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MEL
¿Y yo por qué narices le he contado todo esto?
Trago saliva. No sé cuántas veces estoy tragando saliva, pero tengo la boca más seca que después de comer la tortilla de mi madre. Nunca pongas a una alemana a cocinar comida española.
El silencio en el que ha derivado mi gran confesión se está volviendo demasiado pesado para mi gusto. Al fin, él asiente, serio, sin más expresión que la que —espero— me agradece la honestidad.
—¿Qué quieres estudiar tú?
Al parecer, continuamos con las preguntitas. No sé a dónde quiere llegar con todo esto, pero él tiene la sartén por el mango y me dejo llevar con la esperanza de que, al final de todo, no me conduzca a un suspenso.
—Quería estudiar diseño de moda —confieso.
Al momento me doy cuenta de lo pijo e inmaduro que ha debido de sonar eso.
Una niña caprichosa, que no tiene otra cosa en la cabeza más que vestidos de princesa.
Le muestro mi sombrero. Por casualidad, hoy me he puesto una de mis propias creaciones.
Es una gorra estilo gavroche con mucho volumen y varios pliegues en la parte frontal, que cosí usando unas cortinas con estampado granate que mi abuela le regaló a mi tía Nanni y que ella aborrecía—.
Me encanta hacer gorros. Siempre me han fascinado… —explico, sonriendo.
—¿Lo has hecho tú? —pregunta, señalando al que tengo entre las manos, en mi regazo. Asiento—. Has hablado en pasado. ¿Ya no sigues queriendo dedicarte a esto?
No se le escapa una al tío. Creo que ni siquiera yo me había dado cuenta del detalle.
—No lo sé. Me sigue gustando… pero estoy… cansada —admito—. Necesito dejar de depender de alguien.
—¿De alguien? ¿Te refieres a tu madre?
Suspiro y vuelvo a asentir.
Se queda callado, mirándome. Por más que intento descifrar su expresión, no puedo sacar nada en claro.
Ni yo misma sé por qué me estoy sincerando tanto con él.
Solo falta el puzle encima de la mesa y me sentiría como en una de mis sesiones de confesión con mi tía.
Sin embargo, con Nanni nunca estoy tan nerviosa como lo estoy ahora mismo ante Nicolás Costa.
Este hombre tiene una forma de mirar que parece que me atraviesa.
—¿Alguna otra pregunta…? —musito, riendo para rebajar mi propia tensión.
—Una más. —Se inclina hacia adelante y yo siento que se me remueve algo en el estómago.
Mi nariz capta su perfume y hago un esfuerzo porque mi expresión no delate mi sorpresa al darme cuenta de que se me ha puesto la piel de gallina.
Joder, qué bien huele el cabrón. No debería oler así.
Debería oler a profesor, aunque no tengo muy claro lo que eso significa.
A madera y a libro viejo, supongo. No a tentación y besos en el cuello—. ¿Por qué no has vuelto a mi clase?
Me quedo con un palmo de narices ante la pregunta. ¿En serio me está preguntando eso? Después de llevar un buen rato soltándole confidencias, creo que de perdidos al río.
—Ya sabes por qué no he vuelto a tu clase —le digo, arrugando el ceño en una expresión condescendiente.
Él esboza una media sonrisa de lado que me recuerda al momento en el que nos encontramos en la discoteca. No puedo evitar fijarme en sus labios otra vez. No sé qué tiene este hombre que lo hace tan atractivo, pero no puedo negar que lo es.
Melania. Contrólate, que tienes novio. ¡Y es tu profesor!
Ahora es cuando se supone que me echa en cara mi actitud del día del café. O peor, ¿se atreverá a hacer mención al día de la teta? Para mi sorpresa, ninguna de las dos.
—Tienes un 7,5. No la cagues en el examen final y esfuérzate para mantener el notable por tus propios medios. Creo que eres perfectamente capaz —dice, reclinándose y suspirando.
Lo observo levantar la pantalla del portátil y me lo tomo como una indirecta de que la conversación ha acabado y que debo irme.
Asiento y me levanto deseosa de dar aquella tortura por terminada. No tengo muy claro si debería dar las gracias, sonreírle, aplaudirle… Este ha sido uno de los momentos más extraños de mi vida como estudiante, eso seguro. Así que murmuro un escueto gracias y abro la puerta.
—Melania. —Su voz me hace detenerme en seco. Me giro, casi con miedo de que haya cambiado de opinión y lo enfrento—. Quiero verte en clase todos los días lo que queda de semestre. ¿Entendido?
Asiento y muestro mi mejor sonrisa.
—Cristalino.
—Y ahora vete a clase, que le estás cogiendo el gusto a saltártelas.
Me muerdo el labio inferior, abro la puerta del todo, salgo y dejo escapar el aire que llevo conteniendo desde que entré en ese despacho.