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NICO
El jueves por la mañana, ni Biel ni yo tenemos que ir a la facultad hasta la tarde, así que quedamos en mi casa para desayunar juntos y preparar los exámenes.
Estamos sentados en la mesa del comedor ante un par de tazas de café humeante tamaño XL y los ordenadores portátiles.
Yo intento centrarme en idear un examen justo pero exigente para mis alumnos, pero como siempre, mi amigo está más interesado en hablar de su vida privada.
—Te juro que no sé qué hacer. Me da un montón de palo ir a su casa en Nochebuena —se queja.
Lucas lo ha invitado a pasar la Navidad con su familia y, como ya me temía, Biel no lo ve como una muestra de compromiso, sino como un machete que se acerca peligrosamente a sus alas de soltero, esas de las que tanto le cuesta desprenderse cuando la cosa se pone seria.
Sobre todo con un chico que, a diferencia de sus novios anteriores, no lo trata como una muñeca de trapo.
—¿Por qué te da palo? Me has dicho que sus padres han sido muy majos contigo y que saben que tenéis una relación. Lucas no te habría invitado a ir si ellos no estuviesen de acuerdo.
—Ya lo sé… No es eso.
—Ya sé que no es eso. Es lo de siempre. Cuando un tío se interesa de verdad en ti y te trata bien, sales por patas —le digo, cabreado.
Él me mira ofendido—. ¿Me vas a decir que no es cierto?
Joder, Biel. Lucas es un chaval genial. ¿Qué pasa?
¿Que si no tiene una tableta de chocolate y te trata como una mierda, no te gusta?
Si cualquiera de los imbéciles con los que has estado antes te hubiese invitado a pasar la Navidad con su familia, te habrías puesto a dar saltitos como una cría.
—¡Pero Lucas no es un imbécil! —exclama Biel con expresión desesperada. Yo lo miro confuso y arqueo una ceja inquisitiva.
—Tío, no veo el problema —le digo.
Biel se abofetea a dos manos y sus dedos resbalan por sus mejillas estirando la piel y poniendo los ojos en blanco.
—¡El problema soy yo!
—Dime algo que no sepa.
—¿Y si la cago? —Me mira en silencio, expectante, pero yo no digo nada. Me limito a observarlo con los ojos entornados—. Solo llevamos unos meses saliendo. Esto va muy rápido…
Lo veo agobiado.
—Vale —suspiro—. Lo pillo. ¿Por qué no vas a comer solo el día de Navidad con él, para ir poco a poco?
—¿Y qué le digo para escaquearme en Nochebuena? Sabe de sobra que no me llevo con mi familia.
—Que ya te habías comprometido conmigo. —Me dirige una mirada condescendiente—. Este año no voy a pasarla con mis padres. —Ahora me mira con interés—. Ya les he dicho que la pasaré con Vik. No voy a dejar a mi hermana sola. Así que puedes decirle que no quieres dejarnos solos en Nochebuena.
Su expresión se vuelve casi maquiavélica.
—¡Me gusta! —dice—. Creo que puedo hacer que sea hasta convincente.
El timbre de la puerta nos sobresalta un poco y me hace levantarme. A estas horas, seguramente sea el cartero.
—Pero te va a tocar cocinar, ¿eh? —le digo mientras camino hacia la entrada.
Abro la puerta y me quedo de piedra al ver a mi padre allí parado. Como siempre, su expresión es malhumorada, aunque a eso se le añaden unas ojeras pronunciadas y un aspecto bastante más desaliñado de lo habitual.
—¿Dónde está? —me pregunta en tono seco, sin preliminares.
—Buenos días, papá —digo tranquilamente.
—¿Dónde está tu madre?
Sin esperar a que lo invite, cruza el umbral empujándome a un lado y entra.
Se queda momentáneamente paralizado al ver a Biel y darse cuenta de que no estoy solo.
Mi amigo levanta la mano y tamborilea en el aire para saludarlo, cosa que sé que lo va a poner de peor humor todavía.
No soporta a Biel por una larga serie de razones que vienen a resumirse en una sola: porque es gay.
—Mamá no está aquí.
—¡¿Dónde está?! —repite a gritos. Se gira hacia mí y se me planta delante en un par de zancadas, apuntándome con el dedo—. Te exijo que me digas dónde está esa ingrata.
Me tengo que morder la lengua para no perder el control.
Como puedo, mantengo el tono neutro y no me dejo intimidar como lo hice casi toda mi vida.
Ya no es el hombre fuerte y viril que siempre se creyó.
Ahora solo lo veo como un viejo amargado y eso ayuda a perderle el respeto, por no decir el miedo.
—Esa ingrata que tuviste de esclava durante treinta y cinco años está a salvo, donde no puedas seguir amargándole la vida.
—¡Es mi mujer! —brama, colérico—. Su lugar está en casa, con su marido.
—¿Para qué? —Descruzo los brazos y mi ceño se frunce. Mi contención está a punto de caer—. ¿Para que puedas usarla de saco de boxeo porque ni tú mismo te aguantas, como hacías conmigo y con Vik?
—A saber qué te ha dicho tu madre. Solo fue una bofetada. Y eso no es asunto tuyo.
—Pues fíjate que sí que lo es. —Mi voz cambia. Se vuelve más gutural, más arrastrada. Mi padre se encoge ligeramente y eso me da alas—. No voy a dejar que vuelvas a tocarle un pelo a mamá. Así que más vale que te largues y la dejes en paz, o el asunto entonces será directamente entre tú y yo.
Ni siquiera yo me reconozco. Me veo desde afuera y me parece estar viendo a otra persona. Y lo que veo no me da miedo. Al contrario. Siento que ha estado ahí toda mi vida, dormitando, esperando su momento.
Veo la duda en los ojos de mi padre. Incluso el temor, aunque es rápidamente opacado por la ira. Desvía la mirada hacia Biel, que no se atreve ni a respirar, y luego bufa y se va dando zancadas y un portazo tras de sí.
Cojo aire y lo dejo escapar despacio, antes de mirar a mi amigo, que resopla y alza las cejas, sacudiendo la mano.
—Chico, ya tenía suficiente excusa para no ir en Nochebuena a casa de Lucas, no hacía falta que me dieras más material —me dice, haciéndonos reír a ambos.