Bajo todos tus sombreros –45–
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NICO

Esta mujer no besa. Ataca.

Se sube encima de mí y me mete la lengua tan adentro que creo que me va a lamer hasta la campanilla. Por segundos me da la sensación de que hay varias lenguas dentro de mi boca, hasta que me doy cuenta de que es la mía, que hace lo que puede por sobrevivir y seguirle el ritmo.

Intento dividir la concentración y hacerle un poco de caso a mis manos, que se están dando el lujo de apretar ese trasero de infarto. Cuando ella decide dejarme respirar y coger aire, aprovecho para lanzarme a probar esos bollitos con los que lleva un rato tentándome.

Por Dios, ¡qué delicia!

Me obliga a quitármelos de la boca para poder deshacerse de mi camiseta, y en ese agónico segundo ya los echo de menos.

—No estás nada mal para ser un profe —dice mientras me mete esa lengua-tentáculo suya hasta la trompa de Eustaquio, haciendo que se me recomponga toda la columna vertebral del escalofrío que me entra—. Seguro que traes a tus alumnas loquitas.

Ese comentario me saca un poco de situación.

De pronto a mi mente acude Melania. La veo como la vi hace tan solo un par de horas cuando me crucé con ella de camino a la pastelería, con ese vestido a cuadros en tonos grises, esas medias negras que le hacían unas piernas kilométricas y ese gorrito rojo que resaltaba la piel de porcelana de su cara.

Preciosa. Estaba preciosa. Jessica me coge la cara con ambas manos y vuelve a devorarme la boca, haciendo que me olvide de todo lo demás.

Hundo las manos en sus caderas y ella las empuja contra mí, haciendo que mi quebrantahuesos huela el objeto de su deseo incluso a través de los dos pantalones.

Ella se frota sobre mi regazo y hace que la testosterona que llevo reprimiendo durante los últimos nueve meses se inyecte toda de golpe y me vuelva loco.

Me levanto con ella y la dejo caer sobre la chaise longue del sofá.

La lascivia con la que me mira me indica que no solo le gusta tener el control, como ella decía.

También le ha gustado que yo compita por él.

Le desabrocho el pantalón y se lo quito de un par de tirones. Ella se incorpora, se arrodilla sobre el sofá y me muerde un pezón, haciéndome gemir y distrayéndome para que no me dé cuenta de que ya me está bajando la cremallera de los vaqueros.

—Veamos qué tiene mi maestro aquí guardado para mí —me dice bajándome todo lo que llevo de cintura para abajo de golpe.

A mi pajarraco le ha faltado desplegar las alas para mostrarse en todo su esplendor.

Está tan agitado que le hace hasta un par de reverencias de cortesía.

Estoy tan cachondo en este momento que ni le hago caso a esa subyacente presión que siempre hay cuando presentamos armas ante una mujer por primera vez.

Especialmente ante una que tiene tanta experiencia como esta.

La agarro de la cintura y la pego de un tirón a mí, mordiéndole el labio inferior mientras deslizo mi mano izquierda bajo sus bragas.

—Yo también quiero ver lo que tú tienes guardado, Jessica —le susurro, con una sonrisa cómplice.

La piel casi completamente depilada de su sexo me hace cerrar los ojos y jadear contra su boca.

Me permito unas caricias para familiarizarme con su geometría, pero la humedad que noto entre los pliegues amenaza con desintegrar la poca contención que me queda.

La penetro con mi dedo corazón y lo presiono hacia mí, haciéndola gemir.

—Joder… te estás derritiendo como la mantequilla —le digo sintiendo mi dedo nadar de felicidad en sus fluidos mientras hago bailar a sus caderas bajo mi mano.

La presión de sus dedos alrededor de mi pájaro me pilla por sorpresa. Me aprietan y se deslizan arriba y abajo por toda su largura, cargándome la munición.

Deslizo un segundo dedo y los hago bailar en su interior, haciendo que sus gemidos aumenten.

Entonces, mi recién bautizada Jessica decide recuperar el mando de la situación.

Aparta mi brazo castigándome a abandonar ese mundo húmedo y cálido que hay bajo sus bragas y, de un empujón, me hace caer contra el respaldo del sofá.

Siseo al verla quitarse el resto de su ropa y trepar otra vez sobre mí.

Me apresuro a agarrar sus caderas para guiarla, aunque esta mujer no necesita ningún mapa para saber el camino.

Mi quebrantahuesos está erguido y listo para la batalla. En el último minuto, recuerdo la advertencia de mi hermana y la detengo.

—Gorrito, que no quiero sobrinito —digo, provocando sus carcajadas.

—Sexo seguro ante todo.

—En el bolsillo trasero de mi pantalón.

—Preparado, así me gusta.

La veo rebuscar en los pantalones que todavía tengo amarrados de rodilla para abajo y sacar el plástico. Lo abre y, antes de colocármelo, le da un lametón de arriba abajo a mi instrumento y lo hace desaparecer en su boca un solo instante.

Oh Dios, qué maldito gusto. No me he fundido porque me sujetan los huesos y la piel.

Después de esa degustación fugaz, me pone el preservativo, se monta sobre mis piernas y lo repite con todo su cuerpo. Cierro los ojos al sentirme felizmente atrapado en su interior.

Ahora el que se derrite soy yo. Gimo y jadeo, apretando esas cartucheras entre mis manos. Ella me coge la barbilla y me obliga a mirarla. Esos ojos azules, enloquecidos por la lujuria.

—¿Vas a darme una lección, profe? —me dice.

—Todas las que tú quieras —respondo, encendido, sin dejar de acompañar su movimiento como buenamente puedo.

—Necesito que me enseñes… —gime, con una voz tan seductora que me pone la piel de gallina—. Quiero aprender contigo. Enséñame todo lo que sabes, profe.

Está claro que esta mujer sabe mucho más que yo de muchas cosas, pero intuyo que esto le da morbo, así que le sigo la corriente.

—Espero que seas una buena chica y prestes atención a la lección —digo, entrando en el papel y atrayéndola de su nuca para atrapar su boca entera con la mía—. Creo que necesitarás un curso intensivo.

—¿Te gusta follarme? —me susurra junto a mis labios, antes de morderme, mientras su cueva de las maravillas me hace un desplumado completo.

—Sí.

—¿Te gusta follarme, profe? —repite tras meterme la lengua hasta la yugular.

—Sí, joder. Me encanta —jadeo, completamente entregado a la sobremesa, olvidándome de las formas y de todo lo que no sea la mujer que me está cabalgando.

—Te gusta follar a tu alumna, ¿verdad? ¿Te pone cachondo tu alumna?

La pregunta me saca de situación como si me hubiesen tirado de un bofetón. Si hiciesen una película sobre mi vida, en este momento se hubiese escuchado el sonido de la aguja de un tocadiscos resbalando sobre el vinilo, cargándose la canción.

Melania vuelve a mi mente, pero esta vez no la veo solo como estaba esta mañana.

En mi cabeza veo una sucesión de imágenes que parece que lleven subtítulo debajo.

Ella desnuda en el suelo de la ducha. Sus piernas asomando bajo la falda mientras yo conduzco el coche hacia casa de su tía.

Sus labios tan cerca, cuando la tumbo en la cama.

En el examen, desafiándome delante de toda la clase.

Gritándome y llamándome borrego después de haberme bañado de café.

En el suelo del baño de su tía, oliendo a vómito, llorando con el corazón roto por ese imbécil.

En unos pocos segundos, el juego de rol se materializa en algo demasiado real y el conflicto ético que me genera me corta el rollo de golpe. Intento sacudírmelo de la cabeza y hago lo que puedo por seguir el ritmo y que ella no lo note, pero siento con horror como mi quebrantahuesos pierde fuelle.

No, no, no… Ahora no. Vamos, chavalín. Estamos juntos en esto.

Levanto la mirada hacia sus maravillosas dianas y me concentro en ellas.

Las sobo y lamo sus pezones. Parece que mi amigo se está recuperando a tiempo.

Un buen par de brioches siempre funciona.

Mierda, ¿¡por qué he pensado en los brioches otra vez!

? Los de Melania se han colado en mi mente.

Esos pechos maravillosos que vi solo un par de segundos antes de que ella se cubriese y me recordase que jamás debería haber visto esa imagen. ¡¡PORQUE ES MI ALUMNA!!

—¿Todo bien, profe?

Levanto la cabeza y me encuentro con la camarera cañón y sus espectaculares ojos azules.

Mierda, se ha dado cuenta de que algo no va bien. ¿Cómo no va a darse cuenta si mi maldito Pokémon ha involucionado?

—Todo bien —miento—. ¿Te parece si dejamos el rollo profe-alumna?

—¿Te ha rallado? —pregunta sorprendida deteniendo el movimiento de sus caderas.

—Un poco…

—Perdona, creí que te daría morbo. Bueno —dice volviendo a su expresión seductora—, ¿qué te parece si entonces volvemos simplemente al de camarera cañón?

Se acerca y me roza los labios con los suyos.

—Me parece perfecto —contesto apretando sus nalgas, sintiendo que mi motor vuelve poco a poco a funcionar.

Ella vuelve a moverse y me muerde el lóbulo de la oreja.

Qué curioso. Le he llamado camarera cañón. Acabo de recordar que ayer Melania me llamó profe cañón. Los dos hemos usado el mismo adjetivo.

Me llamó profe cañón. ¿Eso significa que también le parezco atractivo?

Mierda, eso no debería alegrarme. Es mi alumna.

¿¡Y yo por qué cojones estoy pensando en eso ahora!?

Céntrate Nico, céntrate.

Piensa en tetas. Culos. Joder, en el que te está montando ahora mismo. Probablemente, el mejor culo que has estrujado en toda tu vida.

Aunque no es el de Melania…

AAAAAHHHHH ¡Me cago en mi maldita mente degenerada! ¿¡Quieres parar de una puta vez!?

Mierda, ¿por qué se separa Jessica?

—Vale… no sé qué pasa, pero es evidente que ya no estás en la onda —dice señalando a mi aguilucho desplumado, que se ha escondido hasta de la vergüenza que siente en este momento.

—Lo siento, no sé qué me ha pasado… —Jamás pensé que me vería en esta situación—. Esto no me había pasado nunca. —Joder, hasta yo me estoy escuchando hacer el ridículo—. Me pones muchísimo.

—No lo dudo —dice mientras se viste. Pero sí lo duda. Lo noto en que no es capaz de mirarme a los ojos. Mierda. ¡La camarera cañón cree que no me pone! Se viste el top y toda mi hombría llora por perder de vista esas delicias—. Es evidente que algo te ha rayado y esto no va a ir a ninguna parte.

Creo que puedo escuchar a mi aguilucho sollozar y cagarse en la cabeza pensante mientras la veo ponerse los pantalones. Me froto la cara, frustrado. Biel se va a partir el culo con esto.