–48–
MEL
El día está un poco nublado cuando salgo de casa de mi tía.
Perfecto para el sombrero cloche granate que me he puesto esta mañana.
Cuando Vik me llamó para invitarme a comer en casa de su hermano, yo ya estaba camino de casa de Nanni para nuestro desayuno dominguero.
Al parecer, viven en el mismo barrio, así que no tengo que ir demasiado lejos.
Estoy un poco nerviosa por conocer a Nik, especialmente después del vergonzoso espectáculo que debí de dar y del que solo uno de los dos se acuerda.
Seguramente sea mejor así. Ya voy a pasar suficiente bochorno sabiendo que le vomité encima como para añadir el resto de ridículos que a buen seguro hice aquella noche.
Pero a lo hecho, pecho. Y me alegro de tener la oportunidad no solo de disculparme, sino también de agradecerle todo lo que hizo por mí.
Llego a su portal a la una y media. He quedado con Vik frente a su puerta, pero ella todavía no ha llegado. A los cinco minutos, empiezo a impacientarme y cojo mi móvil para mandarle un Whatsapp, pero veo que ella se ha adelantado.
Voy con retraso. Entrando en el metro. Llegaré media hora tarde.
Resoplo, frustrada. No me apetece mucho esperar media hora a la intemperie. Considero la opción de volver a casa de mi tía hasta que sean las dos, pero la idea también me da pereza.
Me quedo mirando el cuadro de mandos del portal. Quizá no sea tan mala idea que yo llegue antes. Así tengo la oportunidad de irme disculpando sin audiencia adicional. Resuelta, me armo de valor y presiono el botón del segundo izquierda.
—¿Sí?
Escucho una voz masculina metalizada por el telefonillo.
—Soy Mel.
—Sube.
Al sonido de apertura, empujo la hoja y entro en el edificio.
Subo las escaleras hasta el descansillo del segundo piso y me planto de pie ante la puerta izquierda, que está cerrada.
Me arreglo el pelo un poco, estiro el abrigo y preparo una sonrisa que pretende ser lo suficientemente encantadora como para compensar mis probables atrocidades.
Cuando la puerta se abre, mi sonrisa se transforma en una mezcla de confusión y desconcierto, dejándome congelada en el sitio por unos segundos.
Ante mis narices está mi profesor de Ética.
El borrego que últimamente se me aparece por todos lados.
Incluso en mis sueños de borrachera. A pesar de haberse quedado bloqueada, mi mente llega a la fugaz conclusión de que me he confundido de piso o de puerta y se ha dado la desafortunada casualidad de que este hombre vive en el mismo edificio que el hermano de Vik. También es mala suerte la mía.
—Lo-lo siento —casi tartamudeo—. Creo que me he confundido de puerta.
Me doy la vuelta y hago ademán de bajar las escaleras.
—Melania…
Me detengo como un resorte al escuchar mi nombre a mis espaldas. Aprieto los dientes y suelto una maldición antes de girarme despacio hacia él.
—No te has equivocado de puerta.
Me quedo con un palmo de narices.
—¿Eres amigo de Nik? —pregunto volviendo a subir los tres escalones que había bajado. Eso no se me había pasado por la cabeza.
Él se ríe, me mira estirando los labios y sacude la cabeza en negación.
—Me temo que no.
—Entonces…
Entonces la bombilla se me enciende… y todo mi cuerpo empieza a temblar.
—Espera… —musito—. ¿Tú no te llamas Nicolás Costa?
Él alza las cejas y asiente.
—¿Nico…? ¡Oh, Dios mío! ¿Tú eres Nik? —Sonríe y se encoge de brazos—. ¿Tú eres el hermano de Vik…? —Asiente con la cabeza—. ¿El que me llevó borracha a casa de mi tía y…?
Vuelve a asentir.
Yo solo quiero que en ese momento se abra el suelo y me trague la tierra. Se me cae la bolsa de los dulces que había comprado en la pastelería al suelo. Me tapo la boca con las manos y mis ojos se abren cada vez más mientras todo lo que Nanni me contó de aquella noche vuelve a mi mente.
—Oh, Dios… Le he vomitado encima a mi profesor de la facultad… —gimo.
—Eso fue justo lo que dijiste esa noche —replica antes de soltar una carcajada.
Doy media vuelta y enfilo las escaleras. El nivel de vergüenza que contaba estar pasando se ha quedado demasiado corto, y para el real no estaba preparada. Una mano me retiene por el brazo y me hace detenerme cuando solo había bajado uno.
—Mel…
Me giro lentamente y lo miro como si ese hombre pudiese acabar con mi destino con un solo chasquido de dedos. Él se ríe y no estoy segura de si eso me tranquiliza o no. Una parte de mí piensa que es buena señal. La otra quiere abofetearle por estarme haciendo pasar tan mal trago.
—Entra, anda —me dice, tirando de mí hacia la puerta.
Lo sigo casi como una autómata. Cojo la bolsa de papel que se había quedado de pie, casi tan congelada en su sitio como mi corazón, que en este momento late a toda velocidad.
Entro y me quedo pegada a la pared del vestíbulo, con las manos detrás de mí, observándole como si esperase que de un momento a otro fuese a empezar a gritarme o algo.
—¿No vas a quitarte la chaqueta? —me pregunta, señalándome el perchero que hay a medio metro de mí.
Yo sigo sin poder moverme.
—Te he vomitado encima —repito.
—Eso y muchas otras cosas —dice él, riéndose, y haciendo que mi cara se ponga del color del pimiento morrón—.
¿Quieres tranquilizarte? Al igual que ya te dije la noche de la borrachera, piensa que le has vomitado encima al hermano de Vik y no a tu profesor.
Aunque probablemente esto te convertiría en una leyenda en la facultad.
Intento contenerme, pero me da la risa floja y no puedo evitar reírme, incluso colorada como un tomate como estoy.
—¿Cómo puedes ser el hermano de Vik? —le suelto, sacudiendo la cabeza de incredulidad.
—¿Cómo puedes ser tú su nueva vecina?
Asiento, un tanto azorada.
—Es justo —reconozco—. ¿Cuándo te enteraste de esto?
—Poco después del examen. Solo tuve que atar cabos al ver tu dirección.
—¿Y Vik? ¿Lo sabía?
—Se enteró cuando os fui a recoger esa noche —me explica—. Le va a dar mucha pena haberse perdido tu cara —añade con una sonrisa traviesa.
Pongo los ojos en blanco y sacudo la cabeza.
—Así que os habéis estado riendo a mi costa toda la semana —digo, decidiendo que ya me puedo relajar y quitándome el gorro y la chaqueta.
—Un poco… —reconoce Nico—. Pero no somos tan crueles como crees. Y menos después de lo que te pasó esa noche. —Me mira y su expresión se vuelve seria—. ¿Estás mejor?
Aparto la mirada, incómoda. Hoy estoy pasando por todos los niveles de vergüenza posibles. Ser consciente de que mi profesor de Ética sabe que mi exnovio me puso los cuernos y me usó como un trapo viejo es un grado nuevo que añadir a ese baremo.
—No tienes que avergonzarte, Mel —dice Nico—. Ese canalla que os engañó a las dos no se merece que ninguna de vosotras le dedique ni siquiera un segundo de su tiempo.
El tono duro de su voz me intimida un poco, pero me agrada.
Su comentario me hace recordar que David también engañó a Vik, su hermana.
Es normal que Nico tenga ganas de partirle la cara.
Pero por un instante me he permitido fantasear con que sus ansias de venganza son para defenderme a mí también.
Eso me hace darme cuenta de que en mi vida apenas ha habido hombres que luchen o se preocupen por mí.
El que debería hacerlo prefirió irse a vivir sus idilios románticos lejos de su hija.
—Lo sé… —respondo—. Sé que estoy mejor sin él. Creo que ahora mismo me duele más darme cuenta de lo tonta que fui al dejarme engañar que todo lo demás.
—No fuiste tonta. No fue tu culpa. Él sabía lo que hacía.
La verdad es que ya no me apetece seguir con esta conversación. Y menos con él. Todavía no asimilo que el concepto “hermano de Vik” y la cara de mi profesor de Ética y responsabilidad social pertenecen a la misma persona.
Afortunadamente, recuerdo lo que llevo en la mano y extiendo el brazo hacia él, tendiendo la bolsa.
—Te he traído tu camisa —explico—. Está limpia y planchada.
—Mi camisa de la suerte —sonríe y se rasca la nuca, nervioso. No puedo creerme que ahora sea él el que parezca avergonzado—. Perdonad por haberla olvidado allí. La tenía preparada en una bolsa para llevármela y se me pasó. Siento que hayáis tenido que lidiar con esto.
Dios, ¿puede ser más encantador este hombre? Además de cuidarme toda la noche, ¿aún se abochorna porque tuviésemos que limpiar mi propio vómito de su camisa? En este momento me siento el doble de mal por haberle echado el café encima y haberle llamado borrego.
—Es lo menos que podía hacer —me apresuro a decir.
Lo veo sacar la camisa y mirar dentro de la bolsa.
—¿Y esto? —dice sacando una bandeja envuelta en papel de cera, en otra bolsa de plástico.
—Son brioches de la pastelería de aquí al lado. Los he traído para el postre. Están recién salidos del horno —explico.
Se queda paralizado con la bandeja en las manos.
—¿Has traído brioches… ?
Me pongo nerviosa con la forma en la que me mira. Mierda, ¿en qué he metido la pata ahora?
—¿No te gustan? —pregunto, decepcionada conmigo misma—. Tenía que haberlo consultado con Vik. Ni siquiera se me pasó por la cabeza preguntar si eras intolerante al gluten o algo…
—No, no, no —exclama Nik, haciendo un gesto para tranquilizarme—. Está bien, no te preocupes. Me encantan los brioches , de hecho. Te lo aseguro. Me gustan tus brioches. ¡Digo de la pastelería! Me gustan mucho los brioches de la pastelería.
¿Por qué se ha puesto nervioso? Lo observo mientras deja la bandeja en un extremo de la mesa del salón.
Me mira de reojo sonriendo y tengo la sensación de que se ha puesto hasta colorado.
Hago una nota mental para preguntarle a Vik cuál es la historia de este hombre con los brioches , porque me da la sensación de que hay alguna.