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NICO
Esta noche estoy de buen humor. Tanto que hasta me apetece salir y darlo todo. Y creo que a mis hormonas también les apetece.
Me sorprendo a mí mismo recordando la falda escocesa que hoy traía puesta Melania, y las preciosas piernas que dejaba al descubierto…
y me pongo malo. Una pequeña parte de mí casi se arrepiente de haberle exigido que volviese a mis clases.
Por más que quiera negarlo, lo cierto es que me llama la atención.
Al fin y al cabo, me he tropezado con ella tantas veces que pareciese que el universo entero haya querido que me fijase en ella.
Es difícil no fijarse. Soy hombre y tengo ojos en la cara. No es la chica más espectacular de toda la promoción, pero para mí, es sin duda la más interesante. Al final, es una cuestión subjetiva.
Y todo esto delata lo necesitado que estoy de darme un revolcón y contentar a mis hormonas, antes de que me pasen factura y acabe pajeándome pensando en una de mis estudiantes.
Espero no caer tan bajo, pero me veo asomado al precipicio.
Así que esta noche pienso ponerle solución.
Biel tiene razón. Necesito un polvo y lo necesito ya.
Salgo de la ducha con la energía de un crío de tres años y me doy un buen afeitado.
Caigo en la cuenta de que estoy tarareando una canción de Bruno Mars y me quedo parado, pensando que paso demasiado tiempo con Biel.
De modo que voy al salón y repaso mi pequeña pero valiosa colección de vinilos.
Saco Get a grip de Aerosmith, y pongo el tema “Crazy”.
Si me tengo que poner cursi, al menos hagámoslo con clase y a mi estilo.
Termino con el barbeo, me pongo un poco de gomina, lo justo para que las greñas se queden donde están sin parecer que me ha lamido el pelo una vaca, y a vestirse.
Mi mejor camisa; sí, señor. La de la suerte.
Todos los tíos tenemos una, da igual de qué acera seamos.
Puede que no sea la más elegante, ni la más nueva, pero es esa camisa que nos ha acompañado en las fiestas más épicas, y la que ha desembocado en los mejores polvos.
Esos que vuelves a rememorar cuando estás más caliente que el pico de una plancha, como es mi caso ahora mismo.
Es una camisa azul marino, entallada, que me hace muchos más bíceps y pectorales de los que en realidad tengo, pero en este caso, el fin justifica los medios.
La combino con unos chinos negros, la cazadora de cuero y, hoy, doble ración del perfume que me regaló Vik el año pasado.
Mi hermana dice que soy un chico Boss, así que le haré caso.
Antes de irme, doy un repaso al piso y recojo a la velocidad del rayo todo lo que está fuera de lugar en el salón o en mi habitación, y que acaba metido de cualquier manera en el armario.
Tengo prisa, pero no vaya a ser que traiga a Cenicienta a mi casa y el desorden le corte el rollo. Hoy hay que minimizar riesgos.
Bajo las escaleras al trote y cojo mi coche para acercarme hasta el barrio de Biel. Me encuentro con él en la plaza de siempre, cerca de su casa.
—Uh, alguien se ha puesto mono —dice con su habitual tonito.
—¿Y Lucas? ¿No viene?
—¿Lucas de fiesta por Barcelona? ¡Qué va! Mañana me voy a pasar el puente con él a Girona. Así que hoy soy un hombre libre. —Le dirijo una mirada desaprobadora—. O casi —se corrige.
—Compórtate. Para un novio que te echas que me cae bien, no la jodas —le pido, con vehemencia.
—Quién me manda tener a un par de frikis como novio y mejor amigo. Al final vas a acabar liándote tú con él —bromea.
—Con esa colección que tiene en casa, no lo descarto —río, siguiéndole la broma—. Venga, ¿a dónde vamos?
—Anabel me ha dicho que va a estar con unas amigas en el Triunfo, por si queremos pasarnos.
Arrugo la nariz y tuerzo un poco la boca.
La idea de ponerme a ligar frente a Anabel no me acaba de convencer del todo.
No solo porque es una compañera de trabajo, sino porque a veces hace comentarios que me hacen pensar que Biel puede tener razón.
No es una mujer para hacerle ascos ni mucho menos, pero no quiero liarme con nadie del curro y, con las ganas que tengo, tal vez me falle la contención si se me ponen las cosas a tiro.
—¿Por qué no pasamos primero por el bar del otro día?
Biel me mira extrañado.
—¿Ese que decías que te da alergia de lo pijo que es?
—Sí, ese donde hay una camarera rubia que está para mojar pan —rebato.
Biel se me abraza y me da una palmada en el hombro.
—Ya sabía yo que te arrepentirías de no haberle tirado los tejos.
—Un error que pienso subsanar hoy —aclaro.
—Pues venga, vamos para allá. No se diga más.
Tras una caminata de diez minutitos, llegamos al local del otro día. A esas horas la gente todavía está estirando la sobremesa de la cena y la cosa está tranquila. No hay demasiado pijerío. Perfecto para mí.
Según entro no tardo en localizar a la camarera, que está distraída charlando con un grupo de clientes a los que está sirviendo.
Mientras Biel va a saludar a un conocido, me dirijo a la barra y me siento justo delante de donde ella está preparando las bebidas.
Me quito la cazadora, apoyo el codo en la barra y la cabeza sobre la mano, y la miro sin cortarme un pelo.
Hoy lleva una cola alta, lo que me deja apreciar a la perfección unos hombros desnudos bien bronceados.
Lleva un top sin tirantes que deja a la vista tanto el ombligo como el inicio de un tatuaje que he visto asomar en su costado cuando se ha estirado para coger una botella del estante.
Esta noche ha cambiado la minifalda por unos pantalones de cuero que le hacen un culo de infarto.
Me mira y que me parta un rayo si esa sonrisa de sorpresa que ha puesto no me tiene que dar alas.
—Mira quién ha vuelto por aquí… —dice—. El del “proyecto polvo”.
A tomar por culo las alas. Me las acaba de cortar antes de alzar el vuelo. Creo que mi cara es un poema y ella se echa a reír.
—Veo que te acuerdas de mí —digo, abochornado—. Voy a quedarme con lo positivo y no con lo vergonzoso.
Se ríe y me muestra una fila de dientes blancos perfectos.
—No hay muchos clientes que me pidan una caña por aquí. Si vienes más a menudo, conseguirás que no se nos caduque la cerveza —añade, guiñándome uno de sus espectaculares ojos azules. Joder, qué buena está—. ¿Te pongo otra cerveza?
Me pones como una moto.
—Bien fresquita, aunque esté caducada —contesto.
La sigo con la mirada mientras tira la caña y veo que me sonríe de reojo.
—¿Voy poniéndole un Negroni a tu amigo? —dice al dejar el vaso ante mí, cabeceando hacia Biel, que sigue charlando con sus conocidos.
La miro con expresión admirada.
—Vaya memoria. Estoy impresionado.
—Siempre me acuerdo de los chicos monos… Sobre todo de los que beben cerveza.
De pronto, el tono con el que me ha hablado y esa mirada sugerente hacen que me vuelvan a crecer alas. Soy precavido, así que esta vez son de pollo y no de águila, pero pensemos en positivo.
—Me da a mí que tú también eres más de Estrella Damm que de Margaritas… —le digo, mirándola con los ojos entrecerrados y una sonrisa ladeada.
Ella se inclina hacia mí y baja la voz.
—No te equivocas, pero hay que ganarse la vida aunque sea camuflándose entre pijos —confiesa—. De todas formas —dice mientras echa el contenido de la coctelera en un vaso y lo deja en la barra—, tampoco le digo que no a un buen Sex on the beach .
Sus ojos azules se me clavan, como si quisiera asegurarse de que he recibido el mensaje.
Ahora es cuando me siento recto. No porque quiera hacerme el interesante —que también—, sino porque de pronto me he quedado sin sitio en los pantalones de lo dura que se me ha puesto y necesito hacerle hueco al pajarito, que ya no es un águila, sino un maldito quebrantahuesos.
Ya no tenemos quince años, Nico. Sabemos leer las señales. Mensaje recibido. Toca mover ficha.
—¿Qué te parece si me cobras, aprovechas para anotarme tu número en el tique y, cuando salgas de trabajar, te invito a uno? Me encantaría que me contases qué es ese tatuaje que tienes en el costado.
Caballo negro a reina blanca.
No la pierdo de vista mientras introduce el precio de la caña más cara de Barcelona en el terminal de pago, pero no me importa. Hoy invierto lo que sea necesario. Mejor gastarlo en cañas que en papel higiénico.
Coge un bolígrafo debajo de la barra y garabatea un número. Yo siento que mi quebrantahuesos está agitando las alas de felicidad dentro de los pantalones.
—¿Y no prefieres verlo a que te lo cuente? Salgo a las cuatro. Llámame y tal vez pueda ayudarte con ese proyecto tuyo.
Me roza el brazo arremangado con la yema de los dedos y se me pone la piel de gallina. Joder, rubia, para, porque el pajarraco está punto de echarse a volar él solo. Soy un maldito salido. ¿En serio que esto se ha vuelto tan fácil ahora?