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NICO
Escucho la voz metálica de Vik a través del telefonillo y abro la puerta.
Subo la escalera con parsimonia, sin poder evitar la tentación de detenerme en el segundo para preguntar cómo está Melania, pero lo descarto un instante después.
No solo está el hecho de que probablemente siga en casa de su tía, sino que creo que no sé ni con qué cara voy a mirarla la próxima vez que la vea.
Si se acuerda de algo de lo que pasó anoche, la del próximo martes va a ser una clase muy incómoda.
Vik me recibe en pijama de franela rosa, con unas buenas ojeras y cara de haber dormido poco y mal.
—Creo que te hace más falta que a mí —le digo, enseñándole una bolsa de cartón que llevo en la mano y que lleva un táper lleno de escudella.
Ella lo coge y echa un vistazo al contenido, y veo que se le ilumina la cara. Su sonrisa se apaga casi tan rápido como ha aparecido.
—¿Quién lo ha preparado?
—Si te digo que lo ha hecho mamá, ¿me lo vas a tirar a la cara?
—Puede.
—Lo ha hecho la tía Dora.
Se queda mirándome con recelo, pero finalmente aprieta los labios, coge la bolsa y se dirige a la cocina. Me quito la chaqueta y la cuelgo en el perchero de la entrada antes de seguirla.
—Cómo se notan las estufas —digo sintiendo un notable cambio de temperatura en casa.
Vik se da la vuelta y me dedica una sonrisa que quiere darme las gracias, así que sacudo la cabeza en un “no tienes que darlas”. Veo que saca dos platos y la detengo.
—No hace falta que prepares para mí. Estoy que exploto de la comida de hoy. Pero te acompaño un rato.
Me siento a la mesa y la observo mientras devora los garbanzos y las verduras. Ella nunca ha sido gran fan de la carne.
—¿Vas a decirme cómo estás o tengo que sacártelo con palanca? —le pregunto, apoyando la cabeza en mi mano y sonriéndole.
Ella pone los ojos en blanco y se ríe.
—Aunque no te lo creas, estoy bastante bien —dice—. Mejor aún ahora que me estoy llenando el estómago —sonríe y me muestra todos los dientes, entre los que asoma el montón de comida que tiene en la boca en ese momento.
—Me alegro de oír eso. —Me quedo observándola, en silencio, hasta que me pueden las ganas—. ¿Sabes algo de Mel?
—He hablado con ella hace una hora. Está bastante hecha polvo, además de tener un resacón brutal.
—Me lo imagino —río.
—No se acuerda de nada desde que se bajó una botella entera de tequila en un cuarto de hora. —Me mira y deja de comer—. No se acordaba de ti. Su tía le contó que estuviste durmiendo en su sillón y te quedaste hasta que ella llegó por la mañana.
—Te dije que no la dejaría sola —rebato, encogiéndose de hombros.
Ella salta hacia mí y en un segundo la tengo colgada en un abrazo, dándome un sonoro beso en la mejilla.
—Eres el mejor —me dice, apretando su cara contra la mía.
—Solo hice lo que cualquier tío decente haría —le digo, intentando quitármela de encima para poder respirar—, pero vosotras tenéis un imán para los gilipollas. De hecho, parece que tenéis exactamente el mismo gusto.
No puedo ni quiero evitar que suene como una crítica. Por suerte, ella se lo toma mejor de lo que esperaba y se ríe.
—Todavía me cuesta creerlo —comenta, sacudiendo la cabeza y masticando una cucharada de escudella—. ¿Sabes? Creo que lo de ayer me ha hecho abrir los ojos y darme cuenta de que no fue culpa mía.
—Por Dios, Vik, ¡claro que no fue culpa tuya!
—Supongo que me sentía como la cría más tonta del planeta.
Pero Mel no es ninguna tonta, y a ella también la engañó.
Seguramente a muchas más. No tengo muy claro si la imbécil de su novia rica es consciente o no de la cornamenta monumental que le ha puesto, pero ella es la que menos pena me da de todas. Se merece el novio que tiene.
—La próxima vez que te guste un tío, preséntamelo antes de meterte en la cama con él, ¿quieres? —le pido.
—¿Estás loco? ¿Qué quieres? ¿Espantármelos?
—Tengo que pasarle el escáner antigilipollas, porque el tuyo es evidente que está atrofiado. Y tampoco me fío del filtro de tus amigas.
Vik se echa a reír y casi se le escapan los garbanzos que tiene en la boca.
—Mmmm —gime, como si hubiese recordado algo de pronto—. ¿Y eso de que eres el profe de Mel? —Pongo los ojos en blanco y aparto la mirada—. ¡Me quedé flipando!
—Pues anda que yo… Ayer me pusisteis en una situación bastante embarazosa.
Si en la facultad se enteran de que fui con una alumna borracha a su casa y estuve a solas con ella durante horas —y la saqué desnuda de la ducha, pero eso mejor me lo callo—, podría meterme en un buen lío.
—Miro a Vik y suspiro—. ¿Mel no se acuerda de nada?
—De nada.
—Tampoco se acordaba de que tu hermano es su profesor de Ética, entonces.
—No se lo he dicho —dice Vik, metiéndose un trozo de pan en la boca sin dejar de mirarme.
Mi cara no esconde la sorpresa—. He creído que ya tiene bastante con enterarse de lo de su novio sin añadirle el bochorno extra de haberle vomitado encima a su profe —explica, guiñándome un ojo con complicidad.
—Tarde o temprano tendrá que enterarse —digo, suspirando.
—Y cuando lo haga, ¡me voy a descojonar!
—exclama Vik riéndose. Yo le dedico una mirada desaprobadora, pero termino por reírme con ella—.
Por ahora voy a darle unos días para que se calmen las cosas.
Creo que va a quedarse con su tía durante el puente, así que esperaré a que ella me llame. ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?
—¿Yo? Pues ahora que ya he cumplido con traerte la cena y asegurarme de que estáis todavía de una pieza —digo, levantándome y estirándome la ropa—, voy a llamar a la rubia espectacular a la que me hicisteis dar plantón anoche para ver si todavía tengo alguna posibilidad.
—Aaahhhh —exclama Vik con una sonrisilla interesada—. Mira qué calladito se lo tenía mi hermanito. Supongo que debería ir contigo para pasarle mi escáner de hermana menor antes de que te la lleves al huerto.
La miro con condescendencia y le sacudo la cabeza.
—Acábate la escudella, anda. Te llamo mañana.
—¡Recuerda! ¡Ponte el gorrito para evitar el sobrinito! —exclama entre risas mientras me pongo la chaqueta.
Le envío una mirada de reproche que la hace reír todavía más. Aún escucho sus carcajadas al otro lado de la puerta cuando la cierro detrás de mí. Bajo las escaleras mientras saco el móvil, pero apenas hay señal hasta que salgo del portal.
Busco el número que guardé anoche. Ni siquiera tenía un nombre propio bajo el que guardarlo, solo pone “Camarera cañón”. Me siento un poco sucio. Yo no suelo hacer las cosas así. Espero poder cambiar ese nombre pronto. Hago clic en el botón de llamada de camino hacia el coche.
—¿Sí?
—Buenas tardes. Llamaba para saber si todavía te queda alguna caña caducada que ofrecerme o si ayer se terminó toda después de irme.
La escucho reír al otro lado.
—Mira quién llama. Honestamente, creí que me habías puesto una excusa barata y que no te volvería a ver el pelo —contesta al otro lado de la línea.
—No sé a qué tipo de hombres estás acostumbrada. Yo soy un caballero. Y créeme que me dolió mucho tener que cancelar nuestra cita —le aseguro.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde te dolió exactamente? —pregunta, en tono juguetón. Sonrío. No me cuesta saber la respuesta a esa pregunta porque es la misma zona que me está apretando en este mismo instante.
—Un poco por debajo de la cintura, sobre todo —confieso.
—¿Y todavía te duele?
—Mucho.
Mucho, joder. Me duele mucho.
—Habrá que hacer algo para calmarte ese dolor…
—Necesito tratamiento urgente —aseguro—. Imagino que esta semana trabajas todas las noches.
—Así es —responde con voz resignada.
—¿A qué hora entras a trabajar? Me gustaría invitarte a comer.
—Entro a las seis. Acepto si me invitas mañana a un brunch en tu casa. Quiero dejar tiempo para la sobremesa.
—¿Te parece bien a las doce? Supongo que no querrás madrugar mucho.
—Me parece perfecto. Envíame la dirección por WhatsApp.
—Hecho. Hasta mañana, preciosa.
—Hasta mañana.
Cuelgo la llamada y me dan ganas de ponerme a dar botes como un crío en medio de la calle, pero me contengo.
Pongo los ojos en blanco cuando me doy cuenta de que otra vez se me ha olvidado preguntarle su nombre.
Parezco un maldito adolescente salido que solo piensa con la cabeza de abajo.
Mañana será lo primero que averigüe, prometido.
Saco las llaves, pero me quedo mirando el escaparate sobre el que se ilumina una gran cruz verde al otro lado de la calle. Guardo las llaves y me dirijo allí. Mi hermana tiene razón, tengo que comprar condones.