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NICO
Al final, Biel me convence para ir hasta el Triunfo, el local donde Anabel está de fiesta con sus amigas. La verdad es que, entre dos, poca fiesta se puede hacer, y mucho menos en un bar de pijos.
—Pero que sepas que a las cuatro te quedas sin compañero —le advierto tan pronto salimos del local y caminamos hacia las entrañas de Sarriá.
—¿A las cuatro? ¿Qué pasa a las cuatro?
Le sonrío y bailo las cejas de forma cómplice.
—Que he quedado con cierta camarera para que me enseñe su tatuaje en privado —confieso.
—¡Serás guarrillo! —exclama Biel dándome una palmada en la espalda y apretándome el hombro—. Empezaba a temerme que te hubieses oxidado del todo, pero veo que el viejo Nico está de vuelta. ¡Ya era hora!
—Honestamente, creía que esto de volver al mercado se me iba a dar fatal —reconozco—. Pero, ¿qué coño ha pasado desde la última vez que me fui de ligues? ¿Tanto ha cambiado la cosa?
—Bienvenido a la treintena, yogurín —dice Biel, mostrándome una sonrisa paternal—, donde las mujeres ya tienen claro lo que quieren y no se andan con rodeos. O, al menos, eso dicen mis amigas.
—Pues benditos treinta, tío.
Caminamos entre bromas y risas hasta el local y, cuando entramos, Anabel nos presenta a sus cuatro amigas, que llevan ya su buen puntito a base de mojitos.
Creo que ser el único hombre heterosexual entre un grupo de siete me convierte automáticamente en la estrella del circo.
Aunque mis hormonas —y mi quebrantahuesos— cuentan los minutos para que lleguen las cuatro y pueda escaquearme para ir a ver a la preciosidad rubia, reconozco que mi autoestima lo está disfrutando.
Las amigas de Anabel son tan simpáticas como ella y bastante de su mismo estilo.
Los que hemos salido unas cuantas veces con grupos de chicas, sabemos que hay una gran diferencia entre hombres y mujeres cuando salen en grupo.
Cuando la mayoría de los tíos salen de marcha juntos, lo hacen con dos objetivos claros: tajarse y mojar.
Los que no consiguen lo segundo, se conforman con lo primero y le dan apoyo táctico a los victoriosos, en caso de necesitarlo.
Las chicas, en cambio, son otro mundo. Ellas salen a dos cosas: a bailar y a divertirse.
Yo tengo que admitir que nunca he sido extremadamente hábil.
Biel dice que ligando soy igual que un oso comiendo salmones.
A pesar de tener garras y dientes, prefiero ponerme en mitad del río y abrir la boca a esperar a que algún pez entre solito en ella, y concentrar el esfuerzo en el último mordisco.
Mientras bailo una salsita con dos mujeres haciéndome el sándwich y rozando sus caderas contra la mía de forma voluntaria, pienso que hoy no me ha funcionado tan mal la técnica.
Me está subiendo la temperatura de tal manera que, si sigo así, voy a llegar junto a la rubia oliendo a feromonas y con la camisa de la suerte con estampado de camuflaje en tonos marinos por los lamparones de sudor.
Así que me aparto un rato del grupo y me voy a la barra a hidratarme.
Me pido otra cerveza, la segunda de la noche.
Aquí ya no hay ni caña, así que tengo que conformarme con un botellín.
—¿Ya te has cansado?
Me giro para sonreírle a Anabel, que me ha seguido hasta la barra.
—Vais a acabar conmigo —digo, sacudiendo la cabeza—. Hacéis que me sienta más viejo de lo que soy. ¿De dónde sacáis la energía?
Ella me mira ofendida, y me doy cuenta de que he metido la pata.
—¿Nos estás llamando viejas?
Uf, arenas movedizas. Más vale que te recuperes. Venga campeón, que hoy estás que ardes.
—Me fascina —le digo, haciéndome el sorprendido.
—¿El qué?
—La habilidad que tenéis las mujeres para intentar darle la vuelta a la tortilla y hacernos sentir culpables —afirmo, haciéndola reír—.
De eso nada, señorita. Nunca diría tal cosa.
De hecho, ni me acordaba de que me sacas algunos años.
Pero creo que vas a tener que enseñarme el carnet de identidad porque empiezo a pensar que me estás engañando.
Estás demasiado bien y te mueves demasiado para tener treinta y cuatro.
Tuerce el labio y me mira con los ojos entrecerrados, pero puedo ver que sonríe, lo que me confirma que no solo he salido del embrollo, sino que me he marcado un tanto con un cumplido. Entonces, Anabel se inclina hacia mí y su pierna roza la mía.
—El problema es que no me he traído el carnet. Ya sabes, por si me roban la cartera, al menos no perder los documentos. Pero… si me acompañas a casa esta noche, podría enseñártelo.
Me mira fijamente mientras da un trago largo a su copa y yo me quedo atrapado en su mirada. Mierda. ¿Cómo demonios he vuelto tan rápido a las arenas movedizas?
No soy tonto. La invitación es clara. Nos importa una mierda la edad que ponga en su DNI, tanto a mí como a ella. Una invitación a su casa a las tantas de la madrugada solo puede significar una cosa. Y mi pajarraco también lo sabe, porque se está empezando a emocionar.
Me doy cuenta de que su pierna todavía me está rozando y mis ojos bajan accidentalmente hasta su escote en el breve instante en el que ella los aparta de los míos para dejar el vaso vacío sobre la barra.
La curva que le hace el vestido a la altura del top me hace replantearme mis propias reglas. Al fin y al cabo, no es una estudiante. Ella es mayor que yo y lleva más años como profesora. Se podría decir que, en este caso, la víctima soy yo. Una víctima muy necesitada.
Nico, joder, contrólate.
¿Por qué el universo se ha empeñado en servirme hoy un auténtico festín de oportunidades? ¿Es que no pueden venir de una en una, repartidas a lo largo del mes?
—Me temo que esta noche ya estoy comprometido —digo, finalmente, sintiendo que mi quebrantahuesos se resiente—. Tal vez en otra ocasión.
Ella se muerde el labio inferior y se encoge de hombros, sonriendo.
—Otra vez será, entonces. Una pena… —susurra, antes de volver junto a sus amigas a bailar.
Me quedo mirándola irse de espaldas y suspiro.