Bajo todos tus sombreros –50–
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MEL

Supe que algo no andaba bien nada más escuchar los gritos de Nico en las escaleras. Y me alarmé aún más al ver lo tensa que se ponía Vik. Creo que no la vi así ni siquiera cuando ambas descubrimos que habíamos compartido el mismo interés amoroso.

Llevo un rato sentada a la mesa sin saber qué hacer. Cuando Vik y Nico regresan junto con dos señoras y una maleta, empiezo a sentirme muy fuera de lugar.

De pronto se ha hecho el silencio a pesar de ser cinco personas en un piso de cincuenta metros cuadrados.

Me doy cuenta de que la situación es realmente grave cuando veo la mejilla y el labio de una de las mujeres.

Nico se refiere a ella como mamá para pedirle que se siente en una de las sillas, y lo miro, alarmada.

Creo que él me rehuye, y eso me hace sentir aún más incómoda.

Vik llega con un pequeño botiquín, se lo da a Nico y se aleja, sentándose a mi lado.

—Creo que debería irme… —le susurro.

—Ni se te ocurra dejarme sola —me replica Vik en voz baja, suplicándome con la mirada—. Por favor…

Sé por alguna conversación que hemos tenido que no tiene una buena relación con sus padres, aunque no me ha dado muchos detalles.

Estoy tentada a salir por patas, pero Vik y su hermano estuvieron al pie del cañón en mi momento más bajo aunque no les habrían faltado ganas de dejarme tirada en la primera esquina, y creo que lo mínimo que puedo hacer es devolverles el favor.

Así que le aprieto la mano a Vik con disimulo y me quedo en mi sitio.

Observo a Nik mientras unta un poco de crema sobre el pómulo de su madre y atiende su herida.

No hace falta ser muy perceptiva para saber que esa mujer está hecha un manojo de nervios.

Y no es la única. Vik no para de temblar.

Y la sonrisa llena de seguridad —y también un poco seductora— de Nico ha desaparecido por completo.

Su expresión es seria, llena de preocupación.

—¿Me vais a contar qué ha pasado de una vez? —le oigo decir al único hombre del grupo.

—Le dije a tu padre que venía a comer contigo.

Nico aparta sus manos y la mira, extrañado.

—No creo que haya reaccionado así por eso.

La mujer lo mira con los ojos húmedos y sacude la cabeza, cerrando los párpados con fuerza.

—Le dije que iba a comer con mis hijos…

Ella mira a Vik de forma esquiva y yo siento que mi amiga me aprieta la mano, y su pierna empieza a subir y bajar a gran velocidad, mostrando su nerviosismo.

—Creo que el resto te lo puedes imaginar —dice la segunda mujer—. Tu madre está muy alterada y yo creo que es mejor que no esté en casa unos días, hasta que los dos se calmen un poco.

—Claro que no va a volver a casa —replica Nico con firmeza—, pero ni en unos días ni nunca. ¿Me escuchas, mamá? —le alza la barbilla y la obliga a mirarlo—. Esto se acabó, ¿entendido?

A ella los párpados se le cierran, anegados.

—Yo tampoco quiero volver, ¿pero dónde voy a quedarme, hijo? No tengo a dónde ir…

—¿¡Pero cómo que no tienes a dónde ir, mamá!? ¿Y ahora dónde estás?

—No puedo quedarme aquí. Es el primer sitio al que tu padre vendrá a buscarme. No quiero volver a verlo.

—No voy a dejar que te ponga una mano encima. No se atreverá a tocarte si estoy yo —asegura Nico.

—Tú tienes tu vida y tu trabajo, cariño —gime ella—. No vas a estar siempre en casa, y tu padre lo sabe. No puedo…

—El trabajo me importa un comino. Como si tengo que dejarlo.

—Eso sí que no —dice su madre, levantándose de golpe—. No voy a dejar que tires por la borda todo lo que has conseguido por mi culpa. Bastante os hemos destrozado la vida a los dos.

Ella mira en la dirección opuesta de la mesa y veo que Vik tuerce la cara, con el ceño fruncido.

—Pues buscaremos otra solución, pero a casa no vuelves.

—La voz de Nico suena rotunda, sin admisión a réplica, aunque su tía no para de murmurar escandalizada por lo bajo.

Al parecer, esa separación no es una opción para ella.

Nico se vuelve hacia la persona que se sienta a mi lado, cuya pierna sigue meneándose arriba y abajo—. Vik.

Su hermana le mira y durante un minuto, ambos se comunican sin necesidad de palabras. La petición subliminal no parece ser muy bien recibida.

—Lo siento, pero no puede quedarse conmigo —exclama ella al fin.

—Papá no sabe dónde vives. Yo soy el único que lo sabe de toda la familia. Contigo se sentirá segura.

—¡No! —Vik se pone en pie, alterada—. No es mi piso, Nik. Y hay un bebé. ¿En serio crees que a mi compañera le va a hacer gracia?

Veo que intenta argumentar, pero en realidad, sus ojos le están gritando a su hermano un “no me hagas esto” como una catedral.

—Vik, joder. ¿Qué quieres? ¿Enviarla de vuelta con él?

—Hija, ayuda a tu madre, no seas egoísta… Solo van a ser unos días, hasta que tu madre se calme y vuelva a casa.

Hasta yo me doy cuenta de que la intervención de la segunda señora no ha podido ser más equivocada.

—¿Egoísta?... —repite Vik con una carcajada incrédula, herida—. Menuda cara tienes tú para venir a reclamarme nada.

Nico hace ademán de intervenir, pero es tarde. Vik se dirige a la salida de un par de zancadas, coge su chaqueta y sale dando un portazo tras ella.

Yo me quedo congelada en el sitio, mirando la puerta con las mismas ganas de irme que tiene ella. Pero entonces miro a Nico. Y lo veo con el peso del mundo a su espalda. Aun sin saber la historia que hay detrás de todo esto, siento su frustración y una tremenda sensación de injusticia.

—Tía Dora, creo que es mejor que te vayas —dice con un largo suspiro—. Yo me encargo de mamá. Y llévate esa maleta.

Las tres lo miramos, igual de extrañadas.

—¿Y qué va a hacer tu madre sin ropa, hijo? —pregunta la señora.

—Poca ropa puede tener ahí guardada. Si se lleva la maleta, siempre va a tener la sensación de que esto es temporal, y lo que sea que ha metido ahí adentro le va a recordar constantemente la mierda de vida que ha dejado atrás.

Y te guste o no, ella no va a volver a casa.

A partir de ahora empiezas de cero y miras solo para adelante —dice mirando a su madre—. Ya te compraré yo ropa mañana.

No puedo evitar mirar a Nico con admiración.

La forma en la que le habla a su madre en este momento puede que no sea la más afectiva del mundo, pero detrás de la firmeza y la exigencia de sus palabras está una necesidad profunda de rescatar y proteger a esa mujer, incluso de ella misma y de su miedo si es necesario.

Dios mío… qué diferente es de David. No podría imaginarme a David haciendo algo así, ni siquiera por su propia madre.

No puedo entender cómo pude conformarme con una persona así.

¿Solo por una cara bonita y una tableta de chocolate bajo la camiseta?

Si ahora mismo lo tuviese delante, creo que me resultaría hasta repugnante.

La susodicha tía Dora asiente y se va sin decir nada más, llevándose la maleta consigo. Y yo espero que se sienta mal por la cagada que acaba de hacer, porque no me hace falta ser adivina para saber que Vik no se merecía su reproche. Esa señora ya me cae mal de entrada.

La puerta se cierra y los tres nos quedamos en silencio.

Nico apoya ambas manos sobre el respaldo de la silla y su cabeza se hunde en sus hombros, antes de alzar la mirada hacia mí.

Siento que mi estómago se agita bajo esa mirada y entonces decido intervenir.

No es una decisión consciente. Es uno de esos momentos en los que pierdo el control y me veo hablando sin poder evitarlo. Porque no soporto verlo tan derrotado.

—Podría quedarse en mi casa.

Él me mira, sorprendido.

—¿En tu casa?

—En casa de mi madre —aclaro—. Tenemos un cuarto de sobra. Ahora mismo lo usamos más bien como trastero, pero hay un sofá cama. No es gran cosa, no somos ricas, pero a mi madre no le importará.

—¿Estás segura? —pregunta, dudoso—. Mel, lo último que quiero es meterte en problemas, especialmente con tu madre.

Sacudo la cabeza.

—Lo digo en serio. Si quieres, la llamo antes para consultárselo, pero estoy segura de que aceptará. Ella sabe lo que es verse sola y sin ayuda —le aseguro—. Además, creo que te la debo. Con esto estamos en paz —añado, permitiéndome una sonrisa cómplice.

Él me la devuelve y alza las cejas.

—Creo que, después de esto, seré yo el que esté en deuda contigo. ¿Vas a intentar chantajearme para que te suba la nota? —pregunta, haciéndome reír.

—No me des ideas.

Él suelta una leve carcajada y luego deja escapar un largo suspiro, cruzando una mirada con su madre.

—Está bien. Pero primero, llama a casa para preguntar.