Bajo todos tus sombreros –47–
55%

–47–

NICO

Me despierta el sonido insistente del teléfono que por fin dejé sobre la mesilla después de dar vueltas en la cama hasta las tantas de la madrugada.

Veo que es mi madre y me dan ganas de silenciar la llamada, pero el ángel sentado en mi hombro derecho me lo impide.

Descuelgo e intento sacudirme el sueño de encima.

—Buenos días, mamá.

—Buenos días, cariño. ¿Te he despertado?

La noto nerviosa.

—No importa. ¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo?

—No, ¿qué va a pasar? —contesta—. Solo llamaba para ver si vas a venir a comer hoy. Voy a preparar fideuá.

Me siento sobre la cama y me froto los ojos. La perspectiva de una fideuá de mi madre es muy tentadora. Es uno de mis platos favoritos y ella lo sabe, pero yo ya tenía otros planes.

—Lo siento, mamá. Sabes que me encanta, pero hoy he invitado a Vik a comer a casa. —No sé si es la falta de sueño o la carencia de racionalidad de la que parezco pecar en las últimas semanas la que me lleva a seguir hablando—. ¿Por qué no te vienes tú también?

—¿Yo?

Si no estaba lo suficientemente nerviosa antes, ahora sí le he dado a mi madre un motivo para ponerse nerviosa.

Creo que me he arrepentido al momento de decirlo.

En una familia normal eso sería algo totalmente habitual, nada de particular.

Un hombre adulto compartiendo una comida de domingo con su madre y su hermana.

Por desgracia, esas situaciones tan cotidianas en mi familia son impensables.

—Gracias por la invitación, cariño, pero no puedo. Ya sabes…

Sí, ya sé. No puedes porque tienes miedo a papá.

Tanto miedo que prefieres darle la espalda a tu hija y no verla en años, aunque ella esté tirando su juventud y su talento porque la dejasteis sola cuando más soporte necesitaba.

Cada vez me cuesta más fingir y hacer como que esto no ha pasado.

Ser uno más de esa rueda que permite a mi padre salirse con la suya mientras los que menos se lo merecen llevan una vida de mierda.

—¿Qué sé, mamá? ¿Que prefieres no tener una discusión más con papá antes que comer con tus hijos? Sí, eso lo tengo muy claro.

Se hace el silencio al otro lado de la línea.

Mi tono ha sonado cargado de reproche. Lo sé.

Soy consciente. Como lo soy de que mi madre también es otra víctima, pero tiene su parte de verdugo y yo estoy cansado.

Los hijos no deberían tener que arreglar los desastres de sus padres, y mucho menos sufrir sus consecuencias.

—Cariño…

—No hace falta que digas nada —la interrumpo.

En este momento no me apetece dar el brazo a torcer. No quiero sucumbir a su voz temblorosa, ni al miedo que sé que tiene. He dormido demasiado poco en los últimos días y mi humor está tocado.

—Si cambias de idea, voy a preparar suquet y haré de sobra. Si quieres pasarte a comer, ya sabes dónde vivo. Si no, ya me pasaré un día durante las vacaciones.

—¿Durante las vacaciones? ¿Es que no vas a venir en Nochebuena?

—No. —Acabo de decidirlo, pero lo tengo clarísimo—. Este año pasaré Nochebuena y Navidad con Vik. No pienso dejarla sola otra vez en las fiestas. Me da igual lo que diga papá. Espero que lo entiendas.

—Lo entiendo…

Vuelve el silencio. Un silencio cotidiano alrededor de mis padres.

Aunque hoy lo siento distinto. Normalmente, la zona cero de ese silencio suele provenir de mi padre, que lo controla, lo extiende y lo mantiene a su antojo.

Hoy, sin embargo, soy yo quien está en su centro, y la verdad es que no me importa.

Tengo casi treinta años. Es hora de que las cosas empiecen a cambiar.

—Hablaremos esta semana. Tengo que ir a darme una ducha —digo, disfrutando de esa posición en la que yo decido.

Sé que no es del todo justo con mi madre. Ella jamás tiene el mando. No lo ha tenido nunca. Pero está claro que para tener el mando hay que saber exigirlo y a ella nadie le ha enseñado cómo hacerlo. Ni siquiera le han dicho que puede hacerlo.

—Está bien, hijo. Que tengas un buen domingo.

Cuelgo el teléfono y lo dejo caer con frustración sobre la colcha. Me quedo mirando la ventana. La persiana está subida.

Me levanto y observo la calle. Se ve bastante movimiento para ser un domingo por la mañana. La mayoría de la gente se dirige probablemente a la iglesia o a la pastelería del barrio. Echo un vistazo al reloj despertador que hay sobre la mesilla y veo que ya son las once del mediodía.

Voy al baño y me refresco la cara. Tengo unas ojeras bien marcadas, producto de la cantidad de horas que me he pasado comiéndome la olla en los últimos días.

Además de un par de salidas nocturnas con Biel, también hay que reconocerlo.

Después de mi gatillazo con la camarera cañón, necesitaba salir para tener la mente ocupada y no ver ese maldito sofá en el que todavía veo mi vergüenza desparramada.

Anoche Biel se despachó a gusto riéndose del tema, pero también me dio mucho en qué pensar.

Mi amigo podrá ser un cachondo mental y un juerguista, pero a veces creo que me conoce mejor que nadie y se le da de maravilla el psicoanálisis.

Tanto que, aunque no tenía pensado contárselo, terminó por sonsacarme la verdadera razón de mi penosa actuación sexual del jueves.

—Lo sabía. Ese corderito te trae loquito —dijo.

—Mira, no te voy a negar que me parece atractiva, pero es que últimamente la tengo hasta en la sopa —le tuve que reconocer—. No solo es esa alumna con la que tengo un tropezón tras otro, sino que además es la nueva vecina de Vik. Y para colmo se han hecho muy amigas.

—El destino es un hijo de perra, ¿eh?

—Biel, es mi primer año como profesor en la universidad. No puedo permitirme este tipo de cosas. Si alguien se entera de lo que pasó en la noche de la borrachera de Mel…

—Pero no pasó nada… ¿no? —pregunta él, suspicaz.

—¡Claro que no, joder! ¿En serio crees que me aprovecharía de una chica borracha?

La sola insinuación me cabrea y Biel se echa atrás.

—Ya sé que no, relájate.

—No me puedo relajar. Este tema me tiene de los nervios.

Al fin, mi amigo se transforma en el Biel que yo necesito.

—Mira, Nico, yo creo que llevas unos meses un poco tenso.

Has empezado un nuevo trabajo, está lo de Vik…

Tú nunca has llevado bien las transiciones.

Lo de esa alumna se está convirtiendo en una bola enorme innecesariamente.

Es normal que te parezca atractiva. No será la única estudiante que te llamará la atención físicamente en los próximos años, te lo aseguro.

Pero eso no tiene que tener más significado si tú no se lo das.

Siempre has sido un tío con cabeza. El otro día actuaste como cualquier hombre responsable.

¿Qué ibas a hacer? ¿Dejarla tirada en la calle borracha para que cualquier animal se aprovechase de ella?

Hiciste lo correcto. Pero tarde o temprano ella se enterará de que fuiste tú y no sabemos cómo va a reaccionar. Creo que deberías adelantarte a eso.

Su consejo ha dado vueltas en mi cabeza toda la noche, y resuena otra vez mientras me doy una ducha. Biel tiene razón. Creo que es hora de volver a comportarme como un adulto y no como un adolescente lleno de hormonas.

Así que cierro el agua, me seco lo justo como para salir hasta el cuarto y coger el móvil y marco el número de Vik.

—Buenos días, enana. No se te ha olvidado la comida de hoy, ¿no?

—¿Cómo se me iba a olvidar? ¿Sabes cuánto hace que no como un suquet de pescado? Espero que hagas mucho porque voy a llevar táperes.

—Pues por eso te llamaba. Me he pasado bastante comprando rape y creo que nos va a sobrar.

¿Por qué no llamas a Mel y le dices que venga?

—Mi hermana se queda callada al otro lado de la línea.

Vale, el plan A no ha colado del todo. Habrá que recurrir al plan B: la honestidad a medias—.

Vik, soy su profesor y tu hermano. Tarde o temprano se va a enterar de que fui yo quien la llevó a casa de su tía.

Creo que es mejor que lo sepa antes de que volvamos a las clases.

—Vale, yo llevo palomitas. Esto va a ser todo un show .

Pongo los ojos en blanco y sacudo la cabeza, riendo.

—Os espero a la una.

Cuelgo la llamada y echo un vistazo general a mi apartamento para evaluar el trabajo por hacer. Mi vista se detiene en el sofá y me da la sensación de que acabo de perder un par de centímetros de hombría otra vez.

—Deja de mirarme así.

Genial. He pasado de hablar conmigo mismo a hablar con un maldito sofá.