Bajo todos tus sombreros –39–
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NICO

Estoy en la cocina, intentando por todos los medios limpiarme los restos de la cena de Melania de mi camisa con toneladas de servilletas que he encontrado en un cajón.

Está tan empapada en jugos gástricos que termino por quitármela y meterla en una bolsa.

Vuelvo sobre mis pasos para intentar dar con el baño y poder asearme un poco y, al pasar frente al cuarto en el que he dejado a Melania tirada sobre la cama, veo que no está.

—¿Mel? —la llamo, alarmado.

Por toda respuesta, escucho una serie de gemidos guturales y bastante desagradables provenientes de la última puerta.

Me apresuro y la veo colgada del retrete, echando el resto de la cena que no me he llevado yo.

Me coloco tras ella y le retiro el pelo de delante de la cara —demasiado tarde a juzgar por la sensación húmeda y viscosa que siento en la mano derecha—, agarrándola de la frente para ayudarla.

—Mejor fuera que dentro —le digo, intentando animarla, mientras ella mezcla arcadas con sollozos y gemidos a partes iguales.

Cuando por fin termina de vomitar, rompe a llorar, sentada como está en el suelo.

—Soy una estúpida… —solloza—. Mi madre tenía razón. ¿Cómo puedo ser tan estúpida? —repite.

Me parte el alma verla así. Porque ninguna mujer se merece acabar una noche de esta forma, y también porque me imagino a Vik en su misma posición hace unos meses y se me rompe todo por dentro. Y para más inri, por el mismo malnacido.

Me siento junto a ella, le acaricio la mejilla y alzo la barbilla para que me mire.

—No digas eso. No eres una estúpida. Pero has dado con un imbécil, igual que Vik. Y si ese desgraciado ha elegido a esa rubia pija cuando pudo haber tenido a cualquiera de vosotras, creo que se merece mucho más el apodo de borrego que yo.

Mel se me queda mirando y se tapa la boca para intentar contener una carcajada, pero apenas puede y se escapa tras su mano. Sin que lo vea venir, se recuesta junto a mi cuello, pero la magia dura tan solo un segundo antes de que se aparte y me mire, sorprendida.

—¿Por qué te has quitado la camisa? —me pregunta, seria.

—Porque me has vomitado encima.

Abre los ojos como platos y se lleva la mano a la frente de forma exagerada.

—¡Oh, Dios…! Le he vomitado encima a mi profesor de Ética… —gime, cubriéndose la cara con las manos para ocultar su vergüenza.

—Mejor piensa que le has vomitado encima al hermano de Vik. Será más fácil para los dos —le digo, apartándole las manos para verla a la par que le guiño un ojo.

Asiente y se queda mirando sus piernas.

—Creo que también me he vomitado encima a mí misma. Tengo que darme una ducha.

La miro, dudoso. Es cierto que está un poco más fresca que antes de haber vomitado, pero aún tiene una borrachera del copón.

—¿Seguro que serás capaz? —pregunto, inseguro.

—Pues claro que sí. Doy asco. Aquí hay toallas —dice, abriendo una puerta del armario del lavabo y sacando una toalla.

—Está bien. Estaré fuera si necesitas algo.

La dejo sola para que se dé una ducha rápida y aprovecho para volver a la cocina y asearme, ya que de mi olor a chico Boss ya no queda ni el recuerdo.

Me embadurno el tronco en Fairy y lo aclaro como puedo sobre el fregadero.

Tras secarme con un paño de cocina, miro el reloj de la cocina.

Son las cuatro en punto. Dejo escapar un suspiro resignado y saco el móvil.

Busco el contacto de la rubia y le envío un audio por Whatsapp.

—Hola preciosa. Créeme que me duele en el alma tener que cancelar nuestra cita de hoy, pero he tenido un contratiempo. Espero que me perdones el plantón y me des otra oportunidad de ver ese tatuaje. Voy a soñar con él.

Acabo de pulsar el botón de “enviar” cuando escucho un estruendo y un grito provenientes del baño. Ni siquiera tengo claro cuál ha venido antes y cuál después. Alarmado, echo a correr y, en un segundo, abro la puerta sin siquiera pensarlo.

Me quedo de piedra al ver a Melania desnuda, despatarrada en el suelo de la bañera, con las piernas hacia arriba e intentando levantarse sin conseguirlo. Al verme de pie, mirándola, grita y se cubre el pecho con una mano, por lo que vuelve a resbalarse y se da un golpe en la cabeza contra la pared.

—Mierda, ¡lo siento! —exclamo, lamentándome de mi torpeza.

Aparto la mirada y busco a mi alrededor. Cojo la toalla que ella había sacado del armario y la extiendo, echándosela encima. Cierro el grifo, que seguía abierto a una temperatura cercana a la del sol, y me agacho junto a ella.

—¿Estás bien? —le pregunto ayudándola a incorporarse.

—Casi —contesta frotándose el lado izquierdo de la cabeza.

—Te has dado un buen golpe. ¿Te has lastimado algo más?

—No, nada más.

Veo que hace esfuerzos por cubrirse con la toalla, que está empapada por el agua de la ducha y se le pega al cuerpo.

Me giro, echo un vistazo al baño. Hay un albornoz blanco colgado detrás de la puerta. Lo alcanzo y lo preparo para ella.

—Venga, póntelo para que pueda sacarte de ahí, anda.

La alzo en brazos y la llevo de vuelta a la cama, envuelta en el albornoz. Según la dejo en la cama, se gira y se encoge sobre sí misma, haciéndose un ovillo. Le echo el edredón por encima y me agacho en cuclillas frente a ella. Me mira, en silencio.

—¿Te vas a ir? —me pregunta en un susurro.

Le aparto un mechón de la cara y niego.

—No te voy a dejar sola —le aseguro—. Será mejor que descanses. Mañana vas a tener la resaca de tu vida.

Me sonríe casi sin fuerzas y cierra los ojos. No pasan ni dos minutos hasta que su respiración se vuelve más pesada. Yo me quedo allí un buen rato, mirándola, hasta que las piernas me empiezan a doler.

Aunque creo que ha hecho una buena limpieza de estómago, no me atrevo a dejarla sin observación.

Y, de todas formas, se me han quitado las ganas de sexo atrevido y sin compromiso esta noche.

De alguna forma, una parte de mí se ha sentido tan sucia como el hijo de puta que le ha hecho esto a mi hermana y a la chica a la que no puedo dejar de mirar mientras duerme sobre la cama de su tía, envuelta en un albornoz.

Yo también he jugado con varias chicas esta noche, aunque solo fuese en mi mente.

Sé que no es lo mismo, pero no podría disfrutar sabiendo que ellas van a pasar una noche de mierda.

Porque sé que ahora mismo Vik se está comiendo la cabeza, y también sé que mañana Melania se despertará para vivir una pesadilla.

Me pongo mi cazadora para cubrirme el pecho desnudo. Empiezo a tener frío. Me dejo caer en la butaca del dormitorio y saco mi móvil. Le envío un audio a mi hermana:

—Hey, Vik. Perdona por no avisarte antes, tuvimos algunas dificultades técnicas, pero Melania ya está metida en la cama y durmiendo como un tronco en casa de su tía. Mañana no hagas planes para cenar. Me paso por tu casa a las ocho.

Lo envío sin quitarle el ojo de encima al bulto que se eleva acompasado bajo el edredón, y pronto me quedo dormido en la butaca.