Bajo todos tus sombreros –36–
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MEL

A duras penas, he conseguido convencer a Vik para no irnos de vuelta a casa tan solo una hora después de haber salido. Dejó la discoteca en Aribau hecha un manojo de nervios, y yo sintiéndome completamente confusa por lo que acababa de pasar en el baño.

En este momento, lo último en lo que pienso es en ir a divertirnos, pero tengo la seguridad de que, si volvemos a casa, Vik se va a echar a llorar en cuanto pise su cuarto.

Y me niego a que nuestra primera noche de fiesta juntas termine con semejante mal sabor de boca.

Y si tiene que ser así, al menos quiero saber por qué.

Así que, tras una buena caminata para poner una distancia considerable con la zona cero, llegamos al principio de la calle Tallers y dejo que Vik me guíe hasta un bar al que yo seguramente habría considerado “antro” y al que nunca me habría metido.

Pero en aquel momento ella es quien necesita sentirse cómoda, y este es su mundo. Así que yo puedo adaptarme.

Nos sentamos en una mesa pequeña que hay en una esquina. En el local hay gente, pero no está abarrotado y el nivel de ruido es el justo. Aquí la gente no baila, sino que conversa alrededor de una cerveza o un par de chupitos.

El estilo de la gente es monocromo total, al igual que el de las paredes, repletas de discos y pegatinas de bandas de rock. Mi blusa beis llama la atención entre tanto negro, pero nadie parece inmutarse.

El camarero se acerca y saluda a Vik con familiaridad.

—¿Qué pasa, tía? No hay manera de sacarte de aquí. ¿Tú no tienes que trabajar mañana? Igual te compensa quedarte a dormir ahí detrás y ya vas de reenganche —bromea.

Su comentario consigue sacarle una sonrisa y se encoge de hombros.

—Ya ves —le contesta.

—¿Qué tomáis, chicas?

—Ponnos algo fuerte —se apresura a decir. Él alza las cejas, casi como si la interrogase con la mirada—, porfa.

—¿Queréis un par de tequilas?

—Va.

Yo no estoy muy acostumbrada a beber tequila, pero no me voy a echar atrás. Después de cómo nos trató aquella rubia de pelo plancha, estoy con ella hasta el final. Así que, cuando vienen los chupitos, me lo tomo y pongo una cara más agria que el limón que chupo después.

—Uf… vale, ahora que ya nos hemos chamuscado un poco la garganta… —empiezo—, ¿quieres contarme quién era esa imbécil que nos hemos encontrado en el baño de la discoteca?

Vik me mira y creo que lo hace con miedo.

—Ey —le digo, apretándole la mano con cariño—. Vik, no sé lo que te ha pasado con esas tías. Pero a la legua se ve que tú eres una chica genial y ellas no son más que un par de pijas de las que no me fiaría ni un pelo.

Sonríe y suspira.

—Esas tías son la razón por la que tú y yo somos vecinas —dice, para mi sorpresa.

—Bueno, entonces igual se lo tengo que agradecer.

Su sonrisa se vuelve más cálida y menos forzada.

—Hace medio año conocí a un chico por internet.

Los dos jugábamos al mismo videojuego desde hacía varios meses.

Ninguno de los dos llegábamos a ser adictos, pero tuvimos una temporada en la que coincidíamos casi todos los días.

La verdad es que yo empecé a jugar mucho más por él.

Me hacía ilusión cada vez que se conectaba.

Poco a poco, empezamos a jugar menos y chatear más.

De los chats pasamos a las llamadas de voz, donde nos dimos cuenta de que los dos vivíamos en Barcelona.

Luego intercambiamos perfiles de Instagram y la cosa se volvió un poco más real.

Cuando te imaginas al chico que hay detrás de un videojuego, te imaginas a un adolescente lleno de espinillas, con gafas y unos cuantos kilos de más.

Y en aquel momento me habría dado igual, porque yo había conectado con él a otro nivel.

Confiaba en él más que en ninguna otra persona.

En los meses en los que solo chateamos se convirtió en un pilar para mí.

Pero además de todo eso, Tekkan estaba bueno. Muy bueno…

—¿Tekkan?

—Era su nick. Así fue cómo nos conocimos, así que nunca dejamos de llamarnos así. El mío era VikiNoire, así que, por desgracia, mi identidad no quedó tan oculta como hoy me hubiese gustado.

—¿Qué pasó? ¿Os conocisteis en persona?

Ella asiente.

—El primer día que quedamos, me vino a buscar a la salida del trabajo.

Yo trabajaba en un supermercado en la zona de El Clot, en el mismo barrio en el que vivía antes.

Yo estaba en una nube, tía. Me colé por él como una tonta y eso que estéticamente no pegábamos.

A él no le iba mucho mi rollo, era un poco pijillo.

Pero, no sé, nos entendíamos bien. Sobre todo en la cama…

—sonríe—. O al menos eso pensaba yo. Estuvimos saliendo durante varios meses.

Quedábamos uno o dos días entre semana, como mucho.

Entre mi trabajo y que él casi nunca tenía tiempo los fines de semana, no podíamos vernos mucho más.

Él siempre tenía compromisos familiares. O eso decía.

Empiezo a imaginar por dónde va a ir la historia, pero la dejo continuar sin interrumpirla.

—Cuanto más tiempo pasaba, más me colaba.

Yo quería ir con él al cien por cien, por lo que empecé a proponerle que hiciésemos algo con sus amigos o con los míos.

Incluso me llegué a plantear presentarle a mi hermano.

Él siempre ponía excusas. Yo empecé a rayarme pensando que le daba vergüenza estar conmigo y se lo dije.

Para demostrarme que no era así, me llevó a pasar un fin de semana a casa de uno de sus colegas.

Pasamos un par de días allí con un par de amigos suyos y la novia de uno de ellos.

La verdad es que me sentí como un pez fuera del agua.

Los amigos estaban forrados de pasta y eran más secos que el Sahara.

Uno de ellos me cayó como el culo, pero la chica era bastante maja y sobreviví.

Creí que esa sería solo la primera y que quedaríamos más veces, pero no, volvimos otra vez a lo de siempre.

Quedábamos un par de noches a la semana, a follar, y nada más.

Entonces, su amigo gilipollas subió una foto a Instagram de una fiesta a la que habían ido y le etiquetó justo cuando yo estaba conectada.

En la foto aparecía Tekkan dándose el lote con una rubia de pelo liso… ¿Te suena?

—Me temía que iba por ahí la cosa… —admito—. Te entiendo. A mí también me han puesto los cuernos una vez y sé lo que duele.

Evito mencionar que es mi actual novio el que me los ha puesto porque en este momento creo que me sentiría tremendamente ridícula reconocer que a pesar de ello, he vuelto con él.

—Ojalá fuera solo eso —dice Vik.

—¿Qué pasó? ¿Le montaste un pollo?

—No estoy segura de quién se lo montó a quién —dice, con una risa nerviosa.

Noto que le tiembla la voz. Le aprieto la mano y me doy cuenta de que, en realidad, le tiembla todo el cuerpo. Levanto la mano en dirección al camarero y le pido que nos traiga otros dos tequilas.

—Cuando recibí la foto eran casi las dos de la mañana. No fue la única que subió su amigo en su perfil. Estaban de fiesta, y por las imágenes supe exactamente en dónde estaban, ya que el año anterior había trabajado de camarera en un pub de la misma calle. Así que cogí el metro y me planté allí.

Hace una pausa para tomarse el tequila de un trago. Sin limón, ni sal. Solo con su amargura, que a la legua se ve que es mayor que la del tequila.

—¿Sabes qué hizo cuando me presenté delante de él, agarrado como estaba a la rubia?

—Sacudo la cabeza—. Fingió que yo era una loca que llevaba meses acosándolo por internet.

Se inventó de todo en mi puta cara. Y lo peor fue que sus amigos, aquellos con los que habíamos pasado el fin de semana, también le siguieron el juego.

—¿¿¿Por qué demonios hizo eso???

—Porque resultó que la rubia de plancha es su novia. La de verdad. La que no esconde. La que presenta a sus amigos y la que se lleva a esquiar a Andorra con su familia.

Joder. Qué lleno está Barcelona de pijos que se van a esquiar a Andorra.

—Yo solo era un divertimento, un pasatiempo exótico.

Puro morbo, por decir que se ha tirado a una gótica, supongo —dice, y a mí se me retuercen las entrañas de la rabia al escuchar lo mucho que le dolió ser usada como una muñeca de moda en su voz—.

Lo peor es que la cosa no se quedó ahí. A partir de ese momento, su novia empezó a hacerme la vida imposible.

Averiguó dónde trabajaba y por dónde me movía y se pasaron casi dos meses convirtiendo mi vida en un infierno.

Entraban en el supermercado a comprar cualquier chorrada para poder pasar por caja y hacer comentarios ácidos en voz alta, o tirar algo para que yo lo tuviese que limpiar…

Cualquier excusa era buena. Me esperaban a la salida y me seguían, gritándome de todo y riéndose a carcajadas entre ellas.

Me dejaron pintadas frente al trabajo y mi casa, ya te imaginas el tipo de mensajes.

Para cuando llegaron a los empujones, yo me cansé.

Le escribí un correo a Tekkan pidiéndole que hablase con su novia para que me dejase en paz, o yo misma le enseñaría todas las fotos que tenía en mi móvil con él, a ver si seguía creyéndose el cuento.

Aun así, no me fiaba, así que, cuando mi amiga Ana me propuso que me fuese a vivir con ella, ni lo dudé.

Dejé el trabajo y me fui, esperando no tener que cruzarme más con ninguno de ellos.

Se hace el silencio. Dejo escapar el aire en un suspiro largo y junto las manos frente a la boca.

—Vik, me siento fatal ahora mismo por haber insistido en que fuéramos a esa discoteca.

Ella me sonríe y sacude la cabeza.

—No lo sabías. Y aunque lo supieras, tampoco podíamos saber que nos las íbamos a encontrar. Me he mudado de piso, no de ciudad. Sabía que tarde o temprano volvería a toparme con ellas. Supongo que tenía la esperanza de que pasase el suficiente tiempo como para que ya no se acordasen de mí.

—Dios, me dan ganas de cargármelas —digo, apretando las garras como si estrangulase al aire. Los dos tequilas y el cubata empiezan a subírseme—. Ellas sí que son unas auténticas zorras. No sé qué demonios hace Laura con ellas.

—Mel —me giro hacia Vik, que me mira muy seria—. Laura es la novia del amigo de Tekkan.

—¿Qué?

—Lo que has oído. Laura es la chica “maja” con la que pasé el fin de semana. Y aquel día me echó a los tiburones igual que los demás.

Me quedo paralizada.

—Espera, espera —digo, sumando dos más dos—. ¿Laura es la novia de…? ¡No jodas! ¿¡Tekkan es Cubi!?

—¿Cubi?

—¿Todavía tienes alguna foto de Tekkan en tu móvil?

—No. Las descargué en un pendrive por si acaso y las borré. Pero puedo encontrar su perfil en Insta desde tu móvil.

Saco el teléfono del bolso, lo desbloqueo y se lo paso. La veo buscar y hacer scroll por varios perfiles, hasta que encuentra uno.

—Aquí está.

La veo hacer clic en una foto de primer plano y me pasa el móvil.

Cuando veo la foto de Tekkan dejo de escuchar la música de fondo.

Ni el tintineo de los cristales. Ni tampoco las voces.

De pronto solo escucho mi propio pulso contra mis sienes y mi respiración.

Y los escucho tan fuerte que me resultan ensordecedores.