Bajo todos tus sombreros –38–
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NICO

Esta noche empieza a parecerme de Ciencia Ficción.

Mientras saco a Melania del coche, me reafirmo en que jamás habría visto venir tal giro de los acontecimientos.

Si hay alguien ahí arriba, sea un ángel de la guarda o el espíritu del universo personificado, esta noche está tumbado en el sofá, observándome y comiendo palomitas mientras se parte el culo.

—De acuerdo, señorita. Dime portal y piso —pregunto, cerrando el coche mientras intento que ella no se me caiga.

—Ese de allí —responde apuntando con la mano. Ese simple gesto casi la hace perder el equilibrio, y se agarra a mi brazo para recuperarlo—. Uh… profe… vaya bíceps.

Me sonríe. Está completamente despeinada y, aun en su palidez, la sonrisa hace que sus mejillas se iluminen, dándole un aspecto encantador.

—Vamos, anda —digo, riéndome—. Espero, por tu bien, que mañana no te acuerdes de nada. Aunque si lo haces me voy a divertir un buen rato viéndote la cara. ¿Qué piso es? —pregunto al llegar a su altura.

—El tercero, pero espera, tengo llaves —dice, levantando su bolso.

—Será mejor picar —digo, pulsando el botón del tercer piso.

—Probablemente mi tía no esté en casa —balbucea Melania mientras mete la mano hasta el fondo de su bolso y rebusca. Veo su cuerpo desviarse lentamente y advierto que ella ni siquiera se da cuenta de que se está cayendo hasta que yo la atrapo y la pego a mí.

—No te me escapes —rio, sujetándola de la cintura.

—Aquí están las llaves —dice con expresión victoriosa.

Esperamos un rato y nadie abre. Genial. Esto me está complicando la noche.

—Te lo dije —me advierte, con una exagerada sonrisa condescendiente.

La veo hacer esfuerzos por intentar meter una llave en la cerradura y se las quito de las manos.

—Trae, anda.

Abro y la ayudo a subir el escalón, rogando por que el edificio tenga ascensor.

Por supuesto, no lo tiene.

Me quedo mirando la boca de las escaleras con pesar.

—Pues nada, habrá que ponerse prácticos —digo antes de agacharme frente a Melania para echármela al hombro.

Ella deja escapar un grito y se empieza a reír como una chiquilla en un parque de atracciones. Casi prefiero eso a que me vomite encima. Solo espero que no despierte a todos los vecinos del edificio.

Mis visitas al gimnasio no son tan habituales como deberían para poder llevar a cabo semejante hazaña como lo harían los protagonistas de las pelis, así que cuando por fin llegamos al rellano del tercero, estoy a punto de arrastrarme por el suelo y echar la lengua afuera.

Afortunadamente, Melania está demasiado borracha como para que tenga que guardar la compostura y hacerme el macho frente a ella.

Abro la puerta y enciendo la luz de la entrada.

—¿Hola?

Si su tía no se ha despertado con el timbre, mucho menos lo hará con un simple “hola”, pero por intentarlo que no quede. Cierro la puerta y, tras recuperar el aliento, cojo a Melania en brazos. Mi espalda me va a matar mañana.

La meto en la primera habitación que encuentro y la dejo sobre la cama.

Ella se cuelga de mi cuello y me retiene.

—No te vayas.

La miro bajo la escasa luz del pasillo que se cuela en el cuarto a oscuras. El brillo en sus ojos me da a entender que ella también me devuelve la mirada. Me sonríe. Una sonrisa leve, tanto que casi me hace olvidarme de la borrachera que lleva encima. Joder, es preciosa.

—No me voy a ir… todavía. Deja que te quite las botas, anda.

Ella me suelta, estirándose como una gata sobre la cama, sin borrar esa sonrisa satisfecha y somnolienta que da la embriaguez.

Desvío mi mirada a sus piernas, que se pierden bajo la minifalda a poca distancia de sus caderas, y dejo escapar un suspiro prolongado. Esas piernas espectaculares que me han estado tentando toda la clase de hoy.

Cierro los ojos y tomo aire, frotándome la boca y maldiciendo a mi mala suerte.

Dejo escapar el aire y deslizo mi mano bajo su rodilla para alzar su pierna.

Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para centrarme en la cremallera de la bota y que no se me escape la mirada hacia la tela de sus bragas, que ha empezado a asomar bajo su falda, y que es de encaje en colores beis y negro.

Y yo no debería saber eso, pero lo sé, y empiezo a recitar de memoria todos los álbumes de Pink Floyd para no pensar en que mi quebrantahuesos ha salido del nido y me está pidiendo comida a gritos.

Voy por The Dark side of the Moon cuando por fin termino de quitarle la segunda bota y me pregunto cómo coño he tardado ocho discos en quitar dos botas.

Cuando levanto la vista, veo que Melania se ha incorporado para quitarse el abrigo y está empezando a desabrocharse la blusa, bajo la que asoma un sujetador de encaje en el mismo color que las bragas que yo no debería haber visto.

—Mierda —murmuro—. No, no, Melania, para.

Le aparto las manos y ella protesta en un gemido, más dormida que despierta.

—Tengo mucho calor… —gime.

—Solo necesitas descansar.

Se vuelve a colgar de mi cuello y tengo que echar un brazo alrededor de ella para no caerle encima.

—Melania…

—Quédate conmigo… mi borreguillo —dice soltando una risita.

—Por Dios, mujer, estás como una cuba —rio dejando caer mi frente contra la suya.

Mis ojos se van a sus labios, entreabiertos, todavía sonrientes.

Incluso con la poca luz que hay, destacan contra la palidez de su cara.

Unos labios preciosos que me apetece besar.

Me apetece mucho. Sacudo la cabeza siseando y aparto la vista, con la mala suerte de irla a posar sobre la piel de su escote, que se pierde bajo los botones abiertos de la blusa hasta llegar a su sujetador, formando unas curvas que invitan al pecado.

Mi quebrantahuesos está deseando pecar. Llevo demasiado tiempo sin hacerlo y han sido demasiadas tentaciones en una sola noche.

Mi maldito espíritu del universo se lo está pasando en grande.

Me ha dejado el plato fuerte para el final.

El boss del videojuego: el manjar más apetecible y el único de los tres que no me puedo comer bajo ningún concepto.

—Me lo estás poniendo muy difícil —me quejo, mirando hacia arriba, como si pudiese hablarle a mi maldito ángel de la guarda.

Entonces, Melania se incorpora bruscamente y su cuerpo se sacude en una arcada de la que apenas me da tiempo a retirarme para no recibirla en la cara.

El aire se impregna de olor al vómito que se desliza por mi pecho empapando mi camisa de la suerte con los fluidos corporales equivocados.

Tardo unos instantes en salir de mi estupefacción.

—Esto lo hace mucho más fácil, gracias —digo, agradeciéndole al cabrón de mi ángel de la guarda el corte de rollo brutal que me acaba de enviar.