Bajo todos tus sombreros –31–
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NICO

Cuando la puerta se cierra, me quedo mirándola y no puedo evitar soltar una leve carcajada.

Estoy a punto de entrar a revisar mi correo electrónico cuando se abre de nuevo de golpe, sin previo permiso ni nada.

Biel me mira con una sonrisa llena de malicia.

Mierda. Pongo los ojos en blanco y él pasa sin ser invitado, cierra tras de sí, y se sienta en la misma silla que estaba ocupando Melania hace tan solo unos segundos.

—Me vas a contar con pelos y señales qué hacía el corderito en tu despacho —dice, apuntándome con el marujeo dibujado en su cara—, y no te molestes en negarlo porque la he visto entrar y salir. La silla todavía está caliente —añade masajeando el asiento con su propio trasero.

Me cubro la cara con la mano y sacudo la cabeza. Este hombre es imposible.

—Es mi alumna. ¿Qué crees que hacía? —contesto, intentando restarle importancia al asunto.

—No me vengas con esas, Nicolás. —Detesto que me llame por mi nombre completo, y él lo sabe. Mi padre siempre me llama así—. Esa chica no es solo tu alumna. Es la misma con la que llevas un par de meses de encontronazos. Además de ser la señorita Brioche.

—¡Biel! —grito en susurros.

—Deja de quejarte tanto de los estupendos motes que le pongo y cuéntame qué ha pasado aquí —dice, señalando mi mesa.

—Estás enfermo, tío. ¿Qué querías que pasara? Solo hemos hablado de su examen.

—¿Te refieres a ese examen en el que te hizo un desplante frente a toda la clase?

Aprieto los labios y me froto la cara, nervioso.

—Te has enterado.

—¿Y quién no se ha enterado? Esa chica se ha vuelto toda una sensación en la facultad. No me digas más. La has suspendido y ha venido a llorarte. A ponerte sus ojos de corderito.

—No. No la he suspendido.

Biel me mira sorprendido.

—¿Y eso? No me digas que no le has puesto un suspenso porque no sabes su nombre, porque eso lo solucionamos en un minuto —dice, incorporándose y haciendo como que se arremanga la camisa.

—Ya sé su nombre. Su nombre completo, su dirección, sé que tiene una colección de gorros en la pared de su habitación y también sé que fue su madre quien la obligó a estudiar esta carrera en contra de su voluntad, con quien, por cierto, tuvo una discusión muy fuerte dos días antes del examen.

Yo también he pasado por ahí y sé lo difícil que es a veces preparar un parcial cuando no tienes la cabeza para eso.

—Biel se ha quedado paralizado con la boca abierta, así que decido adelantarme a los acontecimientos—.

Y todo esto lo sé porque resulta que ella y Vik son vecinas en el mismo edificio y se han hecho amigas.

—¿En el cuchitril?

La cara de Biel mezcla la interrogación y el asco a partes iguales. Él es todo un sibarita y, después de mi descripción del piso de mi hermana, seguro que se lo ha imaginado diez veces peor. Aun así, asiento.

—Al final resultó que no era una ricachona consentida —digo con una sonrisa ladeada.

—Lo que la hace mucho más interesante a tus ojos… —añade Biel estirando sus labios en una mueca que me recuerda al Joker.

—No empieces.

—¿Y entonces? ¿Qué quería el corderito brioche? ¿Ha venido a pasarte un mensajito de tu hermana o algo? Ahora todo queda en familia.

Sacudo la cabeza en negación.

—Creo que no sabe que soy el hermano de Vik.

—¿No se lo has dicho?

Niego, alzando las cejas y sonrío.

—Voy a guardarme ese as en la manga un poco más.

Mierda, creo que lo he dicho en voz alta.

— Naughty boy … —se ríe Biel—. Di lo que quieras, pero te conozco. Esa chica te atrae.

—ES MI ALUMNA.

—Si te lo repites las suficientes veces, igual te lo crees y todo. Yo probaría a medianoche frente al espejo, a oscuras y con una vela. Pero ten cuidado, igual se te aparece y te la acabas tirando.

—¡Biel! —grito en voz baja deshaciéndome en gestos para que calle esa boca sucia suya. Él se levanta para alejarse de mis manos amenazantes, riéndose, y abre la puerta.

—¡Que a mí no me la das, Nicolás!