Bajo todos tus sombreros –49–
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NICO

Tengo la sensación de que mi espíritu del universo vuelve a la carga.

¿En serio? ¿ Brioches? Joder, me dan ganas de partirme el culo aquí mismo.

He tenido que hacer malabares para que no se me fuesen los ojos a los brioches equivocados.

Que si me gustan, dice… La miro de reojo y suspiro, sin poder evitar sonreír.

—Es la primera vez que estoy en la vivienda de un profesor —la oigo decir y su comentario es un amargo recordatorio de lo prohibido. No solo “un profesor”, ¡ tu profesor , Melania!

—¿Quieres curiosear para ver si encuentras una habitación del pánico, una sala de tortura o algo así? —ofrezco sarcástico.

—¿Puedo?

La respuesta me pilla por sorpresa. Hago un repaso rápido. Cama hecha, baño limpio, tapa del váter bajada… Creo que voy sobre seguro. Así que, por toda respuesta, le hago un gesto con el brazo invitándola a explorar con libertad, mientras preparo un par de copas.

—Te ofrecería un vermut, pero después de la resaca del otro día, imagino que no querrás probar el alcohol durante una temporada —digo en voz alta para que me escuche desde mi dormitorio, donde se ha metido a cotillear.

—¡Ni en broma! —la oigo responder.

Me preparo un aperitivo para mí y sirvo una bebida suave en el otro vaso.

Salgo de la cocina a tiempo para verla entrar en mi despacho, que he convertido más bien en mi pequeño templo friki que en una oficina seria y formal.

Ahí están todos mis libros, cómics, juegos, hileras de minifiguras pintadas por mí y una réplica de la espada de Aragorn fabricada en Toledo, la más preciada y única espada de mi monocolección de armas.

—Vaya, vaya… —dice Mel nada más entrar, girándose para echarme una mirada interesada de reojo—. ¿Te gustan los videojuegos?

—El rol, más bien. A veces también juego a videojuegos, pero menos. Y para ser sincero, ya no tengo mucho tiempo ni para lo uno, ni para lo otro.

Se acerca a mi vitrina de Warhammer y la veo estudiar las figuritas con detenimiento.

—¿Qué son?

Me acerco y le tiendo el vaso.

—Es té helado —le advierto. Doy un sorbo al mío y señalo la hilera de figuras que está frente a ella—.

Estos son Templarios Negros. Esos de allí, Caballeros Grises.

Abajo está la Guardia Sanguinaria y la Legión de los Condenados.

Hace por lo menos un par de años que no juego, pero me encanta pintarlos y coleccionarlos. Me relaja.

—¿Los has pintado todos tú?

—No te creas que son tantos. Tendrías que ver la colección del novio de Biel —aclaro, asintiendo.

Mel se queda mirando las figuras, y entonces sus ojos me enfocan y me estudian durante un instante, entrecerrados.

—¿Eres virgen? —Me quedo a cuadros. Mi perplejidad la hace reaccionar y noto que el rubor vuelve a sus mejillas de golpe—. Dios, ¡lo siento! —exclama, cubriéndose la boca—. No debí decir eso. Soy una bocazas. Estoy un poco nerviosa y, cuando estoy nerviosa, digo y hago tonterías…

—No pasa nada, pero no te creía tan propensa a los prejuicios… —le sonrío con una mirada un tanto decepcionada.

—Lo sé, ha sonado horrible —admite, hecha un flan—. Lo siento. No… Lo que te he preguntado no es de mi incumbencia.

—Mel —la llamo, riendo—. Relájate —. Ella resopla y rueda sus ojos, sonriendo—. ¿Estás segura de que no quieres algo más fuerte que ese té helado? —río.

La contagio y se suelta a reír, y no puedo evitar volver a pensar que tiene una sonrisa espectacular.

—Quizá no me vendría mal. Pero no quiero volver a hacer el ridículo frente a ti y Vik.

—No te preocupes. Fue de lo más interesante, y creo que mi hermana te diría lo mismo —le digo con cierto vacile dando otro sorbo al vermut—. Y para tu información, te aseguro que no soy virgen.

¿Por qué le he dicho eso? ¿Por qué se lo he susurrado, como si quisiera hacerme el interesante? ¿Por qué le he sonreído y me he ido a abrirle la puerta a mi hermana, que llega en un momento muy oportuno? Cada vez me entiendo menos.

—¿Qué pasa, hermanito? —me saluda mi hermana nada más aparecer por el hueco de la escalera. Entra y se quita la cazadora tras darme un beso en la mejilla—. ¿Mel ya ha llegado?

—Sí, ya estoy aquí… —le responde ella misma, regresando al salón.

—Vaya, ¿eso significa que me he perdido el momentazo? —pregunta Vik riéndose.

Mel pone los ojos en blanco y le dedica una mirada condescendiente.

—Anda que no te habrás reído —le dice a mi hermana.

—¡Y más que me voy a reír! Nik, ¿le has dicho que te llamó profe cañón?

Mel abre los ojos como platos y me mira, con la cara como un tomate.

—No, esa joya me la había guardado para no hacerla ruborizarse más de lo que ya estaba, pero veo que tú no eres tan considerada con tu amiga —respondo, sin dejar de mirar a Melania.

Ella se echa las manos a la cabeza y se da la vuelta, muerta de vergüenza.

—No vuelvo a irme de copas contigo nunca más —le dice a Vik.

—De eso ni hablar —contesta Vik mientras se sirve una bebida—. Tenemos que volver a repetirlo pero la próxima vez sin el drama, solo lo épico.

—Entonces será mejor que me avises de antemano, por eso de no hacer planes para esa noche por si tengo que volver a salir corriendo a recogeros. Y ponerme chubasquero.

Melania esconde el rostro entre sus manos, pero la escuchamos reír a carcajadas. Está preciosa cuando se ruboriza.

—Venga, sentaos a la mesa antes de que se enfríe demasiado el suquet.

Nos sentamos los tres y empezamos a comer.

A propósito, desvío la conversación hacia cualquier cosa que no sea la borrachera de Mel, o el hecho de que soy su profesor.

Creo que ambos hemos pasado suficiente incomodidad, y en aquel momento, lo único que me apetece es verla sonreír tanto como sea posible.

Así que Vik y yo la aburrimos a anécdotas de cuando éramos unos críos —incluso dejo que mi hermana me ridiculice en un par de ellas—, y ella nos cuenta un poco sobre su tía Nanni, sobre el gato que siempre quiso tener, pero que su madre nunca le permitió, e incluso sobre la vez que se atiborró a cerezas hasta terminar con una diarrea brutal.

Me doy cuenta de que este no era el plan inicial.

Debería haberme sentado a solas con ella cuando tuve la oportunidad, y haber tenido una conversación pragmática sobre los límites que como profesor suyo me vi obligado a cruzar para ayudarla y que no debería volver a repetirse.

Sin embargo, en este momento me cuesta mucho recordar que Melania es mi estudiante y que este miércoles se sentará en uno de los pupitres del aula para escuchar mi clase.

Es la chica mona que me tiró el café encima, la preciosidad que tropezó conmigo y a la que le toqué un pecho sin querer, y la amiga de Vik a la que rescaté de una borrachera causada por un imbécil que le rompió el corazón.

No puedo verla solo como mi estudiante porque es mucho más que eso.

Y seguramente no tarde en recordar que eso da igual, porque el hecho de que sea mi alumna lo complica todo, pero ahora mismo solo quiero saber más de ella y seguir disfrutando de su sonrisa.

Para cuando terminamos el segundo plato de guiso, la complicidad entre los tres hace que las bromas y el sarcasmo fluyan con naturalidad.

—Estoy que reviento —dice mi hermana, frotándose la barriga.

—Melania ha pasado por la pastelería antes de venir —le digo, alzando una ceja mientras recojo los platos. A mi hermana se le ilumina el rostro y mira a Mel agradecida. Es una golosa.

—Para el postre siempre hay hueco —dice—. Al menos en el estómago de las chicas. ¿Verdad, Mel?

—Verdad. Pero creo que por algún motivo que se me escapa, tu hermano también está deseando probar mis brioches.

El plato se me resbala de las manos y tengo que hacer malabares para que los vasos que había puesto encima no acaben hechos añicos en el suelo. Las chicas me miran divertidas.

—¡Lo has puesto nervioso! —exclama mi hermana—. Ahora yo también estoy intrigada con lo de los brioches.

—No digáis tonterías —rebato—. No pasa nada con los brioches.

Me escabullo hacia la cocina sin atreverme a mirar atrás para que no vean que ahora soy yo el que se ha puesto de todos los colores del arcoiris.

Ni el bochorno puede opacar mi buen humor, así que me animo y saco una botella de cava que tengo en la nevera y tres copas, mientras escucho a las chicas retirar el papel de la bandeja de pasteles.

Antes de que tenga tiempo de dejarlas sobre la mesa, el timbre del portal resuena con insistencia, sobresaltándonos.

—¿Esperas a alguien? —pregunta mi hermana.

—Que yo sepa, no —respondo—. Voy a ver quién es. Ahora vengo. —Voy al vestíbulo y descuelgo el telefonillo.

—¿Quién es?

—Nico, soy la tía. Abre, hijo.

Para mi sorpresa, es la voz de la tía Dora. Y la urgencia con la que habla no me augura nada bueno. No me ando con rodeos y pulso el botón de apertura. Abro la puerta y espero en el rellano para no poner nerviosa a Vik. Su relación con la familia quedó muy tocada gracias a mi padre.

Por el hueco de la escalera me llegan los sonidos de pisadas y la voz de mi tía.

Extrañado, me doy cuenta a medida que suben de que las pisadas no pueden ser solo de una persona, y de que, de vez en cuando, se escuchan sollozos.

Cuando veo aparecer a mi madre al lado de la tía Dora, se me cae el alma a los pies.

Está pálida y hecha un manojo de nervios. Según me ve en la cima de las escaleras, su labio empieza a temblar sin control y hace ademán de dar media vuelta, pero mi tía la retiene. Bajo corriendo hasta ella.

—¡Mamá! ¿Qué ha pasado?

Aparta la cara y me rehuye pero yo la obligo a mirarme. Me quedo de piedra al darme cuenta de que tiene una herida reciente en el labio y la mejilla de ese lado hinchada y enrojecida. La sangre me hierve dentro de las venas.

—Dime que esto no es lo que creo que es —digo, apretando los puños—. ¡¿Esto te lo ha hecho papá?!

—Tus padres han tenido una discusión bastante fuerte, hijo —interviene mi tía Dora.

—Me he ido de casa —dice mi madre, haciendo esfuerzos por endurecer la expresión.

—¿Y te ha pegado?

—Se le ha ido un poco la mano… solo ha sido el calor del momento… —sigue mi tía, intentando rebajar la gravedad del asunto.

—Será hijo de puta… —murmuro apretando los puños—. Lo voy a…

—¡No, no, no, Nico! —gime mi madre, agarrándome del brazo—. Por favor, no. Déjalo estar.

—Pero, ¿¡cómo que lo deje estar!?

—Hijo, no te alteres. Tu padre ha perdido un poco los papeles pero, ya sabes cómo se pone cuando sale el tema de tu hermana…

Mi tía sigue metiendo cizaña.

—¿Un poco los papeles? ¿Te parece normal que le haya levantado la mano, tía? —le pregunto, enfrentándola directamente. Mi tía retuerce las manos, nerviosa.

—Claro que no, Nico, pero solo ha sido esta vez. Tu padre estaba muy nervioso.

—No ha sido solo esta vez, ¿o me equivoco, mamá?

—Miro a mi madre, que desvía el rostro—.

No soy estúpido. Sé perfectamente cómo es papá cuando pierde el control porque durante años Vik y yo hemos sido su maldito saco de boxeo.

Y también sé que si tú se lo permitías era por miedo a que lo hiciese contigo, ¿o me equivoco?

—Mi madre no es capaz de mirarme a la cara—.

¡Esto es lo que ha pasado por dejarlo estar!

Mi voz se ha convertido prácticamente en un grito, y tal vez ella no se lo merezca. Soy consciente, pero hace mucho que me vengo temiendo una situación así.

—No compliques más las cosas, hijo —me pide mi tía Dora—. Adela necesita calmarse. Dejemos la batalla para más tarde.

Me paso la mano por la frente, nervioso.

Es entonces cuando reparo en la maleta que arrastra mi tía.

Me quedo mirándola, con la sangre bombeando a las sienes.

Sé lo que significa ese objeto. Esa maleta no carga solo un montón de ropa metida a toda prisa.

En ella van años de intimidaciones, de lágrimas contenidas y derramadas, y probablemente también de reproches que nunca lograron salir de la boca de su dueña.

Esa maleta cargada de un pasado que pesa mucho significa un punto de inflexión, y al mismo tiempo será el principal impedimento para construir el futuro que venga a partir de hoy.

Miro a mi madre, que me devuelve una mirada llena de temores. No puede dejar de temblar. No ha sido la madre perfecta, pero tampoco lo ha tenido fácil. Ha tardado muchos años en dar ese paso y, a su equivocada manera, la razón probablemente fuimos nosotros. La abrazo y le doy un beso en la frente.

—Tranquila, mamá. Ya se ha acabado tu pesadilla —le susurro.

Me doy la vuelta y veo a Vik en la cima de las escaleras. Sus ojos están fijos en mamá y ni siquiera yo sé qué es lo que está pasando por su cabeza en este momento. Después de tres años sin verse, mi madre alza la vista y mira a su hija.

—Vik… —musita tan bajo que yo creo que he sido el único que ha escuchado su voz. El resto solo han visto labios moverse.

Maldigo la mala suerte de que mi madre se haya decidido por fin a irse de casa justo en este momento.

Hubiese sido mucho más fácil si Vik no hubiese estado aquí.

Si Mel tampoco hubiese estado aquí. La pobre se va a comer un drama familiar digno de telenovela, pero es lo que hay.

Ya que vamos a sacar la tirita, mejor arrancarla de cuajo.

—Vik —la llamo, devolviéndola a la vida. Ella se vuelve hacia mí—. Entra y coje el botiquín del baño.

Ella se queda mirándome unos instantes, pero finalmente reacciona y desaparece en el interior de mi apartamento.

Ayudo a mi madre a subir los últimos escalones y la hago pasar. Mi tía nos sigue y cierra la puerta tras ella.