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MEL
Mi madre da un trago a su vaso y yo considero hacer lo mismo, pero los nervios me han cerrado el estómago y creo que no va a entrar ni la bebida.
—Lo que he contado es verdad. Dejé muchas cosas atrás para venir a España con tu padre. Mi casa, mi familia, mis amigos, mi universidad… Pero no todo lo que dejé fue bueno. También dejé cosas malas. Y Andrés no fue la razón principal por la que me fui.
—¿Qué quieres decir? —pregunto. Mi tía permanece en silencio.
—Sabes que, cuando vine a España, mis padres se enfadaron.
No quieren saber de mí. Ni siquiera de mi hija —asiento—.
Empezar una vida nueva en España fue más difícil de lo que yo pensaba.
No hablaba el idioma, no tenía estudios, no tenía mis amigos…
no tenía nadie. Y a tu madre yo no le gustaba —añade dirigiéndose a Nanni, que asiente.
—En tu familia, si no gustas a Lani, no gustas a nadie.
Nanni suspira y por fin interviene.
—Sé que mi madre no te lo puso fácil, pero eso no es del todo cierto. Yo nunca tuve problemas contigo, y lo sabes. Pero puedo entender que te sintieses sola.
—Mucho. Me sentí mucho sola. Pero lo peor es que me sentí… ¿atrapada? —dice buscando la confirmación de que la palabra es correcta con mi tía, que asiente—. Aquí no tenía nadie, pero tampoco podía volver.
—¿Por qué? —pregunta Nanni—. ¿Por qué no intentaste volver a Alemania?
Seamos realistas, mi hermano no te habría impedido que te llevases a Melania contigo.
A él lo de hacer de padre soltero le habría hecho salir corriendo.
Mi madre habría puesto el grito en el cielo, pero no habría podido hacer nada. Podrías haber vuelto con tu familia.
—No quería volver —admite mi madre—. Mi relación con mi padre siempre fue mala. Muy mala. Yo no tenía voz en mi casa. Mi padre es un hombre muy… ¿Cómo se dice?
—¿Estricto? —sugiere Nanni.
—Autoritario —completa mi madre—. En su casa se hace lo que él dice, y las mujeres que viven con él no tienen opinión.
Yo era de su propiedad. Tampoco tuve muchos amigos que dejar, porque no podía tenerlos —explica—.
Así que, cuando conocí a tu padre, vi la oportunidad de salir por fin de mi casa y escapar de su control.
A veces pregunto si yo estaba enamorada o solo quería tener una excusa para escapar de mi infierno.
Me cuesta imaginar a mi madre como una jovencita rebelde, pero su historia empieza a resonar muy de cerca.
—No sé qué pasaría si yo vuelvo a casa —dice, jugando con el vaso entre sus dedos—.
Tal vez nada. Quizá mis padres me extrañan.
Pero el recuerdo y el orgullo por las peleas que tuve con mi padre no me dejan volver —admite.
Entonces me mira y veo que sus ojos vuelven a empañarse.
Extiende un brazo hacia mí y aprieta mi mano—.
Yo no quiero que tú te vayas de casa por mí.
Sé que he sido… estricta y muy dura contigo.
No quería que te pasara lo mismo que a mí.
Quería que terminas unos estudios y encuentras un buen trabajo.
Que tienes tu dinero y no dependes de un hombre.
Pero no me di cuenta de que te empujo a repetir el mismo error que yo.
Deja escapar un sollozo y retira la mano para limpiarse la lágrima, temblando.
Yo me he quedado paralizada por tantos sentimientos y pensamientos que no sé con cuál quedarme.
—No quiero que te vayas de la casa por la razón… mala. No quiero que vayas con un chico que no te merece. Si quieres, puedes venir a vivir con Nanni. —Miro a mi tía de reojo—. Si no quieres vivir conmigo, lo comprendo. Prefiero saber que estás con ella hasta que encuentras tu camino.
—¿Esa es una opción? —pregunto mirando a Nanni.
Ella se encoge de hombros y suspira.
—No es que me haga superfeliz compartir piso.
Sabes que me encanta mi independencia —reconoce con una sonrisa—, pero en eso estoy con tu madre.
Si estabas dispuesta a pasarle todo lo que le pasaste a David solo para tener una vía de escape, prefiero que te vengas a vivir aquí.
Sin embargo —extiende sus brazos y nos coge de la mano a ambas—, creo que la situación no ha llegado todavía a un punto de no retorno entre vosotras.
Sé que vuestra relación ha sufrido mucho en los últimos años, pero tiene arreglo.
Sabine, siempre te he ofrecido mi ayuda, y lo vuelvo a hacer —dice, mirándola.
Mi madre aparta la mirada y chasquea la lengua.
No es la primera vez que sacamos el tema y ella lo detesta.
Siempre dice que la queremos llevar al loquero—.
Puedo entender que no quieras hacer terapia conmigo.
Al fin y al cabo, soy la hermana de tu exmarido.
Pero conozco a otros profesionales muy buenos.
—Es demasiado caro —protesta mi madre—. Yo no tengo dinero.
—Seguro que podemos encontrar una solución a eso —dice Nanni, apretando la mano de mi madre—. Solo piénsalo.
Yo las observo en silencio, sumida en mis propios pensamientos.
Todo se ha precipitado tanto en los últimos dos días que me siento completamente descolocada, como si estuviese viendo la película de mi vida sin ser realmente partícipe de ella.
Me siento como el puzle del mapamundi que mi tía lanzó por los aires ayer.
Desperdigada, intentando ver dónde han quedado las piezas que creía tener colocadas en su lugar, y que ahora ni siquiera sé por dónde andan.
—Mel. —Levanto la cabeza y me doy cuenta de que ambas me están mirando. Es mi tía quien ha hablado, así que la miro a ella—. ¿Quieres venirte a vivir conmigo?
La miro durante un largo rato.
Si me hubiese preguntado eso hace tres días habría saltado como un resorte. Habría dado botes de felicidad, no solo por poder salir por fin de casa de mi madre, sino para hacerlo para vivir con Nanni, que además me queda mucho más cerca de la facultad.
Luego miro a mi madre.
Por primera vez en mucho tiempo, no la veo solo como mi madre.
Por primera vez, la veo como lo que ella ha intentado decirme toda la vida que es: una mujer sola que ha tenido una mierda de vida que le ha agriado el carácter.
Yo he sufrido las consecuencias y, sí, estoy bastante harta, la verdad.
Pero el paso que ha dado hoy me ha pillado por sorpresa.
Ha sido como ver un rayo de sol entre las nubes.
Como ver un resquicio de la mujer que ella podría haber sido y que, tal vez, todavía pueda llegar a ser.
—No —digo, al fin. La sorpresa se refleja en la cara de ambas—. Quiero quedarme con mamá. —Mi madre me mira emocionada. Intenta disimularlo, pero se lo noto—. Pero con una condición.
Su expresión vacila un poco.
—¿Qué condición? —pregunta.
—Que vengas a terapia conmigo con la tía Nanni —pido con firmeza—. Las dos, juntas.
Mantengo la vista fija en mi madre, a pesar de la tentación que tengo de empaparme en el orgullo con el que creo que mi tía me está mirando en este momento.
He metido la pata en muchas ocasiones. Sobre todo en los últimos meses.
Pero no tengo ninguna duda de que este es uno de los momentos más lúcidos que he tenido.
Ahora la pelota está en el tejado de mi madre.