–51–
NICO
Conduzco el coche en silencio hasta la calle de Vik.
De vez en cuando echo un vistazo por el retrovisor a mi madre.
Su mirada, perdida en el paisaje urbano que se ve desde la ventanilla, lo dice todo sin decir nada.
Me pregunto qué pasará por su cabeza en este momento.
Sé que casi todos esos pensamientos estarán empañados por el miedo a lo desconocido, pero no pienso dejar que se vuelva a hundir.
Por primera vez en muchos años, hoy ha sacado el valor para plantarle cara.
No pienso dejar que eso caiga en saco roto y vuelva para atrás.
Mel está sentada a mi lado, en el asiento del copiloto. Cruzo una mirada fugaz con ella y le sonrío. Me fijo en su mano, posada sobre su muslo, y me entran unas ganas terribles de cogerla y apretarla entre mis dedos. No sé cómo voy a agradecerle lo que ha hecho por mi madre hoy.
Aparco el coche y nos bajamos. Subimos al segundo piso y nos recibe una mujer de unos cincuenta años y pelo claro que Mel me presenta como Sabine, su madre.
Tiene un acento alemán bastante marcado, pero se le entiende a la perfección a pesar de sus pequeños errores.
Recibe a mi madre con un abrazo tan intenso que hasta yo lo siento como si me lo hubiesen dado a mí.
—He preparado un poco el cuarto —dice, guiándonos hasta una de las puertas del pasillo—, pero es poco tiempo.
Nos muestra una habitación pequeña en la que hay un armario grande y varias cajas apiladas, así como un sofá cama que ya está abierto y preparado con sábanas y mantas limpias.
Me fijo en que también hay un set de toallas sobre el colchón y una pequeña mesilla que parece haber sido colocada allí a propósito, con una lamparita encendida.
—Es perfecto, Sabine. Se lo agradezco muchísimo. E insisto en pagar por el alquiler de este cuarto —aclaro, aunque ya he discutido con Melania del tema antes de subir al coche.
Sabine sacude la cabeza en negación y Melania se encoge de hombros y me sonríe.
—Ya te he dicho que no lo íbamos a aceptar.
Bufo, frustrado.
—Guarda tu dinero —me dice la alemana apretándome el antebrazo—. Tu madre va a necesitar.
—Entonces al menos déjame que cubra su parte de los gastos. En eso sí que no voy a ceder.
Arrugo el ceño y me planto, y al fin la anfitriona de la casa sonríe y asiente.
—Mamá, Adela no tiene nada de ropa. ¿Puedes prestarle algo? —pregunta Mel.
—Será solo para esta noche. Mañana me pasaré para llevarla a comprarse ropa nueva.
—No te preocupes. Tengo mi armario lleno de ropa que no uso —dice Sabine, quitándole importancia al asunto con un gesto—. Acompáñame, Adela.
Las vemos perderse en el cuarto al final del pasillo. Las escucho hablar y siento que me he quitado un peso de encima. Miro a Mel y ambos sonreímos.
—Así que esta es tu casa —digo, sin saber muy bien qué decir.
—¿Quieres curiosear a ver si encuentras una colección de botellas de cerveza o algún tipo de prueba de las perversiones que los profesores creéis que hacemos los alumnos? —me invita, devolviéndome la ironía de hace unas horas.
—¿Cuánto tiempo crees que hace desde que dejé de ser alumno? Además, por lo que he escuchado, parece que a ti te va más el tequila —le devuelvo la pulla, tocando su nariz con mi dedo índice y dedicándole una sonrisa ladeada—, pero ya que lo ofreces…
Echo un vistazo al resto de estancias, seguido por ella. Ya que es probable que mi madre tenga que pasar aquí unas semanas, no está de más familiarizarme con el lugar que va a ser su casa por un tiempo.
En general, el piso se parece bastante al de Vik, aunque es un poco más oscuro al ser un segundo. Cuando llego a uno de los dormitorios, no me hace falta ser un detective para saber que es el de Mel. El gran mural compuesto por sombreros a un lado de la pared me atrae a su interior como un imán.
Me paro frente a ellos y los observo.
—¿Debería hacerte la misma pregunta que me hiciste tú al ver mi colección de figuras? —le pregunto, sonriéndole divertido. Ella se ríe y apoya su hombro en la pared.
—Por desgracia para mí, creo que ya intuyes la respuesta a esa pregunta… —contesta.
Paseo por su cuarto inspeccionando su colección.
—¿Quieres que te confiese algo? —Sus ojos me dicen que he captado su interés—. El día que te conocí creí que eras una ricachona prepotente.
Mel cruza los brazos y me envía una mirada tan sorprendida como ofendida.
—¿Ricachona prepotente?
—Creí que vivías por el barrio de tu tía y Biel me comentó que traías cada día un sombrero diferente, así que asumí que tu familia estaba forrada.
—La inmensa mayoría de los gorros que ves ahí los he comprado en mercadillos o en webs de segunda mano para customizarlos yo.
Algunos los he hecho desde cero utilizando telas viejas.
Sin embargo, tú sí vives en el barrio de mi tía, tienes la casa llena de figuritas y yo diría que tu colección de calcetines frikis no es precisamente de mercadillo —replica Mel, volviendo a sacarme los colores. Se le da de maravilla.
—Culpable… —admito—. ¿Cómo demonios sabes lo de los calcetines? ¿Es que revisaste hasta los cajones? No sabía que habías hecho una inspección tan meticulosa.
Su expresión cambia al momento, alarmada.
—¡Claro que no! No soy tan cotilla —dice, nerviosa, colocándose el pelo detrás de la oreja—. En el aula, tu mesa deja a la vista tus pies y, cuando te sientas, se te sube la pernera del pantalón. Siento decírtelo, pero tus calcetines ya son famosos en la facultad —sonríe.
—Bueno, creo que si eso es todo lo que me hace famoso, no salgo tan mal parado, ¿no?
—No —admite, sonriendo.
—¿Por qué sombreros? —le pregunto, curioso.
Se encoge de hombros.
—¿Por qué tus calcetines o tus figuras? —contesta, devolviendo la pelota a mi tejado.
Me río y pongo los ojos en blanco—. No lo sé.
Es algo diferente, supongo. Creo que un sombrero puede revelar mucho sobre la persona que lo lleva.
A veces puede ser una extensión de tu estado de ánimo, y otras puede ayudarte a ocultarlo cuando lo necesitas.
La observo con renovada curiosidad. La verdad es que, aun sin elaborar demasiado su respuesta, me ha contestado mucho más de lo que esperaba.
—¿Cuál es tu favorito?
—¿Mi sombrero favorito? —repite.
Asiento.
Se queda mirándome durante un largo instante, pensativa, antes de abrir su armario y rebuscar en el estante superior.
—¿Tienes más? —pregunto, sorprendido.
—Claro. Muchos más. ¿Lo dudabas?
La veo sacar una caja grande de forma cilíndrica y abrirla.
Saca un sombrero con aspecto bastante clásico en color negro con una cinta gruesa de seda en tono gris oscuro.
Me lo da y lo estudio. La verdad es que parece de mucha mejor calidad que la mayoría de los que están colgados en su pared.
Tiene forro de seda granate y una pequeña etiqueta de tela en su interior que me resulta familiar.
—Es el mejor sombrero que tengo. Y sin duda también el más caro. Es un Fedora fabricado por una de las mejores sombrererías de Barcelona a finales de los años sesenta. Es muy especial… —explica—, aunque no me lo he puesto nunca.
—¿Por qué no?
Aprieta los labios y vuelve a encogerse de hombros.
—Creo que no me siento digna de llevarlo… —confiesa—. Al menos, no todavía. Este sombrero era de mi abuelo.
—Supongo que le admirabas mucho para no atreverte a ponértelo.
Ella mueve la cabeza en algo que no pretende ser un sí ni un no.
—Mi abuelo llevaba siempre sombrero. Él decía que una persona con sombrero es una persona que se respeta a sí misma.
Fue un hombre con mucho carácter y no era santo de la devoción de todos y, sin embargo, a su funeral vino muchísima gente.
Tenía mucho carisma. ¿Sabes estas personas que, aunque sean estrictas, son magnéticas y dejan huella allá donde van?
—Asiento—. Ese era mi abuelo. Y yo era su debilidad —añade sonriendo.
—Estoy seguro —río—. ¿No te lo pones porque crees que no estaría orgulloso?
—¿Después de mis últimas cagadas? Estoy bastante segura de que no —responde con una carcajada—.
Algún día me lo pondré. Cuando tenga la seguridad de que he aprendido a respetarme a mí misma lo suficiente y pueda llevarlo con la cabeza alta.
Por el momento… —dice devolviendo el sombrero a su caja—, aún debe esperar.
Las voces de nuestras madres acercándose por el pasillo nos hacen abandonar su cuarto y unirnos a ellas. Mi madre carga un buen fajo de ropa en su brazo. La veo más animada y más tranquila, así que aprovecho para retirarme.
—Si ya estás instalada, voy a irme. Voy a ver si encuentro a Vik —les digo, despidiéndome de mi madre con un abrazo y un beso en la frente—. Todo va a estar bien —le susurro—. Mañana vendré a verte.
Ella asiente y se separa, un tanto cohibida.
—Ve a buscar a tu hermana, anda.
Me despido de Mel con una mirada cómplice y salgo en busca de Vik. Todavía me queda otra fiera a la que amansar.