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MEL
Vik y yo nos bajamos en la Diagonal y salimos del metro como si fuésemos a comernos el mundo.
Las dos estamos que lo rompemos, cada una a su estilo.
La verdad es que Vik me parece una chica guapísima, además de ser tan maja como es.
Aunque el estilo gótico-punkarra que se gasta no va conmigo, reconozco que a ella le queda como un guante y le sienta mejor.
Y aunque no es lo mío, hoy me he puesto una minifalda negra a juego con las botas de caña alta y el abrigo.
Eso sí, lo he compensado un poco con una blusa de manga y escote muy sueltos en tono beis, que en este momento no se ve bajo el abrigo.
Y para ir combinada con Vik me he puesto mi gorra de capitán, que está hecha en lana de varios tonos, predominantemente el rojo y el negro.
Hasta la he tuneado en el último minuto y le he añadido una tira de cuero negro para que sea más macarra.
Llegamos enseguida al Carrer d’Aribau , donde hay un montón de locales por los que sé que salen mis compañeros y por los que rara vez me paso.
Es la misma calle en la que vive David, pero su piso está más arriba, hacia la zona de Sant Gervasi.
Ni a él ni a Cata les va mucho este rollo y la mayoría de estos sitios se suelen salir de mi presupuesto.
Pero hoy me siento con ganas de acabar el día por todo lo alto y todavía me queda un poco de dinero de mi cumpleaños.
Mi tía y mi abuela Lani siempre aprovechan ese día para llenarme la hucha y, afortunadamente, no ha pasado el suficiente tiempo como para haberlo fundido todo en gorros nuevos.
—No puedo creer que me hayas convencido para esto —dice Vik mirando la entrada al local con pesar.
—Tú me has convencido para salir, yo elijo sitio.
—Pero, ¿tú no decías que no te hacían mucha gracia las discotecas?
—Lo que no me hace gracia es irme a tomar por culo para poder salir.
David siempre insiste en que nos vayamos de fiesta a Girona.
Nunca quiere quedarse en Barcelona, y mis compañeros de la facultad no paran de dar la tabarra con este sitio.
Quiero ver de qué va —contesto sonriendo y enganchándola del brazo.
Venga, a entrar. ¡Qué ganas! —exclamo, emocionada.
Dentro nos espera un ambientazo. Está lleno. La música a tope. De un solo vistazo, me suenan algunas caras de cruzármelos en el campus o en la biblioteca en temporada de exámenes.
La aglomeración nos da una bienvenida calurosa y enseguida nos sobran los abrigos.
—No está tan mal, ¿no? —pregunto.
Vik se encoje de hombros y alza las cejas.
—Supongo que no —reconoce—. ¿Vamos a tomar algo?
—Vamos.
Nos acercamos hasta una de las barras y, después de un rato considerable esperando, por fin nos sirven un par de gintonics .
Mientras los tomamos, bailamos y hacemos un rato el tonto. Nos quitamos de encima a un par de babosos que se acercan demasiado. A ninguna de las dos nos apetece nada ningún tipo de flirteo, así que a nuestra bola.
—Tía, me estoy meando —me dice Vik al oído, intentando hacerse oír por encima de la música de la discoteca—. Voy al lavabo.
—¡Te acompaño! —contesto.
No tengo ningunas ganas de quedarme bailando yo sola y perdernos la una de la otra, así que prefiero perpetuar esa gran tradición femenina que es la de ir al baño en grupo.
Los baños son enormes y hay un par de chicas retocándose el maquillaje. Mientras Vik va a hacer lo que no puede aguantar, yo me echo un vistazo en el espejo. A mi espalda, una chica sale de uno de los aseos y se pone a mi derecha a lavarse las manos.
—¿Laura? —exclamo—. Ella se gira hacia mí y se queda congelada al verme. Me mira con una cara que ni que hubiese visto un fantasma y se hubiese asustado. Igual me he pasado con el disfraz gótico—. ¡Soy yo! ¡Mel! —le digo, sonriendo.
—Mel… ¿Qué tal? —dice estirando los labios en una sonrisa.
Le doy un abrazo, pero su reacción me deja un tanto sorprendida. Juraría que la veo incómoda. Y eso no me gusta.
—Laura, ¿qué pasa? —digo, ensombreciendo la mirada.
—¡Nada! Mujer, ¿qué va a pasar? Es que no te esperaba —dice.
No me convence. Está nerviosa. Puedo notarlo. Apenas puede disimularlo.
—Es David, ¿verdad? —pregunto, apretando los dientes—. David está aquí, y no en Andorra con su familia, ¿no? Me la está jugando otra vez.
—¡No! No, no. Para nada. En serio. David está en Andorra y Fer también —me asegura—. Ninguno de los dos está aquí. Yo he aprovechado para salir con unas amigas.
Vale, ahora ha sonado más convincente.
—Entonces, ¿qué?
—No seas pesada —se queja—. No es nada, en serio. Es que casi no te reconocía. ¿Has venido sola?
—No, estoy con una amiga. Ahí viene —digo viendo a Vik salir del aseo—. Esta es…
Me paro en seco al ver cómo se miran las dos.
—No hace falta que nos presentes, Mel. Ya nos conocemos —dice Vik, que mira a Laura casi con odio. La otra, sin embargo, se ha quedado pálida como la pared.
—¿Puedo saber de qué os conocéis? —pregunto sintiendo que la tensión se puede cortar con un cuchillo.
—Mel, ¿podemos irnos de aquí, por favor? —me dice Vik, tirando de mi brazo.
—¡Anda! ¡Mira a quién tenemos aquí! ¡Si es la puta del Mercadona! ¿Qué pasa? ¿Se te han acabado los fracasados góticos con los que follar?
Me doy la vuelta hacia la voz que acaba de hablar y me encuentro con una chica rubia con el pelo liso como una tabla, enfundada en un vestido-cinturón y unos tacones altos.
Tenía la esperanza de que mi imaginación me hubiese jugado una mala pasada, pero por la forma en la que esa chica y Vik se miran, veo que no me he equivocado.
—¿Perdona? —le digo, sin poder evitarlo—. ¿Quién te crees para hablarle así a nadie?
La rubia se gira hacia mí y me mira como si acabase de darse cuenta de que existo, y en ese mismo instante ha decidido que le doy asco. Pues más o menos igual que ella a mí.
—Le hablo como me da la gana —replica en mi cara—, porque es lo único que se merece una zorra. Y si tú andas con ella, otra tal serás.
Siento que se me hincha la vena y salto hacia adelante. La rubia retrocede y puedo ver que, por un instante, la he hecho titubear, pero en cuanto se da cuenta de que Laura y Vik me han sujetado, se suelta a reír a carcajadas.
—Déjala, Mel —me suplica Vik—. No merece la pena, en serio.
—Mel, deberías irte. —Laura tiene el mismo tono. Pero ¿qué les pasa a estas dos?
—Hazle caso a Laura y agradece que te conoce, si no quieres acabar como tu amiga la puta —suelta la rubia.
Me giro hacia la novia de Fer y la miro, incrédula.
—¿Esta es tu amiga? —Me pone cara de circunstancias—. ¿En serio?
Vik tira de mi brazo y me vuelvo hacia ella. Me doy cuenta de que tiene los ojos rojos y está al borde de las lágrimas.
—Mel, vámonos, por favor.
Ese “por favor” le sale de tan dentro del alma que puedo leer su desesperación en esos ojos semiocultos bajo tanto maquillaje negro. Una desesperación que debería estar muy por encima de mi orgullo gallito y, por suerte, lo recuerdo a tiempo.
Me suelto del brazo de Laura con fuerza, dirigiéndole una mirada decepcionada, y cojo a Vik de la mano, guiándola fuera del baño mientras la rubia y la tercera de sus amigas corean nuestra “huida” a insultos.