Bajo todos tus sombreros –43–
50%

–43–

NICO

Abro la puerta y dejo escapar un silbido al ver a la dueña de mis suspiros sonriéndome, vestida con un top de encaje que bien parece más una pieza de lencería provocativa que una camiseta, unos pantalones negros y una americana abierta estampada en tonos grises.

Apoyo el codo en el marco de la puerta y me la como con la mirada.

—Llegas puntual —le digo, sonriendo.

—Tengo hambre —responde, arqueando una ceja en actitud sugerente—. ¿Vas a invitarme a pasar o vamos a hacer un pícnic aquí en el rellano?

—Antes de pasar tienes que contestarme a una pregunta —le digo, un poco chulito. Me mira, intrigada.

—¿Me vas a pedir contraseña?

—Solo tu nombre. No me parecería muy caballeroso llamarte camarera cañón todo el día.

Ella sonríe, complacida, y se acerca, posando su mano sobre mi camiseta en una caricia que me suelta una pequeña descarga.

—¿Por qué no mantener el misterio un poco más? No me disgusta ser la camarera cañón.

Le paso la mano por la cintura con el brazo libre y la atraigo hacia mí.

—Ese título ya lo tienes y nadie puede quitártelo. Pero si no recuerdo mal, tú ya sabes mi nombre, lo que quiere decir que no estamos en igualdad de condiciones.

—Me gusta tener el control, al menos de vez en cuando —dice sonriendo y colándose bajo mi brazo hacia el interior de la casa.

Se quita la chaqueta y yo me quedo mirando ese trasero embobado, mordiéndome el labio inferior mientras cierro la puerta.

—¡Vaya! Te has esforzado. ¡Qué pinta tiene todo! —la oigo exclamar desde el salón comedor.

La verdad es que me lo he currado. He preparado una tortilla, pinchos, una tabla de embutidos y pa amb tomàquet , además de comprar una bandeja de croissants y medias lunas en la pastelería del barrio.

—No sabía lo que te gustaría o si eras vegetariana, así que he preparado un poco de todo —le digo invitándola a sentarse.

—No le hago ascos a nada —contesta mirándome fijamente con una sonrisa ladeada.

No sé si es que con esta mujer siempre hay segundas intenciones o es que yo estoy tan salido que las leo en todo lo que dice, pero creo que hoy no voy a necesitar calefacción en casa.

—¿Qué quieres beber? Tengo café recién preparado, pero también puedo ofrecerte una cerveza.

Creo que es pronto para un cocktail —añado, aunque interiormente estoy deseando prepararle un Sex on the Beach ya.

Aunque a mi estilo, un poco más casero. Algo que se podría rebautizar mejor como Sex on the Couch .

—El café me vendría genial.

—Café entonces. ¿Con leche?

—Y un poco de azúcar.

Nos sirvo una taza de café a cada uno y me siento frente a ella. La observo un rato en silencio mientras prueba la tortilla, que se pierde bocado a bocado entre esos labios tan sexis pintados de rojo.

Sus ojos azules se me clavan y me atraen como un imán. Es una auténtica preciosidad.

—En realidad no estamos en desigualdad de condiciones —dice, al fin.

—¿Ah, no? ¿Por qué lo dices? ¿No recuerdas mi nombre?

—Claro que me acuerdo, Nico. —Qué bien suena mi nombre en esos labios—. Pero tú también sabes algo de mí que yo no sé de ti.

—¿El qué?

—Dónde y en qué trabajo.

Sonrío y asiento mientras mastico un bocado de pan con tomate.

—Cierto. Habrá que corregir eso. —Ella me hace un gesto invitándome a continuar—. Soy profesor en la facultad de Economía y empresa.

Su expresión no oculta su sorpresa mientras se sirve otro trozo de pan.

—Creo que eso no me lo esperaba —admite.

—¿Decepcionada?

—Al contrario. Intrigada. —Me sonríe. Cómo me gusta esa sonrisa suya—. ¿Qué enseñas?

—Ética y responsabilidad social, al menos por ahora. Es posible que, si las cosas van bien, el año que viene también dé alguna clase más.

—Suena interesante.

—¿Lo dices en serio? —le pregunto, riendo.

—En serio. ¿Crees que por ser camarera no tengo ningún interés académico? —rebate, arqueando una ceja.

—No he dicho eso. No seas mala —replico con una sonrisa de advertencia—. ¿Estudias en la universidad?

Intuyo que no, porque yo diría que tiene mi edad, si no algunos años más, pero nunca está mal marcarse un cumplido más.

—Estudié. En pasado —dice—. Licenciada en Humanidades. Empecé el Máster de Diplomacia y Relaciones Internacionales, pero nunca llegué a terminarlo. Había que pagar el alquiler y estudié la carrera equivocada para eso.

La miro con renovado interés.

—Eres una caja de sorpresas.

La siguiente hora nos dedicamos a vaciar las bandejas de la mesa despacio, mientras tenemos una charla entretenida en la que vamos desgranando un poco de todo, entre comentarios sugerentes que esconden dobles intenciones.

Hablamos de sus estudios, de los míos, del existencialismo de Simone de Beauvoir y de la idea deleuziana del deseo como energía creativa.

Charlamos también sobre música e incluso nos permitimos compartir algún secreto comprometedor que otro.

La conversación pasa luego a un terreno un poco más personal.

Me pregunta el porqué de mi “proyecto polvo” y terminamos hablando un tanto por encima de nuestras últimas relaciones y de la abundancia o falta —en mi caso— de sexo desde que se terminaron.

En el pasado no me había gustado demasiado la parte del flirteo inicial.

No se me daba del todo mal, pero la presión añadida no lo hacía particularmente disfrutable para mí.

Especialmente porque la mayoría de mis novias eran chicas bastante tímidas con las que había que tener mucho tiento.

Sin embargo, mi misteriosa camarera cañón está a otro nivel.

Aquí ambos participamos del cortejo por igual y me gusta, aunque a veces me intimide un poco.

Cuando por fin los dos damos señales de estar llenos, nos reclinamos en el respaldo del asiento, sin apartar la vista uno del otro.

—Bueno, ya sé mucho más de ti, pero todavía no me has dicho tu nombre —le digo.

—¿Por qué no me pones tú uno? —dice, mirándome con actitud traviesa—. ¿Qué nombre crees que me pega?

—Mmm… Yo diría que Jessica.

—¿Jessica? —ríe—. ¿Me has puesto nombre de actriz porno?

Su pregunta me deja con un palmo de narices y creo que me he puesto rojo.

—¿Qué? ¡No! —exclamo—. Te lo he puesto porque todas las chicas que conozco que se llaman Jessica son una auténtica belleza —explico—. Incluidas las actrices porno.

Suelta una buena carcajada y yo me relajo.

—Pues seré Jessica entonces. Creo que te debo algo.

—¿El qué?

La observo mientras se pone en pie y se me para la respiración cuando la veo quitarse el top por la cabeza y quedarse completamente desnuda de cintura para arriba.

Me debato entre hacer un esfuerzo titánico por mantener mi mirada en sus ojos, o dirigirla a la diana que la madre Naturaleza ha diseñado para atraernos como un imán.

Al final, concluyo que si se está mostrando ante mí es porque quiere que la mire, así que miro.

Santa Madre de Dios, vaya par de delicias.

Se gira y alza el brazo derecho, haciendo que ese pezón apunte al cielo y cante a los ángeles.

En mis pantalones, mi pajarraco me está pidiendo a gritos que me una al coro, pero me controlo y observo el tatuaje que recorre su costado en forma de enredadera, abrazándose a la circunferencia de ese pecho espectacular.

—¿Qué te parece?

Me pregunta con su boca. Me tienta con su mirada.

—No lo veo bien desde aquí. ¿Puedes acercarte para que pueda verlo mejor?

Camina hacia mí y noto que el corazón me bombea como un loco, subiendo la temperatura de mi cuerpo. Se detiene delante de mí y, con su pierna, abre las mías para colocarse entre ellas. Vuelve a levantar el brazo y me deja sus brioches a la altura de mis ojos.

—¿Lo ves bien así?

—Es sencillamente espectacular —concluyo, levantando la vista y enfrentando su mirada azul con una templanza y tranquilidad que estoy muy lejos de sentir, pero que suele dar buenos resultados en estas situaciones.

Y antes de que me dé cuenta, se lanza a mi boca.