Bajo todos tus sombreros –42–
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MEL

El jueves por la mañana me levanto mucho más fresca, al menos en cuanto a lo que a resaca se refiere.

Mi tía no está en casa, y me encuentro una nota suya diciendo que volverá a la hora de comer.

Es todavía bastante temprano, pero yo no tengo tiempo que perder.

No pienso seguir autoflagelándome. Nanni tiene razón.

Es hora de hacer borrón y cuenta nueva, pero antes siento que me falta algo para poder cerrar el capítulo de David.

Me doy una ducha a conciencia, como si quisiese deshacerme también de los últimos rastros de mi humillación, y cojo prestado el vestido de tartán blanquinegro, unas medias oscuras y su abrigo de lana negro, lo que combina perfectamente con mis botas de caña altas, que es el único calzado mío que tengo aquí.

Por suerte, llevamos prácticamente la misma talla de ropa, pero no así la de calzado.

Mi treinta y nueve nunca podría entrar en sus minúsculos zapatos de la treinta y seis.

Rebusco en el cajón de los sombreros y me armo de valor para ponerme una boina beret roja.

Estoy lejos de sentirme tan valiente como se merecería un sombrero así, pero Nanni siempre dice que a veces el primer paso para echarle huevos a algo es aparentarlo, aunque no los tengas. Así que allá vamos.

Salgo del apartamento de Nanni hecha un pincel y camino en dirección al metro.

Al doblar la esquina veo una cara conocida esperando para cruzar el semáforo al otro lado de la calle.

Mi profesor de Ética. Últimamente tengo a este hombre hasta en la sopa.

Es la segunda vez que me lo encuentro por la zona, así que es posible que viva por aquí.

Los dos nos quedamos pasmados un instante hasta que el rojo cambia a verde y la gente empieza a cruzar.

Ambos echamos a caminar y nos sonreímos de reojo.

Lo saludo con un breve “hola” y sigo caminando.

Cojo el metro hasta la Diagonal y salgo en Passeig de Gracia.

Laura me espera sentada en una de las mesas de la misma cafetería en la que estuvimos tomando algo con Fer y David hace un par de semanas.

Cuando me ve, hace ademán de levantarse —seguramente para darme dos besos—, pero se detiene a mi señal.

—No es necesario —le digo, sin poder evitar cierta sequedad en el tono.

Me siento al otro lado de la mesa y pido un refresco al camarero. La miro y noto que, si yo estoy nerviosa, ella lo está el doble. Hoy no me apetece andarme con demasiados rodeos. Quiero cortar por lo sano, así que voy a quitar hasta las malas hierbas que crecen alrededor.

Espero a que me sirvan la bebida y doy un trago largo.

—Gracias por acceder a venir —le digo, pensando que es mejor empezar con suavidad—. Imagino que no te apetecía mucho.

No sabe cómo contestar. Probablemente no quiere decir nada que pueda comprometerla porque está esperando a ver si averigua cuánto sé yo.

Si ya se ha destapado todo el lío o, por el contrario, sigo siendo la misma tonta que se traga las aventuras de David con tal de poder restregarse contra sus abdominales.

—¿Cómo se llama? —pregunto.

—¿Quién? —replica, haciéndose la confundida.

—La novia de David.

Se hace el silencio. La veo tragar saliva.

—Lo sé todo, Laura. Vik me lo contó. Me enseñó las fotos. No he venido a hacer ninguna escena —le aseguro, apretando los dientes—. Solo quiero saber. Y creo que me lo merezco.

Ella suspira y me mira con algo parecido a la lástima. Lo que no sé es si soy yo o es ella misma quien se la inspira.

—Se llama Estefanía.

—¿Cuánto tiempo llevan juntos?

—Tres años.

Me quedo de piedra. Tres años. Eso significa que ya estaba con ella cuando yo lo conocí y empezamos a salir juntos. O más que a salir, a jugar en esa farsa que él tenía montada y de la que yo solo he recibido noticias recientemente.

—¿Cuántas más ha habido como Vik y yo? —pregunto, intentando contener las ganas de apretar los dientes.

—Vik y tú no erais iguales, Mel —dice—. Lo de ella solo fue una tontería. Fer y yo sabíamos que andaba tonteando con una gótica, pero ni siquiera nos lo tomamos en serio hasta que apareció a montar el escándalo delante de Fani. Tú le gustas de verdad. Por eso estaba loco por volver contigo.

—¿De verdad? —rio, apretando el borde del abrigo entre las manos. No sé qué me cabrea más: que tenga la desfachatez de intentar dulcificarlo o que hable de Vik como si fuese insignificante—. ¿En serio me estás diciendo eso? ¿A Fer también le gustas así… tanto? —replico.

Aparta la mirada, incómoda.

—¿Cuántas? —repito la pregunta—. ¿A cuántas ha engañado? Si es que lo sabes.

—¿Por qué me preguntas todo esto?

—Porque llevas meses fingiendo ser mi amiga.

Que su mejor amigo le cubra, puedo llegar a esperármelo, aunque lo convierta en el mismo cerdo que él.

Pero que una mujer tenga la sangre fría de hacerse pasar por mi amiga sabiendo que mi novio me está poniendo los cuernos en su puta cara, y no solo no me diga nada sino que ayude a taparlo, es algo que no consigo explicarme.

Ella le da un sorbo a su agua y veo que le tiembla la mano.

—Fer es mi novio desde el instituto. Y David es su mejor amigo. Sé que no está bien lo que hace, pero no podía decir nada.

—Si eso te ayuda a dormir por las noches, es asunto tuyo. A estas alturas, solo quiero que me contestes. ¿Con cuántas chicas?

—No lo sé. Que haya llegado a presentarnos a Fer, Cubi y a mí solo ha habido dos. Tú y otra chica de Girona. Pero como Vik sé que ha habido muchas más. De la mayoría se aburre antes de que insistan demasiado.

—Qué honor el mío —digo, sarcástica—. ¿Su novia lo sabe?

—Creo que lo intuye —admite—. Fani no es tonta.

—Permíteme que lo ponga en duda —rebato—. Supongo que es tu amiga, pero tiene más cuernos que el trineo de Papá Noel.

—No es mi amiga. A veces salgo con ella porque Fer me lo pide. La familia de Fani está forrada de pasta, mucho más aún que las de Fer y David. Su relación es más un negocio que otra cosa.

Me echo a reír.

—Así que yo soy una de las concubinas del rey —digo, intentando verle la gracia a algo que no la tiene.

—Aunque te parezca mentira, estas cosas siguen pasando.

—¿Así que ella lo sabe? ¿Qué pasa, que tienen una especie de acuerdo en el que ambos hacen de parejita feliz frente a las familias y luego pueden tirarse a quien les dé la gana?

—No exactamente. Hasta donde yo sé, no hay ningún tipo de acuerdo entre ellos dos, pero digamos que David se lo ha tomado más o menos así.

Son pareja desde hace tres años, pero para él es más para complacer a los padres que otra cosa.

Con ella no lo sé, la verdad. Creo que Fani es consciente, pero mientras no le monte un escándalo, le vale.

Yo creo que ella está encaprichada con él.

—¡Pues todo suyo! —digo con absoluta sinceridad—. Menuda joya. Son tal para cual.

—Mel, a mí no me va ese rollo, pero tenía las manos atadas. Me pareces una tía genial. No sabes la de veces que he rezado por que Dave tuviese un par de huevos y dejase a Fani para centrarse en ti.

Vuelvo a reírme.

—En serio, qué gracia —digo—. ¿Y qué hubiese pasado si yo hubiese hecho lo mismo que Vik?

¿Si le hubiese armado un escándalo frente a su novia y él hubiese hecho como que no me conocía?

¿Si soy yo a la que tacha de acosadora? ¿Te habrías quedado mirando mientras Fani escribe “Melania es una puta” frente a mi portal?

¿Me habríais humillado y seguido de camino a la facultad y a mi casa, como hicisteis con Vik?

—Yo no participé en eso…

Miente. Pude verlo el otro día en la cara de Vik y puedo verlo hoy en la de Laura.

—Puede que ni Vik ni yo tengamos una familia rica como tu novio o como todos ellos, pero es evidente que el dinero no lo compra todo. —Me termino la coca cola sin demasiadas prisas y me levanto—. Al menos la humanidad está claro que no la compra.

Dejo un par de monedas sobre la mesa y me pongo el abrigo.

—Dile a David que estoy más que encantada de no volver a verle en lo que me queda de vida. Ni a él, ni a ninguno de vosotros. Te deseo toda la suerte del mundo con Fer porque sin duda la vas a necesitar.

Sin esperar su réplica, me doy la vuelta y me voy. Al salir a la calle, hincho los pulmones de aire y sonrío. De repente, me siento más digna de la beret roja de mi tía.