Bajo todos tus sombreros –44–
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MEL

Son las dos menos diez de la tarde cuando vuelvo al piso de mi tía.

La calle está bastante animada. Mi interior es una mezcla de sentimientos.

Por un lado, me siento orgullosa del paso que he dado y de haber podido desahogarme un poco de la rabia que tengo dentro, aunque el saco de boxeo no haya sido el que más se lo hubiese merecido.

Pero por otro, todavía estoy abrumada por la farsa en la que he descubierto que vivía.

Y también me siento perdida. He dado el primer paso para seguir adelante, pero todavía tengo la sensación de estar flotando en el vacío.

Abro la puerta del piso de Nanni y huele a comida casera. No suele ser un olor habitual en su casa, pero en este momento me reconforta.

—No sé qué es lo que huele así, pero me apetece mu…

La frase se congela en mi boca al ver a mi madre de pie ante la mesa del salón, devolviéndome una mirada que no sé cómo describir.

—Mamá, ¿qué haces aquí? —pregunto, entre sorprendida y asustada.

No recuerdo haber visto a mi madre pisar este apartamento nunca. Su relación con Nanni solía ser buena, pero con el tiempo se fue deteriorando. Hoy en día recela de cualquier persona que tenga algún tipo de nexo con mi padre. Y eso, evidentemente, incluye a mi tía.

Las veo cruzar una mirada cómplice que me sorprende tanto como me inquieta.

—¿Ha pasado algo? —pregunto. Por mi cabeza se pasa el único escenario lógico posible por el que ambas se reunirían para darme alguna noticia—. Oh, no… Es papá, ¿verdad? ¿Le ha pasado algo a papá?

Mi madre aprieta los dientes, incómoda ante su mención.

—No, cielo. A tu padre no le ha pasado nada —se apresura a aclarar mi tía con una sonrisa—. ¿Por qué no te sientas? He invitado a tu madre a comer con nosotras.

Me hace un gesto hacia la mesa y me acerco sin dejar de mirarlas con miedo. Nos sentamos y no sabría decir quién parece más nerviosa de las tres.

—¿Por qué no nos tomamos un aperitivo? —dice mi tía, cuya Licenciatura en Psicología le da las armas necesarias para mantener la calma en medio de tanta tensión—. ¿Os apetece un vermut?

Ambas asentimos y la observamos mientras los sirve.

Damos un trago que no consigue aliviar el aire cargado que se respira en este salón.

—Vale, ¿queréis contarme ya qué pasa? Me estáis asustando —digo por fin, con una pequeña carcajada.

Mi tía le envía una mirada a mi madre con expresión interrogativa y yo no puedo estar más confusa.

¿Desde cuándo tienen estas dos un código secreto?

Veo que mi madre coge aire y me mira. No me sonríe.

Creo que lo intenta, pero no le sale. Ahora me doy cuenta de que, sin duda, mi madre es la más nerviosa de las tres.

—Nanni me ha dicho lo que pasó con ese chico —dice mi madre con su acento alemán.

Boom.

Miro a mi tía como si me acabase de clavar un puñal en la espalda. No me lo puedo creer. ¿En qué demonios estaba pensando? Sacudo la cabeza, incrédula, y hago ademán de levantarme, pero mi madre me coge de la mano y me retiene.

—Mel, espera, bitte [4] . Solo quiero que hablamos .

—¿Para qué? ¿Para que me eches en cara lo estúpida que he sido? ¿Para que me digas que me lo advertiste? —le reprocho, sintiendo que me tiembla la voz y me escuecen los ojos.

Mi madre me suelta la mano. Se cubre la boca, se frota la barbilla.

— Nein , Schatz . No es eso. No soy enfadada. Siéntate, por favor.

¿Enfadada? Como si tuviese derecho a estar enfadada.

No sé muy bien por qué, pero me siento. Tal vez es ese extraño fenómeno que sucede tan a menudo como el paso del cometa Halley de que mi madre me llame “cariño”.

Ese gesto de amor que en otras familias pasa desapercibido de lo habitual que es, pero que en los últimos años ha brillado por su ausencia en mi casa, sustituido por las eternas críticas y discusiones.

Mi tía nos observa sin atreverse a intervenir, casi como un árbitro que se limita a controlar las reglas del juego y a asegurarse de que nadie se pase de la raya.

—No necesito que me digas nada —aclaro—. Cualquier cosa que puedas decirme seguro que ya me la he recriminado yo sola.

Mi madre suspira, coloca los codos sobre la mesa y junta las manos delante de su boca, mirándome sobre ellas.

—Yo no tengo derecho a recriminarte nada. —Estoy hasta sorprendida de que sepa esa palabra—. Soy la última persona para juzgarte…

Me quedo mirándola, desconcertada. Sus ojos se llenan de lágrimas y puedo ver que le tiembla el labio, incluso semioculto tras sus manos.

Mi madre no acaba de decir algo que yo no haya pensado mil veces tras alguna de nuestras discusiones.

Siempre pensé que su enfermizo orgullo jamás le permitiría admitir algo así en voz alta.

Y ahora que por fin lo ha hecho, no siento las ganas de soltar la carcajada sarcástica que creí que sentiría.

Se pasa las manos por el pelo y las baja a la mesa, en un esfuerzo por recomponerse.

—Sabes que dejé todo atrás para venir a España con tu padre.

Yo me revuelvo en la silla, incómoda. Detesto esta conversación. Me la sé de memoria. He escuchado mil veces la gran traición de mi padre.

—Mamá, ya lo sé. Ya me lo has dicho tropecientas veces. Ya sé que papá se portó como un canalla.

—No es eso —dice. Veo que aprieta los dientes durante un instante, antes de soltar aire otra vez y mirarme, intentando esbozar algo parecido a una sonrisa—. No es eso —repite con la voz más firme—. No quiero hablar de tu padre. Quiero hablar del mío, y de mí.

—¿Del abuelo? —pregunto, sorprendida.

Ella asiente.

Miro a mi tía, preguntándole con la mirada si sabe de qué demonios va esto.

—Nanni no sabe. Yo nunca le he contado —se apresura a decir mi madre—, pero creo que es lista y tal vez lo ha imaginado.

—Si lo prefieres, puedo dejaros solas —ofrece mi tía, pero mi madre sacude la cabeza.

—No —rebate con rotundidad—. Aunque es difícil para mí reconocerlo, a veces no estoy razonable. No quiero que Mel y yo discutimos otra vez. Sé que Mel se siente segura si tú estás.

Algo me dice que no vamos a comer pronto hoy. Y a ese mismo algo no le importa, porque ahora mismo creo que no podría probar bocado.