —aseguro.

—¡Ajá! No es por David, pero sí me estás evitando.

Siseo y sacudo la cabeza. He caído como una tonta.

—Es… —resoplo, y me empieza a entrar calor—, por tu hermano.

Mucho calor.

—¿Mi hermano? ¡¿Nik te ha hecho algo?!

Mi cara está ardiendo.

—¡No! Nico ha sido muy bueno conmigo.

—¿Entonces…?

Gimo, suspiro, escondo la cara, la vuelvo a mirar y vuelvo a taparme la cara, que a estas alturas debe de estar del mismo color de los mechones de Vik. Entonces, la suya se ilumina.

—Te gusta mi hermano —dice. No lo pregunta. Lo afirma con rotundidad. Y yo me quedo paralizada, con la boca abierta y lo único que sale de mi garganta es algo que ni siquiera puede llamarse tartamudeo porque no hay sonido—. ¡Te gusta mi hermano! —repite entusiasmada.

—¡Shhh! ¡Baja la voz! —pido, saliendo de mi ridículo trance.

Me siento en la cama y encojo las piernas, hundiendo mi cara llena de vergüenza detrás de las rodillas.

—Por favor, no le digas nada… —logro decir en voz baja.

Vik se pone a brincar emitiendo chillidos entusiasmados. Al parecer, la idea la hace absurdamente feliz. Yo la miro, incrédula.

—Podrías compadecerte un poco de mí, ¿no? —protesto.

—¿Y por qué iba a compadecerte? No es porque sea mi hermano, pero Nik es un tío genial. Después de David, esto es toda una escalada, te lo aseguro.

—Ya. Lo sería si yo tuviese una mínima posibilidad… —gimo.

Vik me muestra una sonrisa traviesa.

—¿Y quién te dice que no la tienes? Él me pregunta mucho por ti… De hecho, está igual de preocupado que yo porque te has escapado de nosotros todos estos días.

—¿Te lo ha dicho?

Vik asiente.

Me hundo todavía más tras mis rodillas.

—No me digas esas cosas. No puedo hacerme ilusiones con algo que no va a ser —pido.

—¿Por qué no va a ser? No puedes asegurarlo.

—¿Cómo que por qué? ¡Porque es gay! ¿Te parece poco? —exclamo.

Vik me mira como si acabase de darle una bofetada que no se esperaba.

—¿¡Que es qué!? —pregunta casi en un grito—. ¿Y tú por qué crees que Nico es gay?

La pregunta me descoloca y, de pronto, me escucho a mí misma intentando darle una explicación en la que yo no tengo ninguna certeza. Vik me escucha y su expresión pasa de la sorpresa a la suspicacia.

—Ajá. ¿Y solo porque su mejor amigo sea gay eso ya lo convierte a él automáticamente en uno? ¿No crees que eso es un poco homófobo?

Mi cara vuelve a quemar. Esta vez no estoy solo abochornada por la situación, sino por mi propio comportamiento. Acabo de descubrir que, contra lo que siempre he creído, soy una de esas personas llenas de prejuicios.

—Dios, Vik… Ahora mismo me siento fatal. Soy una idiota…

Ella suspira y sonríe, con una expresión relajada.

—No te ralles. Sé que no lo has hecho con mala intención, pero creo que vamos a tener que trabajar un poco en esa lógica tuya —dice con una sonrisa—.

Hasta donde yo sé, a Nico le van las tías.

Al menos dan fe las tres exnovias que yo le conocí hasta ahora.

Biel sí es gay. Y es su mejor amigo desde hace años.

Se quieren a rabiar, eso te lo aseguro, pero como amigos, nada más.

Lo que significa… —añade arqueando las cejas— que está más que disponible.

Suspiro y sacudo la cabeza.

—Eso no cambia el hecho de que es mi profesor… —recuerdo encogiéndome de hombros—, y probablemente me ve como una niña tonta, especialmente después del espectáculo que le di el día de la borrachera.

—Mel, le abriste la casa a mamá cuando más necesitábamos ayuda. Créeme, después de eso Nico te tiene en un pedestal. —Me coge de la mano—. Y yo también, aunque me haya costado un poco hacerme a la idea de todo esto.

—Siento no haber estado estos días para ti. ¿Cómo lo estás llevando? —pregunto, apretando sus dedos entre los míos.

—Al principio me costó mucho, pero estoy intentando bajar la guardia, aunque me resulta difícil. Y de eso quería hablarte. Hoy he estado hablando con mi madre y… hemos tenido un acercamiento. Así que hemos acordado con tu madre que celebraríamos la Nochebuena todos juntos aquí, en tu casa.

—¿En mi casa? ¡Eso suena genial!

—Ya te voy avisando de que Nico y Biel también vienen. —Mi estómago vuelve a hacer chiribitas al escuchar eso e intento que no se me note—. Hemos acordado que nos daremos los regalos después de la cena y quería ver si te animas y vienes a comprarlos conmigo mañana.

—¿Para todos? Uf, tengo que ver cómo estoy de presupuesto —resoplo.

—Tranquila. Hay una condición. El tope máximo para gastar en todos los regalos juntos es de treinta euros. Menos Biel, estamos todos pobres —ríe Vik.

—¿Treinta euros para todos? Madre mía, vamos a tener que echar mano de la creatividad.

—¿Entonces te vienes?

—¿No tienes que cuidar a Martina?

—Mi madre se va a quedar cuidándola un par de horas.

—Pues es una cita, entonces. Me voy a pasar la noche pensando en qué regalar…

—Con mi hermano lo tienes fácil —dice, esbozando una sonrisa traviesa—. Una foto en ropa interior y lo haces feliz.

—¡Vik! Por lo que más quieras, ¡no le digas nada de lo que hablamos a Nico!

—Soy una tumba.

Se pone los dedos a un lado de la boca cerrada y los desliza como si estuviese cerrando una cremallera, pero yo me pregunto qué tipo de caja de Pandora he abierto esta tarde.