–32–
MEL
Cuando llego a casa después de clase, son ya las siete y media de la tarde.
Estoy de muy buen humor. En la última semana, siento que al fin las cosas están empezando a irme bien.
No sé cómo, pero me las he arreglado para arreglar el tremendo lío que se había hecho con mi profesor de Ética, al que ya no me sale llamarle borrego porque, la verdad sea dicha, es un borrego encantador.
Hoy ha sido mi tercera clase con él y casi me arrepiento de no haber ido antes, aunque Cata y Rober dicen que no me hubiese perdido nada, que antes del examen las clases no eran así.
Y es que ahora nos pasamos las horas haciendo debates y son increíblemente interesantes.
No sé cómo lo hace ese hombre, pero tiene una habilidad para moderar el debate de tal forma que, cuando he salido de su clase, no tengo claro ni yo si sigo teniendo la misma opinión que tenía cuando entré.
Desde luego, tengo la motivación suficiente para mantener e incluso subir ese notable.
Lo único que me tiene un poco triste es que tampoco podré ver a David en todo el puente.
Tenía la esperanza de hacer una escapadita con él a algún sitio, aunque yo no tengo un duro…
Me habría valido pasar estos días debajo de un puente si al menos estuviéramos juntos.
Pero parece que no podré verlo hasta el domingo.
Pero hoy no quiero que nada me estropee el buen humor. ¡Incluso me he puesto mi boina de la suerte! Así que dejo mis cosas sobre la cama, cojo las llaves y subo al cuarto a ver a Vik.
Me recibe con un delantal, llena de puré hasta en la frente.
—¡Ala! ¡Qué guapa vienes hoy! —exclama cuando me ve, vestida con mi falda escocesa beis, mi camisa blanca, el abrigo rojo y mi boina de pata de gallo en tono café. La verdad es que vengo hecha un pincel—. Será mejor que no te acerques mucho o Martina te va a dejar hecha un cuadro impresionista.
—No te preocupes. Por desgracia, hoy ya no voy a salir más. No pasa nada si me mancha.
La acompaño hasta la cocina, donde Martina da palmadas impacientes amarrada a su silla alta, pidiendo más puré. Vik se vuelve a poner al lío y hace un avioncito con la cuchara.
—¿En serio? ¿Lo del avioncito funciona? Creí que era un mito.
—Qué va tía. De mito nada. Generación tras generación, nos alimentamos a base de aviones de puré —ríe Vik, preparando el siguiente aterrizaje—. ¿Cómo es que no vas a salir hoy? Mañana es festivo. ¡Aprovecha!
—Sí, lo sé. Pero mi novio se va a pasar el puente a Andorra con su familia —le digo, no sin ocultar cierto fastidio—.
Y no le hace mucha gracia que salga de marcha sin él.
—Noto la mirada desaprobadora de Vik al instante—.
¡Que me daría igual! —Me apresuro a añadir—.
Pero mis amigos de la universidad también se han ido de escapadita… así que me he quedado sola.
—¿Seguro que te daría igual? —me pregunta levantando una ceja.
—Que sí, Vik —le aseguro—. Lo último que me faltaba era que también mi novio me tuviese recluida como una monja de clausura, por si no tengo suficiente con mi madre.
—Vale, entonces hoy nos vamos de marcha —dice, dando una palmada sobre la mesa.
—¿En serio? —pregunto, entusiasmada. La verdad es que la idea me encanta.
—Mañana es mi primer día libre desde que empecé a trabajar en la tienda y no he salido con una amiga desde hace demasiado tiempo. No pienso quedarme encerrada en casa como si tuviese cuarenta años. ¿Te apuntas?
—¡Pues claro! —exclamo—. ¿A qué hora vuelve tu compañera de trabajar?
—En una hora más o menos. Para cuando llegue, yo ya he puesto a la niña a dormir.
—¿Qué te parece si preparo algo de cenar para las dos en casa y así nos queda más dinero para cañas? —propongo.
—Hablas mi idioma, chica —replica ella.
—Hecho. Pues bajo a ver qué puedo hacer. En cuanto te quedes libre, ponte mona y baja —le pido, mientras me levanto y camino hacia la entrada.
—¡Hoy pienso llevar la gorra que me diste!
—¡Eso espero!
Abro y bajo las escaleras a toda velocidad, supercontenta. Salir de fiesta con Vik se me antoja como la mejor manera de poner el broche de oro a un día redondo.