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MEL
El miércoles llego a la facultad con un cosquilleo en el estómago. ¿Por qué? Porque los miércoles hay clase de Ética y sé que al fin voy a ver a Nico. A pesar de que los dos nos pasamos tantas horas metidos en la misma facultad, apenas nos vemos.
Falta una semana para el inicio de los parciales y la inminente histeria colectiva se huele en el aire.
El trapicheo de apuntes, las apuestas sobre las posibles preguntas, las reservas de sillas en las bibliotecas…
todo contribuye a aumentar esa adrenalina que no se inyecta con una bajada en una montaña rusa, sino con horas de hincar codos frente a un libro.
Como el resto de mis compañeros, yo también soy víctima de la misma fiebre. Este es mi último año y no quiero que me quede ninguna asignatura colgando. Sin embargo, todo lo que ha pasado durante el puente de la Constitución está dificultando mi concentración enormemente.
Incluso Cata, con la que me pasé encerrada en la biblioteca hasta las diez de la noche de ayer, me lo notó.
Al final nos fuimos a cenar algo y le conté la razón y la forma en la que mi relación con David se había terminado.
Hacerlo me ayudó a deshacer parte del nudo en mi estómago, pero la otra parte sigue ahí porque no se la he contado.
No puedo hablarle de Nico. No puedo decirle que nuestro profesor de Ética, ese con el que tuve un rifirrafe en el último examen, resultó ser el hermano de mi nueva amiga y que me tuvo que llevar a casa de mi tía, borracha como una cuba.
Tampoco puedo contarle que me invitó a comer a su casa y que ahora su madre vive conmigo.
Ni en broma se me puede escapar que Nico casi se enzarza en una pelea con David delante de la facultad por defenderme.
Y, sobre todas las cosas, no puedo decirle que, desde entonces, yo no puedo dejar de pensar en él.
No puedo decirle que cada vez que terminamos una clase miro en todas direcciones para ver si lo veo entrar o salir de algún aula.
O que la razón por la que he empezado a aficionarme al café de la cafetería de la facultad no es por el dichoso café, sino porque tengo la esperanza de verlo allí.
Pero esa es la verdad. Una verdad que me trae de cabeza, porque yo misma soy consciente de que me estoy metiendo en un callejón sin salida. Ni siquiera sé cómo he entrado aquí, pero cada vez veo la salida más pequeña.
Solo hay una persona que pueda ayudarme a psicoanalizarme a mí misma y lograr que se me quiten estas ideas raras de la cabeza.
Así que, cuando termina la última clase de la mañana, echo a andar hacia casa de mi tía y la llamo para avisarle de que pida comida para dos.
Para mi decepción, mi tía no puede quedar.
Al parecer ha tenido un problema con la caldera en su casa y está liada con los obreros.
La reparación va a durar un par de semanas así que queda en pasarse el viernes por casa de mi madre para nuestra primera sesión de terapia en familia.
Eso me produce un tremendo fastidio porque hará mucho más difícil que yo pueda tener con mi tía la sesión a solas que estoy necesitando, pero ya encontraré la manera de quedar aunque sea a tomar un café.
Sin embargo, mi retorcido estómago pronto traduce esa caída de planes en una oportunidad, y antes de pensar en si lo que estoy haciendo es buena idea o no, doy media vuelta y me dirijo a la cafetería de la facultad a comprar un bocadillo.
Cuando entro, el corazón me da un vuelco al ver a Nico sentado en una de las mesas. Está distraído hablando con los otros profesores con los que está comiendo y no me ve. Eso me decepciona y me alivia a partes iguales.
Me dirijo a la barra, pido un bocadillo con pollo, queso y lechuga, y me siento en uno de los taburetes altos a esperar.
Cojo el periódico que hay a mi derecha y lo abro para pasar el rato, pero echo un vistazo por el rabillo del ojo a Nico, que se está riendo a carcajada limpia con alguna broma que acaba de hacer mi tutora de proyecto.
No sé por qué, pero eso me hace sentir un poco mal.
¿Acaso estoy celosa? ¿Por qué debería estar celosa?
Es un profesor y, si tiene algo con otra profesora, es asunto suyo —y algo perfectamente normal, me recuerdo— y a mí no tiene que importarme en absoluto.
Dispuesta a comportarme como una adulta y no como una adolescente de instituto que se cuela por el primer tío que le hace un poco de caso, abro el periódico y me pongo a pasar páginas.
Me distraigo leyendo un artículo sobre la previsión de una gran ola de frío polar que se está formando en el Ártico y que les va a dar unas Navidades blancas a los del centro y norte de Europa, lo cual muestra lo mucho que necesito abstraerme.
—¿Estás buscando una excusa para estrenar tu gorro de pelo ruso?
Su voz me acaricia la piel del cuello y me hace estremecer. Me giro hacia él, que se apoya sobre su codo en la barra a mi izquierda y me sonríe.
—Tal vez —respondo, devolviéndole la misma expresión—, pero por el momento solo estoy haciendo tiempo mientras me traen el bocadillo.
—¿Y eso? ¿Cómo es que comes sola hoy? —pregunta Nico, extrañado.
—Planeaba ir a comer con mi tía, pero mi plan se ha ido a pique —contesto.
—Ah…
Se produce un silencio incómodo y me remuevo en el asiento. Me doy cuenta de que él mira de reojo a la mesa donde están sentados los otros profesores e intuyo que se está planteando si debería ofrecerme que me siente con ellos, pero yo misma siento que la idea no sería del todo apropiada.
—De todas formas, no tengo mucho tiempo para comer —improviso—. He quedado con una amiga dentro de diez minutos.
En ese momento, el profe de Marketing aparece detrás de Nico y le pasa un brazo por el cuello, en actitud de colegueo.
—¿Qué pasa? ¿Tengo que ponerme celoso? —pregunta, dirigiéndose a él con una sonrisa.
Nico y yo nos quedamos de una pieza y, en ese justo momento, mi mente vuela a la discoteca de Girona, a nuestro encontronazo y a la conversación que tuve con Laura en los baños minutos después.
“Por lo que se ve, es gay. Conozco al que estaba con él. Un tal Biel. Sus padres son vecinos de Fer y se conocen de vista. Todo el mundo sabe que ese es de la otra acera. Así que imagino que tu profe será su novio.”
Las palabras de Laura se repiten con claridad, y de pronto me da la sensación de que se me ha caído una venda y estoy viendo a mis dos profesores a la luz del día: a ese del que todos los alumnos sospechábamos que era gay, y el otro.
Comen juntos, salen de fiesta juntos… Incluso me crucé con el de Marketing saliendo de su despacho cuando fui a hablar con él.
Mierda. ¿¡Cómo puede habérseme olvidado que es gay!?
—No le hagas caso —dice Nico, incómodo.
En ese momento, el camarero se acerca a traerme el bocadillo y el de Marketing aprovecha para pedir tres cafés con leche y volver a la mesa mientras yo pido la cuenta con muchas ganas de salir pitando de allí. Siento que mis mejillas se están poniendo coloradas por momentos.
—Voy a pasarme más tarde a ver a mi madre —dice Nico mientras el camarero me acerca el terminal de pago—, ¿quieres que te acerque?
—No, gracias, tengo clase hasta las seis —digo, apresurándome a guardar la cartera y el bocadillo en mi bolso.
—Ya lo sé. Es mi asignatura. Me refiero a después de las clases —sonríe.
Qué tonta. Yo me río como una imbécil y aparto la mirada. Yo no soy capaz ni de mirarlo a la cara de lo nerviosa que me he puesto.
—No, no, no. No te molestes. —Mierda, ¿he tartamudeado? Creo que he tartamudeado—. Tengo que ir a la biblioteca a estudiar para los parciales. Ya sabes.
Lo miro de reojo y le sonrío y veo que parece confundido. Lo sé, me estoy comportando como una pirada…
—¿No vas a comer? —me pregunta, extrañado.
—Tengo que irme. Ya comeré por el camino —respondo dándole la espalda—. ¡Hasta luego!
Me despido a toda prisa sin mirar atrás, y salgo con mi bolso oliendo a bocadillo de pollo y a vergüenza.
En serio, Melania. Primero te cuelas por un imbécil al que le gusta coleccionar novias y ahora resulta que te gusta tu profesor, que además es gay.
Estupendo. Empiezo a dudar seriamente de mi criterio con los hombres.
Necesito terapia de urgencia con mi tía.