–52– #2
—El hermano de Vik —responde arrastrando las palabras entre los dientes, que debe de tener tan apretados como los puños.
La cara de David es un poema. Me mira a mí, y yo intento responderle con la misma cólera y seguridad que muestra Nico.
Quiero que tenga claro que ya no me va a engañar.
Pero, por dentro, estoy hecha un flan. No por David.
Él ya no puede importarme menos. Sino por Nico.
Si la pija de su novia fue capaz de hacerle la vida imposible a Vik, me da miedo el lío en el que su hermano pueda meterse ahora. Él tiene mucho que perder.
A David, el corte le dura poco. Chulo y prepotente como es él, enseguida se hincha y encara a Nico.
—¿Y qué me vas a hacer? ¿Partirme la cara? No tienes ni media hostia, imbécil —le increpa, acercándose a pocos centímetros de su cara y mirándolo desde arriba.
Pero Nik no se intimida. Noto sus hombros tan tensos que tengo la sensación de que va a soltarle un guantazo en cualquier momento, así que intervengo. Me meto entre ellos e intento empujar a Nico hacia atrás.
—Ya basta —exijo. Me doy la vuelta hacia David y le señalo la calle por la que hemos venido—. Vete. No tenemos nada más que hablar.
—Mel… —empieza, suavizando el tono.
—Mel nada. Te ha dicho que te largues. —La voz de Nico corta como un cuchillo. Le pongo una mano en el pecho y lo miro, intentando calmarlo.
—Me tienes ganas, ¿eh, flipado?
David no deja de echar leña al fuego. Con sus palabras, con su mirada y con su actitud. Nico hace ademán de dar un paso hacia él, pero yo lo contengo.
—Nico, no. —Se gira hacia mí y me dirige una mirada interrogante y molesta—. Por favor —susurro.
Se vuelve hacia David y aprieta los labios, pero entonces lo veo coger aire y soltarlo mientras cierra los ojos durante un segundo, como si quisiera sacudirse de encima toda su rabia.
—Te tengo muchas ganas —le dice a David, con calma—.
Me encantaría dejarte la nariz tan destrozada como las has dejado tú a ellas.
Pero viéndote, me doy perfecta cuenta de que no solucionaría nada.
Incluso cuando sabes de sobra que tengo todo el derecho del mundo a molerte a palos, al día siguiente estarías buscando la forma de vengarte de mí o, peor, de ellas.
Porque eres un crío que no ha crecido lo suficiente como para asumir la responsabilidad de sus cagadas.
Tanto Vik como Mel han visto lo poco que vales.
Fuiste un error del que aprendieron. Tú, en cambio, no aprenderás nunca y te cavarás tu propia tumba tú solito.
Y, ¿sabes qué? Imaginarme eso ya es satisfacción suficiente.
Miro a David casi conteniendo la respiración.
Su semblante está serio, y su cara se ha puesto roja.
Lo conozco lo bastante como para saber que el discurso de Nico lo ha dejado tocado.
Sus ojos bajan hasta mí y los noto ligeramente enrojecidos.
Esta vez no cometeré el error de pensar que es porque me quiere y porque no quiere perderme.
Es su maldito orgullo el que lo tiene al borde de las lágrimas, el que le rasca.
Endurezco la mirada y mantengo la cabeza alta, para que le quede claro que lo que acaba de escuchar es cierto.
Al fin, él sacude la cabeza, se da media vuelta y se va.
Respiro aliviada y dejo escapar todo el aire de golpe, y entonces me vuelvo hacia Nico. Para mi sorpresa, se gira hacia mí y me dedica una mirada enfadada y cargada de decepción.
—¿Por qué te metiste en el medio?
Me quedo con un palmo de narices.
—¿Cómo que por qué? ¡Pues porque no quería que os peleáseis! —balbuceo.
—Después de lo que ese imbécil te hizo, ¿todavía lo proteges?
Me quedo mirándolo con la boca abierta y el ceño fruncido.
—¡Serás idiota! ¡Claro que no lo protejo a él! Lo que me preocupa es que pueda hacerte daño a ti. ¡A ti! Después de todo lo que le hicieron a tu hermana, lo último que quiero es que su familia se entere de esto y te haga perder el trabajo o algo así. David me importa una mierda.
La expresión de Nico se suaviza de golpe y noto que se ha quedado sin palabras. Me cruzo de brazos y lo enfrento con un gesto desaprobador y tan decepcionado como era el suyo.
—He pasado de borrego a idiota. No estoy seguro de si he subido o bajado de categoría, pero al menos es un avance. —Aunque intento contenerme, su comentario me hace soltar una carcajada y me ablanda como la mantequilla. Y entonces hace algo que me pilla por sorpresa—. Ven aquí, anda.
Siento sus manos en mi cintura y me veo atraída hacia él.
Sus brazos me rodean y yo me dejo abrazar como si estuviese en una nube.
Siento sus labios contra mi frente. Cierro los ojos y su olor me envuelve.
Dios, huele tan bien… Huele a perfume de hombre, pero también huele a seguridad, a apoyo.
Hacía mucho tiempo que no me sentía así.
Es un olor que me hace recordar una familiaridad que debería ser normal en mi vida, pero que no lo ha sido desde hace mucho tiempo.
Es esa sensación de protección con la que todos deberíamos crecer y que debería representar un plan B a lo largo de toda tu vida.
Ese “ todo va a ir bien ”. Mi tía Nanni es lo más parecido a eso que he tenido en los últimos años, pero no es lo mismo.
Ella me da comprensión, amistad, consejo…
Pero echo en falta esa figura imponente que no necesita palabras para que sientas que siempre te cubrirá la espalda, que si alguien te hace daño, tendrá que responder ante él.
No se trata de ser capaz de defenderse sola o no, sino de sentir que hay alguien detrás por si yo flaqueo.
Ahora mismo, bajo el abrazo de Nico, me siento así.
En este momento no puedo recordar que hace una hora cada uno estábamos en bandos incompatibles de la misma facultad.
Lo único que recuerdo es el hombre que cuidó de mí en uno de mis peores momentos, que se ha metido entre David y yo para evitar que me hiciese daño, y que me ha dado un abrazo cuando ni siquiera sabía que lo necesitaba tanto.
Su mano se desliza desde mi pelo hasta mi barbilla en una caricia suave y me hace levantar la mirada hacia él.
—¿Estás bien?
Mi estómago se agita. Sonrío y asiento. No quiero que se rompa este momento mágico. Quiero quedarme así una hora si es posible, hasta que me canse de estar de pie.