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NICO
Tras dejar a mi madre y la docena de bolsas repletas de ropa en casa de Mel, subo al cuarto a ver a Vik. Cuando llegue a casa voy a tener que revisar mis finanzas. Me da que este mes no voy a poder ahorrar nada, pero no me importa.
Aunque Sabine le dio bastante ropa suya a mi madre, yo quería que tuviese prendas nuevas, algo que la ayude a comprender que tiene que dejar el pasado atrás y empezar de cero.
Sé que, si eso es difícil a cualquier edad, mucho más cuando tienes cincuenta años y has vivido toda tu vida sumida en las sombras.
Pero no le va a faltar mi apoyo. Solo espero que sea suficiente.
Si hay una persona que podría ser decisiva para mamá, esa es la chica de pelo rojo y negro que vive dos plantas por encima. Pero a esa chiquilla este tema le está abriendo heridas que distaban mucho de estar cerradas, así que me toca hacer trabajo de campo.
Llamo a la puerta y Vik me abre con el bebé en brazos.
—Pasa, anda —me dice, recibiéndome con una mirada resignada y poco entusiasmada.
Le hago un par de carantoñas al bebé y le doy un beso en la mejilla a ella.
—Yo también me alegro de verte.
—Perdona, estoy un poco cansada —reconoce. La verdad es que se le nota—. Estos días tenemos mucho trabajo en la tienda y Martina está con fiebre, así que no duerme y está de un humor de perros.
Sí, esto es lo que me temía cuando me dijo que iba a vivir con un bebé.
—Vik, no vas a aguantar este ritmo durante mucho tiempo. Trabajas por la mañana y luego cuidas de Martina hasta la noche. ¿Cuándo vives?
Ella suelta una carcajada sarcástica que me parte el alma.
—¿Vivir? ¿Pero eso todavía se lleva? —responde con ironía.
—A algunos nos gusta intentarlo, sí —contesto, siguiéndole la corriente—. Por Dios, Vik, tienes veintitrés años.
—Sí, pero también tengo que pagar el alquiler y las facturas. Por desgracia, eso es algo que aprendí desde muy joven.
Me quedo mirándola mientras deja a Martina sobre el cambiador y empieza a desabotonarle el pijama.
La observo mientras la desviste, le cambia el pañal y le pone ropa limpia.
Sé que parece que estoy siempre criticándola, pero en realidad el orgullo que siento por ella no me cabe en el pecho.
La adoro y me gustaría verla disfrutar de la vida un poco.
Que, para variar, las cosas le fuesen realmente bien por una vez.
—Mamá podría echarte un cable con Martina… —sugiero casi sin darme cuenta. Vik me dedica una mirada condescendiente mientras carga a la niña y se dirige con ella a la cocina—. No tiene nada que hacer y sabes que le encantan los bebés.
—Nik, ya sé lo que pretendes, pero para ya, por favor —replica mi hermana.
—¿Por qué? —pregunto, sin dar el brazo a torcer—. ¿Por qué no quieres ver a mamá?
—¿Cómo que por qué? ¿Tú también vas a empezar como la tía Dora?
¿Ahora soy la egoísta de la familia? —exclama.
Se ha alterado tanto que Martina se ha puesto nerviosa y empieza a llorar.
La acuna y la mece para calmarla mientras hace malabares para preparar un biberón.
Me levanto y le quito el cacito de la leche en polvo.
—Dime qué hay que hacer, anda, que no estoy aquí de adorno.
—Echa seis cacitos más. Tienen que estar al ras. Los llenas bien y luego quitas el sobrante contra esa pestañita de ahí del bote —me indica.
—Vik, eres probablemente la persona menos egoísta que conozco —digo mientras preparo el biberón—.
No te merecías el comentario de la tía Dora como tampoco te mereces tener que estar peleando tanto para salir adelante sola.
Sé que le guardas rencor a mamá. En el fondo, yo también se lo guardo —admito—.
Pero eso no cambia el hecho de que entiendo por qué no tuvo el valor de defenderte y plantarle cara a papá.
Tú viviste bajo su techo. Si con nosotros era así, imagínate cómo sería ser su mujer y compartir cama con él durante toda tu vida.
¿Te has parado a pensar alguna vez en el infierno que tuvo que vivir mamá?
Porque a mí me ha quitado el sueño unas cuantas noches.
La miro y veo que aparta la mirada, aunque ya no parece enfadada.
—¿Sabes por qué la abofeteó el otro día? —pregunto, y la observo dejándole claro que espero su respuesta.
—Porque quiso venir a comer con nosotros…
—No. Con nosotros, no. Contigo. Yo hablé con ella esa mañana porque me llamó para invitarme a comer y le dije que no, porque tú venías a casa. También le dije que estas Navidades no contasen conmigo porque las iba a pasar con mi hermana.
—¿En serio? —me dice con el rostro iluminado en una sonrisa de oreja a oreja.
—Pues claro —aseguro—. Vik, ese día mamá se tragó su miedo porque quería verte a ti, no a mí. Puede que haya tardado tres años, pero creo que nosotros deberíamos entender mejor que nadie que le haya costado tanto decidirse.
Por un instante, solo se escuchan los ruiditos que Martina hace con el biberón, casi como si marcasen el tic-tac invisible de una cuenta atrás.
—¿No se supone que son los padres quienes deben proteger a sus hijos y no al revés…?
La pregunta de Vik sale de su garganta a medio fuelle.
—Creo que a estas alturas los dos nos hemos dado cuenta de que la vida no siempre es como nos la contaron… —respondo, intentando que mi mirada refleje que, sobre todas las cosas, la entiendo.
—Necesito tiempo, Nik…
En sus ojos ya no hay enfado, ni frustración, ni ira, solo hay agotamiento.
Y esta vez no es debido a Martina, ni al trabajo en la tienda.
Está cansada de su realidad y de todo con lo que le ha tocado lidiar en ella.
En los últimos meses ha vivido un infierno del que se había esforzado al máximo por salir y, cuando por fin lo hizo, los monstruos de su pasado vuelven a perseguirla en su propia casa.
—Eso puedo entenderlo. No tienes que perdonar si no estás preparada para hacerlo. Pero no te vendría mal una ayuda, y a mamá le vendría de perlas sentirse útil. —Me levanto y le doy un beso en la cabeza para despedirme—. Tómate el tiempo que te haga falta.
Salgo a la calle con ganas de llegar a casa.
Cruzo a la acera de enfrente donde he dejado aparcado el coche y no puedo evitar levantar la vista hacia el edificio de enfrente.
Mi mirada se queda atrapada en una de las ventanas de la segunda planta.
Veo a Mel e intuyo que está sentada ante su escritorio, seguramente estudiando.
Pronto empezarán los parciales. Me quedo mirándola embobado, con la llave del coche en la mano.
Mi memoria me juega una mala pasada y me hace recordar su olor como si pudiese olerlo en ese mismo momento.
No sé qué me llevó a abrazarla antes. A besarle la frente.
No debería haberlo hecho. No debería tener ese tipo de acercamientos con una alumna.
Pero no he podido evitarlo y, qué demonios, la verdad es que no me arrepiento.
Ella no es solo mi alumna. Es mucho más que eso.
Como si me escuchase, Mel alza la vista y su mirada se tropieza con la mía.
Su rostro se ilumina en una sonrisa y tardo un par de segundos en que el mío la replique.
La saludo con la mano y me devuelve el saludo.
Y eso es lo que me llevo de regalo para volver a casa con una sonrisa que me dura todo el trayecto, y cuya sobremesa probablemente sea una buena comedura de olla que no me dejará pegar ojo durante la noche.
Por suerte, cuando llego a casa me espera otra sorpresa que me borra la cara de tonto de un plumazo y me da otro motivo más realista para mi insomnio nocturno.
Cuando estoy a punto de abrir la puerta, mi vecino de enfrente sale y me cuenta que hoy estuvo un hombre de unos cincuenta años aporreando como un loco, hasta que él salió y lo increpó.
No necesito de muchas dotes detectivescas para saber que ese hombre era mi padre.