–40–
MEL
Me despierto con la boca pastosa y una sed brutal.
Siento los labios resecos y mi cabeza parece un tambor gigante que alguien aporrea cada vez que me muevo.
Parpadeo al percibir la escasa luz que entra a través de las rendijas de las persianas.
Entorno los ojos al no reconocer esas cortinas como las que adornan la ventana de mi habitación, y los abro al darme cuenta de que son las del cuarto de mi tía Nanni.
Me incorporo de golpe y mi cabeza entra en erupción, haciéndome gemir de dolor.
Efectivamente, estoy en el cuarto de mi tía Nanni.
Lo que no recuerdo es cómo he llegado hasta aquí.
Lo último que recuerdo… En realidad, lo último que recuerdo desearía poder olvidarlo.
Volver a dormirme y despertarme en una realidad en la que el último año solo hubiese sido un sueño.
Donde David nunca me hubiese engañado con otra y, sobre todo, donde yo no lo hubiese perdonado solo para enterarme después de que, en realidad, la otra soy yo.
Pero sé que esa es mi realidad. No ha sido una pesadilla, aunque ahora mismo tengo la sensación de estar viviendo una.
La puerta se abre y mi tía asoma la cabeza.
—Buenos días, Bella Durmiente.
Entra y me deja un vaso grande de agua y una pastilla sobre la mesilla.
—Imagino que necesitarás esto.
Me abalanzo a por ambos y me bebo todo el vaso del tirón mientras mi tía se sienta a mi lado en la cama. Dejo el vaso en la mesilla y me recuesto, agarrándome la cabeza con la sensación de que se me va a caer de un momento a otro.
—¿Qué hora es? —pregunto en un gemido.
—Casi las cinco de la tarde.
Me incorporo un poco y vuelvo a gemir. Ojalá el ibuprofeno haga efecto pronto.
—Creo que me alegro de despertarme en tu cama —digo—, pero la verdad es que no tengo ni idea de cómo llegué hasta aquí. Solo tengo flashbacks de haber soñado con mi profesor de Ética. Manda narices.
Mi tía se ríe.
—Ya me advirtió tu príncipe rescatador de que seguramente no te acordarías de nada —dice, dejándome con un palmo de narices.
—¿Mi qué? —balbuceo.
—El chico que te trajo aquí y que se quedó a cuidarte hasta que yo volví a casa a las ocho de la mañana. Me lo encontré dormido en la butaca, vestido solo con la cazadora. Intuyo que la camisa llena de vómito que me encontré en una bolsa en la cocina era suya también.
Escondo la mitad de mi rostro detrás de las manos y miro a mi tía por encima de ellas, muerta de vergüenza.
—¿Te dijo quién era? No me acuerdo de nada. Mis lagunas empiezan cuando salí dando tumbos del bar de la Calle Tallers y solo recuerdo a Vik.
Ella asiente.
—Me dijo que era su hermano.
—¿Nik? —pregunto.
—El se presentó como Nico, pero supongo que es el mismo.
Yo me hundo más, cubriéndome con la manta.
—Vaya presentación memorable. Menuda imagen se habrá llevado de mí.
—Sospecho que bastante completa, teniendo en cuenta que lo único que llevas puesto es un albornoz.
Levanto el edredón y la miro alarmada.
—Tranquila. Al parecer, le vomitaste encima al pobre, además de dejarme el baño hecho un cristo.
Me explicó que te caíste en la ducha y te puso el albornoz para poder sacarte de allí —dice mi tía, mientras yo me hundo más bajo el edredón.
¡Qué vergüenza!—. Creo que fue todo un caballero. Ya no quedan muchos de esos… ¿Verdad?
Mi tía me dirige una mirada larga que me hace suspirar.
—Nico no me ha contado mucho, pero por lo poco que me ha dicho, intuyo que se trata de David —me dice, apretándome la mano con cariño.
En ese momento no aguanto más y se me desbordan las lágrimas. Mi tía se sienta detrás de mí y deja que me abrace a su cintura. Me escucha mientras le cuento todo. No me juzga. No habla. Ni siquiera nos miramos. Solo se limita a acariciarme el pelo.
—Me siento como una estúpida. Cuando Vik me enseñó la foto de su ex…
Una parte de mí quería gritarle y culparla a ella.
Llamarle de todo, igual que esas chicas nos hicieron en el baño de la discoteca.
Cualquier cosa con tal de no creer lo que tenía delante de las narices, a pesar de que todas las piezas que llevo meses viendo encajaban a la perfección.
Al menos tuve dos dedos de frente como para no hacerlo.
No me perdonaría haberme portado tan mal con ella cuando ella se ha portado tan bien conmigo.
—Ella y su hermano.
Me incorporo y asiento con la cabeza, intentando secarme las mejillas.
Mi tía me coge el rostro con sus manos y hace el trabajo que yo no soy capaz de hacer.
—Ese chico no se merece ni una sola de tus lágrimas —dice mi tía con firmeza—.
Nunca me dio buena espina ni me gustó cómo te trataba.
Sabes que nunca me hizo gracia que volvieras con él, pero era tu decisión y la respeté.
Eres tú quien tiene que darse cuenta de las cosas.
Sé que te duele y es normal, pero espero que, después de esto, hayas abierto los ojos lo suficiente con David.
Vuelvo a asentir y pongo los ojos en blanco, dejando escapar una breve carcajada.
—Si con esto no he aprendido la lección, es que soy gilipollas.
—Bien —dice Nanni, levantándose—. Ahora busca algo de ropa en mi armario y ven. Te he preparado un poco de sopa de pollo que te vendrá bien para el resacón. Ya sabes, se habla mejor con el estómago lleno.
Me levanto y cojo unas bragas y un chándal de mi tía. No puedo evitar que me corroa la vergüenza de imaginar el espectáculo que debí de dar anoche. Me siento fatal con Vik y su hermano, y en algún momento tendré que disculparme con ellos.
Cuando salgo al salón, dejo escapar un resoplido al ver que mi tía está desenrollando el dichoso puzle de marras, pero en el fondo lo agradezco.
Aunque me escueza, tengo que enfrentarme a todo lo que pasó anoche y a lo que significa, porque ahora mismo no tengo ni idea de qué voy a hacer de aquí en adelante.
Cojo mi taza de sopa y me siento en el sofá.
—Vaya. Ya nos queda bastante poco —observo al ver que quedan solo tres huecos de mediano tamaño y unas cuantas piezas esporádicas por rellenar.
—Sí, creo que estamos muy cerca de terminarlo —dice mientras se sienta y me da una de las cajitas con piezas sueltas volteadas con el dibujo hacia arriba—. Y bien… ¿Qué vas a hacer?
Sé que no se refiere al puzle, sino a David.
Doy un sorbo a mi sopa y el calor en mi garganta me relaja un poco.
—No lo sé —admito. Veo que me mira arqueando una ceja y me apresuro a especificar—.
No voy a volver con él, obviamente —le aseguro—.
Pero no sé cómo actuar con todo esto. Por una parte, quisiera tenerlo delante para llamarle de todo y darle el bofetón que se merece, no solo por lo que me hizo a mí, sino también por lo que le hizo a Vik. Pero por otro lado, no quiero verlo.
—¿Tienes miedo de que, si lo ves, él vuelva a ablandarte y termines por caer otra vez?
—¿Qué? ¡No!
Mi tía me pone cara de circunstancias y me doy cuenta de que no me cree.
—¡Que no, Nanni! Dios, ¿tan bajo he caído que piensas que podría perdonarle después de todo esto?
—Mel, te llevó a Valencia engañada y te dejó sola con una indigestión de campeonato para irse con sus amigos de fiesta.
El hermano de Vik se pasó la noche durmiendo en una butaca para asegurarse de que estabas bien aun sin conocerte de nada.
¿Ves la diferencia? Solo eso de por sí ya era una bandera roja del tamaño del Camp Nou, pero tú elegiste no verla.
Solo es un ejemplo de las burradas que le perdonaste a David.
Y eso sin mencionar siquiera las infidelidades.
Dejo escapar el aire que me acabo de dar cuenta de que estaba conteniendo y bajo la cabeza, sacudiéndola.
Sé que Nanni tiene razón y no se me ocurre ni siquiera una excusa para mi falta de dignidad.
Siempre me preguntaba cómo algunas de mis amigas podían dejar que sus novios las pisoteasen de esta forma, y aquí estoy yo, sintiendo que me han pasado por encima con una apisonadora.
Lo peor es que tengo la amarga sensación de que he sido yo quien la conducía y eso me duele todavía más.
—No sé cómo pude estar tan ciega —me atrevo al fin a decir en voz alta—. Siempre creí que, si me veía en una situación así, ni siquiera me haría falta que los demás me lo dijesen. Que sería capaz de ver a un gilipollas a kilómetros. Estoy tan decepcionada conmigo misma…
Mi tía se queda mirándome, pensativa.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dice colocando la pieza que tiene en la mano sobre el tacón de Italia.
Asiento y trago saliva.
—¿Realmente estás enamorada de David? ¿O es más bien que tenías la esperanza de que él fuese tu pasaporte para poder independizarte e irte de casa de tu madre?
Las dos nos miramos durante un rato en el que sus palabras se repiten en mi cabeza.
—Ese era el plan… —confieso—. Tenía la esperanza de que, ahora que David está trabajando en la empresa de sus padres, nos fuéramos a vivir juntos pronto.
—¿Y cuánto estabas dispuesta a pasarle con tal de que eso se hiciese realidad?
Escondo mi vergüenza tras las manos y sacudo la cabeza.
—Me siento atrapada, Nanni. No quiero seguir más tiempo en casa de mi madre. O discutimos o nos pasamos el día en un silencio tenso. No hay término medio. Y ahora mismo no sé qué hacer con mi vida. David era lo único que me daba una dirección clara en la que ir…
Me siento tan desesperada que tengo la sensación de que mi mirada le está suplicando ayuda. Sí, es cierto. David era mi pase de oro. Y por desgracia, no tengo plan B.
Entonces, mi tía Nanni hace lo último que esperaba que hiciese.
Sin que lo vea venir, se levanta, agarra ambos extremos de la alfombrilla verde sobre la que descansa el puzle, casi terminado después del mes y medio que llevamos haciéndolo juntas, y la sacude con fuerza.
Mi cara es un poema mientras veo volar piezas en todas direcciones.
Me quedo mirándola con una mezcla entre incredulidad y rabia contenida, con la pieza que estaba a punto de colocar todavía en la mano.
—¡¿Pero qué coño?! —le grito, sintiendo que me puede el cabreo—. ¡¡Estaba casi acabado!!
—¿Y?
—¿Cómo que y…? ¡Joder, Nanni! Después de tanto tiempo, ¡quería verlo terminado! Creí que íbamos a enmarcarlo.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? ¡Porque nos ha llevado un montón de esfuerzo!
—Pero a ti no te gustaba. ¿O sí?
—Bueno, no, pero…
—No era exactamente de tu estilo. Lo dijiste desde el principio. ¿Sí o no?
—Sí, pero invertí mucho tiempo en él. Quería verlo hecho.
—Pues vuelve a hacerlo.
—¿Qué? Menudo coñazo. No me apetece nada volver a empezar desde cero.
—Es difícil volver a empezar. Puedo ayudarte, pero en un mes volveremos a estar en el mismo punto.
Lo terminarás solo por poder decir que lo has terminado.
Y solo por eso, te obligarás a enmarcar y a colgar algo en tu pared que no te gusta ni es de tu estilo, pero que te sientes obligada a tener para poder decirte a ti misma que lo conseguiste, aunque constantemente te recuerde lo poco que te gusta verlo.
Si quieres mi opinión, deberías empezar un puzle nuevo.
Uno que de verdad te guste, que encaje contigo, y que cuando lo termines y lo cuelgues, puedas mirarlo todos los días y sonreír.
Y allí, sentada entre las piezas desperdigadas que representan mi relación con David, soy consciente de que la conversación hace mucho que dejó de tratar de puzles.