Bajo todos tus sombreros –52–
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MEL

Esta semana empieza diferente a las demás. Creo que siempre recordaré el último puente de la Constitución como uno de los más extraños. Todo lo que ha pasado en los últimos días ha dado un giro de ciento ochenta grados a mi vida, y todavía estoy viendo cómo se encajan las piezas.

Las clases me vienen bien para dar un mínimo de la sensación de normalidad que necesito y ayudarme a centrarme. Hoy hace un poco de frío, así que me he puesto una gorra estilo Gatsby en tono café, elegante y muy otoñal, suficiente para que la bajada de temperaturas se note menos.

Cuando llego a la facultad, Cata y Rober ya me están esperando para tomar el café de la mañana antes de entrar a las clases.

Los convenzo para hacerlo en la cafetería del edificio antiguo, pero para mi frustración, mi plan secreto no funciona.

Esperaba poder encontrarme con Nico ahí, ya que es donde él suele tomar café con los otros profesores, pero no está.

Quería contarle cómo ha pasado la noche su madre. Esta mañana la he visto cinco minutos antes de salir de casa y la he dejado desayunando con mamá. Creo que van a hacer buenas migas y estoy segura de que a él le gustará saber que Adela está más tranquila.

Considero ir a verlo a su despacho, pero la verdad es que me da corte.

Por primera vez, ayer no lo vi como mi profesor, sino solo como el hermano de Vik.

Antes de que su madre y su tía apareciesen, estaba pasando una de las tardes más agradables que recuerdo haber tenido en todo el año.

Pero ahora estamos en la facultad. Aquí él vuelve a ser mi profesor y yo, su alumna.

Lo reconozco, me muero por verlo otra vez.

Por tener una excusa para hablar con él con la familiaridad con la que lo hicimos ayer.

Por sonreírle y que me sonría. Pero me da miedo que la facultad rompa el hechizo y eso se esfume.

Así que me aguanto las ganas. Su madre vive en mi casa y ha quedado en llevarla de compras hoy, así que ya lo veré más tarde.

Estamos ya en pleno ecuador del primer semestre y los parciales que inauguró Nico empiezan a ser cada vez más frecuentes.

Afortunadamente, ningún profesor ha sido tan desconsiderado como para ponernos uno justo a la vuelta del puente, pero la semana siguiente tenemos unos cuantos, así que Cata y yo hacemos planes para ir a encerrarnos a estudiar en la biblioteca a partir de mañana.

Comemos los tres juntos con otro par de amigos de Rober en una de las cafeterías cercanas, antes de enfrentar la última clase del día, que se hace eterna de puro agotamiento.

Cuando salimos son ya las seis de la tarde y la noche invernal ya ha oscurecido el cielo.

Me cierro el abrigo hasta el cuello mientras Cata y Rober se despiden y se dirigen hacia la boca del metro.

A mí me apetece pasar por casa de mi tía antes de volver a casa.

Como psicóloga que es, quiero pedirle consejo sobre la madre de Nico.

Según alzo la cabeza, veo una cara conocida con la que no esperaba encontrarme.

Hace tan solo una semana salía de las clases con la esperanza de verlo ahí parado, recibiéndome con una sonrisa y tal vez algún detalle, algo que alimentase la imagen de novio perfecto que yo había ido construyendo.

Ahora mismo su visión solo me provoca repugnancia.

Lo ignoro a propósito y me dirijo al paso de peatones para cruzar la Diagonal. A los pocos segundos, escucho su voz a un par de metros de mí.

— Babe . —Ese apodo “cariñoso” que antes me resultaba halagador y adorable, me hace temblar de repulsión. Sigo caminando, pero él me agarra del brazo y me obliga a girarme. —¡Eh, babe ! ¿Qué pasa?

—Estoy bastante segura de que ya sabes qué pasa, David —le digo.

No puedo creerme que, de todas las tácticas, haya elegido hacer como si no hubiese pasado nada.

Estoy segura de que Laura le habrá contado todo a Fer, y de ahí el flujo de información es directo.

Si no hubiese sido así, David me habría llamado o enviado mensajes para mantener esa farsa de relación que teníamos mientras estaba con su familia en la nieve.

Pero desde la noche en la que tuve la desgracia o la fortuna de conocer a su verdadera novia, no había vuelto a saber de él.

Y, honestamente, estaba mucho mejor así.

Él suspira y se frota los labios, incómodo.

—¿Y no crees que tenemos que hablar? No me has llamado en toda la semana. Mel, no podemos terminar así.

¡Tendrá cara!

—¿Terminar el qué, exactamente? Si no teníamos una relación, no hay nada que terminar.

El semáforo cambia a verde y aprovecho para cruzar la calle a paso firme.

—No te pongas así. Claro que tenemos una relación —dice, siguiéndome.

—¿Ah, sí? ¿Qué pasa? ¿Para ti las novias son como los Petit Suisse de mi tía? ¿De dos en dos?

Al llegar al otro lado de la calle, nos cruzamos con un grupo de estudiantes, algunos conocidos míos, y les saludo con la cabeza antes de enfilar la Avenida del Doctor Marañón.

—Mel… —Aprieto el paso. Lo único que quiero es quitármelo de encima—. Mel, ¿puedes parar para que hablemos?

—No quiero hablar contigo.

—Si me dejases explicártelo, lo entenderías. —Siento su mano tirando de mi brazo otra vez y mi paciencia se tambalea ante ese contacto—. Para un momento y escúchame.

—¿¡Qué me vas a decir ahora!? —le espeto, airada, dándome la vuelta y zafándome de su brazo—.

¿Qué patraña te vas a inventar para que me la trague como una tonta?

¿Y para qué? Yo no tengo ni un duro, así que no me puedes sacar dinero.

Y ya te has acostado conmigo todo lo que has querido.

¿Qué más quieres? ¿Por qué no te buscas a otra tonta a la que engañar?

— Babe … —Se acerca y me coge el rostro entre las manos. Su solo tacto me provoca urticaria. Le aparto las manos, asqueada.

—No me toques.

—Mel, ¡tú lo acabas de decir! Nunca he estado contigo por dinero.

Estoy contigo porque estoy loco por ti, babe .

—Suelto una carcajada sarcástica y no puedo evitar que me escuezan las cuencas de los ojos—.

Ya sé que suena fatal, pero Fani solo es mi novia de puertas para fuera.

No estoy enamorado de ella. Son cosas de mis padres y no me puedo negar.

—¡Oh! ¿En serio? —finjo consternación por un instante—. ¿Y yo qué se supone que soy? ¿La novia secreta? ¿Tu concubina?

—Sé que debería habértelo contado, pero tenía miedo de que te lo tomases mal.

Me río y sacudo la cabeza, incrédula. Esta conversación empieza a parecerme surrealista.

—Muy bien, ya me has explicado que estás con Fani solo por interés. Porque vives en el siglo XIX, tus padres han concertado tu matrimonio y tú eres demasiado cobarde para plantarles cara.

Veo que el comentario le ha sentado mal, pero me importa un bledo.

—No sabes de lo que hablas —protesta.

—¿No será que la idea de casarte con una rubia rica no es tan mala?

—¿Crees que yo estoy encantado con esta situación? No tienes ni idea, Mel. ¿Crees que por que mi familia tenga pasta yo tengo una vida fácil?

—¿Y crees que eso te da derecho a arruinar la de los demás? Joder, David. A mí me hiciste daño pero a Vik la destrozaste. Tú y la joya de tu novia.

Su expresión se bloquea al escuchar el nombre de mi amiga. Por un instante se queda sin palabras. Su reacción me resulta confusa.

—¿Qué coño quieres decir? Creo que estás bastante equivocada con tu nueva amiga si crees que ella es trigo limpio.

Suelto una carcajada sarcástica.

—No me lo puedo creer. ¿En serio? Es que tú no tienes remedio.

—Lo último que me esperaba era que fuese a intentar meter cizaña contra Vik—.

Honestamente, me da igual lo que digas. Yo ya no quiero saber nada, David.

No quiero que tu novia se entere de que existo y yo acabe igual que Vik.

Así que ya puedes irte —le digo, señalando la calle por la que hemos venido.

—No quiero irme. Lo que quiero es que arreglemos las cosas.

Vuelve a acercarse y a tocarme y yo no salgo de mi asombro.

—¿Que arreglemos las cosas? —repito, sin poder creérmelo—.

No confío en ti ni lo volveré a hacer. Te di una segunda oportunidad cuando, en el fondo, sabía que no funcionaría, pero esto…

No sé ni cómo tienes el valor de aparecer, en serio.

¿Qué vas a inventar para que te perdone?

¿Me vas a decir que vas a dejarla por mí? —río.

— Babe , entiéndeme. Estoy entre la espada y la pared. —Pobrecito. Y una mierda—. Lo de Fani solo es una fachada, pero yo te quiero a ti, Mel.

Intenta abrazarme y yo lo aparto con firmeza. Tengo que hacer un esfuerzo por no echarme a llorar de la rabia.

—Mira, David, puede que los ricos como tú penséis que tenéis derecho a tenerlo todo y a pisotear a quien queráis, pero los pobres tenemos dignidad. Yo casi la pierdo al estar contigo, pero no pienso cometer el mismo error dos veces. No soy el segundo plato de nadie.

Entonces se acerca y me muestra esa sonrisa seductora suya que siempre ha conseguido derretirme.

—Pero yo no soy nadie, babe —me dice con toda su cara.

—No me puedo creer que eso te haya funcionado alguna vez conmigo —replico, incrédula.

—Me ha funcionado siempre, porque tú también estás loquita por mí.

Me coge por la cintura y me aprieta contra él. Yo interpongo los brazos para alejarlo, pero no consigo hacerlo. Busca mi boca a la fuerza y yo siento ganas de escupirle mientras intento mantenerlo lejos de mí.

—Suéltame de una vez —le pido. Le ordeno. Le suplico. Le odio—. ¡Suéltame, joder!

—¡¡¡Que la sueltes, hijo de puta!!!

Algo nos separa con brusquedad y David echa un par de pasos atrás para no perder el equilibrio. Me quedo paralizada al ver a Nico, erguido delante de mí, encarándolo con fuego en la mirada, aunque apenas puedo ver su expresión porque su espalda me cubre casi por completo.

—No vuelvas a tocarla. —La voz de Nico está cargada de ira. Mucha más de la que yo misma debería tener—. No vuelvas ni a acercarte a ella.

David se recompone y lo mira con el ceño arrugado.

—¿Y tú quién coño eres?