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NICO
La noche está siendo espectacular. Me lo estoy pasando en grande con Biel y las chicas. Hemos ido a otro local, donde ponen música española pop, y llevamos un buen rato haciendo el payaso.
Anabel no ha vuelto a hacer ninguna insinuación, aunque no hemos dejado de bailar juntos en toda la noche, al igual que con sus amigas. Sin complicaciones. Sin malos rollos. Creo que me va a gustar la treintena.
Estoy a punto de ir a pedir otra cerveza a la barra cuando siento una vibración en el trasero. Saco el teléfono móvil del bolsillo y veo que es una llamada entrante de Vik.
Me miro el reloj de pulsera, extrañado. Son casi las dos y media de la madrugada. Esto no puede ser bueno.
Apuro el paso hacia la salida del local para alejarme del ruido y descuelgo la llamada.
—Vik, ¿qué pasa?
—Siento llamarte a estas horas, Nik.
—Sabes que puedes llamarme a la hora que sea. Siempre. ¿Qué ocurre? ¿Dónde estás?
La oigo resoplar al otro lado del teléfono.
—Estoy con Mel en la Plaça de Terenci Moix, cerca de mi trabajo.
—¿Qué demonios hacéis ahí a esas horas? ¿Estáis solas?
—Sí. Nik, no sé qué hacer. No tengo suficiente suelto como para coger un taxi, pero Mel no está en condiciones de caminar. ¿Podrías venir a buscarnos?
Se me quita el subidón de golpe. Miro el reloj y considero mis opciones. ¿Cuántas cervezas me he tomado? Tres. No son suficientes como para emborracharme ni de lejos, pero como me hagan soplar, igual doy. Me da igual. Es Vik. Ella no me pediría ayuda si no fuera una emergencia.
He dejado el coche aparcado a un par de manzanas. Podría ir a recogerlas y dejarlas en casa antes de las cuatro.
—Vale. En quince minutos estoy ahí. Veinte como mucho. ¿Crees que puedes llegar a la plaza de la universidad? Prefiero que estéis en un lugar con más gente.
—Puedo intentarlo.
—Nos vemos en la parada de bus que hay frente a la Mallorquina.
Cuelgo la llamada, entro para buscar mi chaqueta y me despido de Biel a toda velocidad. Solo tengo que decirle que se trata de Vik, y ya no insiste ni hace más preguntas. Que Melania está con ella, me lo ahorro. No tengo tiempo para dar explicaciones ahora.
Bajo las dos manzanas a la carrera y conduzco por las calles de Barcelona, bastante vacías a esas horas.
Distingo la silueta inconfundible de mi hermana sentada junto a otra chica contra el escaparate de la Mallorquina y detengo el coche a pocos metros de ellas, dejando espacio para los autobuses.
Me bajo mientras Vik se pone en pie y hace esfuerzos por levantar a su compañera de juergas.
Me basta un vistazo a Melania para saber que lleva una tranca de tres pares de narices.
—Lo siento, Nik. No sabía a quién llamar —me dice mi hermana.
—No te preocupes. Me alegro de que me hayas llamado a mí —le aseguro mientras me agacho frente a Mel. Le cojo el rostro con las dos manos y lo levanto, retirándole el pelo de la cara. Apenas puede abrir los ojos.
—Melania.
La llamo, sacudiéndola. Gime, pero apenas reacciona. Le doy un par de palmadas en la cara y al fin abre un poco los ojos. Vuelvo a decir su nombre, a moverla y a palmearla.
—¿¡Qué!? —exclama, abriendo los ojos, molesta. Entonces me ve. Me mira, y me ve. Y aun con toda la borrachera que lleva, me reconoce.
—¡Anda! ¡El borrego! —se ríe, y a mí me queda clarísimo que me reconoce—. ¿Y tú qué haces aquí?
—Una buena pregunta —le digo mientras le paso el brazo bajo las axilas para ayudarla a levantarse—. Vamos, corderito, arriba.
—¿Os conocéis? —pregunta Vik, confusa.
La miro de reojo y asiento mientras hago un esfuerzo por que Melania se mantenga en pie.
—Es mi profe en la facultad —dice Mel abrazándose a mí y sonriéndole a Vik. Apenas puede arrastrar las palabras.
—¡No fastidies! ¿En serio que eres su profesor? Vaya nochecita de sorpresas. Esta ciudad es un puto pañuelo —dice Vik, flipando.
—Es mi profe de Ética, ¡qué apropiado para hoy! —especifica Melania pasándome una mano por la mejilla—. ¿A que es mono? Y huele tan bien… Es un profe cañón.
No sé si ruborizarme o echarme a reír. Mi hermana se ha quedado pasmada.
—Joder, Mel, ¡que es mi hermano!
Ahora es el turno de Melania para quedarse petrificada. Mira a Vik y me mira a mí, y vuelve a mirarla a ella, y me vuelve a mirar a mí.
—¿Tú… eres Nik? —balbucea con la voz enlentecida por la borrachera.
Alzo las cejas y asiento.
—Eso parece.
Se queda mirándome con los ojos muy abiertos y, de repente, explota en carcajadas. Se ve que la situación le parece de lo más graciosa. Se ríe tanto que se dobla por la cintura y se habría caído si yo no la hubiese sujetado.
—Hechas las presentaciones. Hora de irse a casa —digo, alzándola en brazos y cargándola hacia la puerta trasera del coche—. Vik, ábreme la puerta.
La meto en el coche, no sin dificultad, y arranco poniendo rumbo a Sant Andreu.
Vik se ha sentado en el asiento de atrás con ella.
—Mantenla sentada —le digo—. No la dejes tumbarse.
—Rebusco en la guantera y le paso un rollo de bolsas de basura pequeñas que siempre llevo porque ya he pasado unas cuantas borracheras de Biel—.
Ten una preparada, por si vomita. Que esperemos que así sea.
Le vendría bien. —Las miro por el retrovisor y observo preocupado a Melania. Está bastante pálida.
—¿No deberíamos llevarla al hospital? —pregunta Vik, mirándome a través del retrovisor.
—¡¡¡NO!!! —grita Melania—. No quiero ir al hospital. ¡Estoy bien!
No lo está. Al menos está consciente, aunque estoy bastante seguro de que mañana no se acordará de nada de esto. Afortunadamente.
—¿Vas a ponerme al día? —pregunto, cruzando una mirada con mi hermana a través del espejo.
—No te lo vas a creer…
Durante los casi veinticinco minutos que dura el trayecto, Vik alterna los esfuerzos por mantener a Melania consciente y erguida, mientras me cuenta una historia digna de telenovela.
Cuando termina de explicar lo ocurrido, ninguno tiene palabras para añadir nada.
Los últimos cinco minutos de trayecto transcurren en el más absoluto silencio.
No pierdo de vista a Melania por el retrovisor.
Está tranquila, pero sé que está consciente y despierta.
Sé que ha escuchado todo lo que Vik me ha dicho.
Y lo sé porque puedo ver que sus hombros tiemblan, que solloza contra el cuello de mi hermana, que la consuela como si se estuviese consolando a ella misma hace unos meses.
Me paso la mano por los labios, nervioso, y aprieto el cuero del volante con rabia. Ojalá fuese el cuello de ese niñato y no el volante.
Al fin, detengo el coche justo delante del portal de mi hermana.
—Hemos llegado.
Mel se incorpora un poco y mira por la ventana.
—No… —gime—. No, no, no, no.
—Mel, no pasa nada, estamos en casa —dice Vik.
—¡No, Vik! No quiero ir a mi casa. No quiero que mi madre me vea. ¡No quiero que se entere! Por favor, ¡no quiero!
Está tan alterada que Vik me mira con desesperación, abrazándola e intentando calmarla.
—¿Qué hago? —me grita en susurros—. No puedo meterla así en su casa. Y tampoco puedo llevarla a la mía. Con la borrachera que tiene va a despertar a Martina y se liará la de Dios.
—Llévame con mi tía —suplica Mel—. Quiero ir a casa de mi tía Nanni. Por favor.
Bufo, frustrado, y miro mi reloj. Son las tres y veinte.
—¿Dónde vive tu tía? —pregunto.
—En el Carrer d’Arizala, en Les Corts —contesta, a la velocidad del rayo.
Vaya, vaya. Otra pieza del puzle que encaja en su sitio esta noche. Así que por eso estabas comprando café allí aquella mañana. El Carrer d’Arizala es perpendicular a mi calle. Parece que la tía de Melania y yo somos vecinos.
—Es al lado de mi casa. Pásala al asiento de adelante y sube a descansar, Vik. Yo me encargo —le digo a mi hermana.
—¿Estás seguro?
—No te preocupes. Sabes que no la voy a dejar sola. Te aviso en cuanto la deje con su tía.
Pasamos a Melania al asiento delantero y le ajusto bien el cinturón, antes de ponerme en marcha.