Bajo todos tus sombreros –29–
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NICO

Acabo de sentarme y levantar la tapa del portátil cuando me interrumpen unos golpes tímidos en la puerta de mi despacho. En ocasiones normales, creería que es Biel, pero sus golpes suelen ser mucho más enérgicos, así que lo descarto.

—Adelante. Está abierto —invito.

Cuando la puerta se abre, me alegro de que mi mandíbula esté unida al resto de mi cara, porque de otra forma, se me habría caído al suelo.

Es la última persona que esperaba ver en mi despacho, y menos en ese momento.

Me doy cuenta de que me he quedado mirándola como un idiota cuando noto que ella está a punto de dar media vuelta y salir corriendo.

Así que me sacudo la estupefacción e intento recuperar mi actitud pasivo-profesional.

—¿No vas a pasar? —pregunto, reclinándome en el asiento.

Ella da un paso adelante, lo suficiente para que las leyes de la física puedan considerar que está dentro de mi despacho, pero se queda ahí de pie, sujetando la carpeta que lleva entre las manos como si se aferrase a un salvavidas.

El nerviosismo que rezuma ella, egoístamente, hace que yo me sacuda el mío propio con más facilidad.

—Bonito gorro —le digo, disfrutando interiormente de lo mal que se lo estoy haciendo pasar.

—Lo siento… —dice, apresurándose a quitárselo.

—No muerdo —digo, mostrándole una sonrisa ladeada.

Ella deja escapar un fuerte suspiro, cierra la puerta tras ella y, al fin, se arma de valor para sentarse frente a mi mesa, apenas a un metro de distancia de mí.

Me inclino hacia adelante, cierro el portátil y junto las manos, apoyando los codos sobre el escritorio.

Estando tan cerca y en la aislada intimidad de mi despacho, me llega su olor, enviándome de vuelta a la discoteca en Girona, y a aquel momento en el que capté por primera vez ese perfume. Joder, qué bien huele el corderito.

—Tú dirás —le digo, mirándola directamente a los ojos.

La veo tragar saliva y no puedo evitar fijarme de reojo en ese cuello blanco y esbelto que se mueve nervioso.

—Quería hablar con usted de mi examen —dice.

Noto que intenta mostrarse firme, aunque le tiembla la voz.

Una parte de mí, a la que ella le apaleó el orgullo como a un perro callejero, se está regocijando.

Pero la otra echa de menos a la fiera que sé que lleva dentro y que solo ha bajado la cabeza ante la posibilidad de un suspenso.

Sabe que la he reconocido. Eso, y la nota que le puse, la habrá dejado como un puzle.

—¿Vuelves a tratarme de usted?

La veo apretar los labios y apartar la mirada. Sus ojos echan un vistazo esquivo hacia la puerta y tengo la sensación de que se está planteando si la opción de irse por donde ha venido no será menos pérdida de tiempo, así que decido intervenir.

—Melania. —Se vuelve hacia mí al escuchar su nombre, y sus ojos me miran casi con temor—. Suéltalo ya. ¿Qué pasa?

La veo suspirar otra vez y armarse de valor.

—¿Por qué me has puesto un notable? —pregunta.

Me reclino otra vez en el asiento y la miro con interés.

—¿No estás contenta con tu nota?

—Sí, claro que estoy contenta —dice soltando una risa nerviosa.

—¿Entonces?

Suelta el aire con fuerza y es como si también soltase el miedo. Le brillan los ojos y puedo ver asomar a la fiera otra vez. A la loba que se esconde tras esos preciosos ojos de corderito.

—Sabes que copié en el examen y sabes quién soy. No entiendo que no me hayas suspendido.

—¿Es eso lo que te preocupa?

—Me preocupa que me suspendas el semestre y la asignatura completa —dice, como si fuera evidente—. Estoy en mi último curso. Si no apruebo tu asignatura, no conseguiré el título este año y…

La voz se le quiebra y deja de hablar. Creo que sobreentiende que yo seré capaz de rellenar el hueco. Cualquiera lo haría, pero tengo la sensación de que, con ella, el hueco es bastante más grande de lo que puede parecer a simple vista. Me quedo pensativo un rato, mirándola.

—Voy a hacerte una pregunta y quiero que seas muy sincera, porque si no lo eres, lo voy a notar. —Su cuello vuelve a agitarse al tragar saliva—. ¿Por qué estás estudiando esta carrera?

—¿Qué? —pregunta, confusa.

—¿Por qué estás estudiando Administración y Dirección de Empresas? ¿Cuál es tu motivación?

Noto que duda. Se toma un minuto largo antes de contestar, y me parece bien. Eso me da a entender que, cuando por fin lo hace, no va a soltarme ninguna cursilería de poeta.

—Estoy estudiando ADE porque mi madre me obligó. No es lo que yo quería estudiar, pero no he tenido muchas opciones de elegir. No me gusta y estoy deseando terminarla para poder dedicarme a lo que yo quiero.

—¿Por qué te obligó tu madre a estudiar ADE?

—No es lo que piensas —dice soltando una risa sarcástica—. Imagino que crees que mi familia tiene un gran negocio y quieren que yo me prepare para trabajar con ellos algún día. Sé que es el caso más común.

—No creo nada, por eso te lo pregunto —contesto.

«Aunque sí, en algún momento he pensado que eras una ricachona consentida», pienso para mis adentros.

—Mi madre es alemana. Conoció a mi padre cuando estaba estudiando Derecho para ser abogada, como mi abuelo.

Él era un hombre muy estricto y se tomó muy mal que ella dejase su carrera para venirse a España con mi padre.

Así que le dio la espalda y no quiso saber nada de ella.

Y tampoco de mí. Mi madre se convirtió en ama de casa en un país en el que tampoco tenía muchas opciones, ya que ni siquiera hablaba el idioma ni tenía estudios terminados.

Hace ocho años, mi padre la dejó por otra y ella se quedó atrapada aquí, sin empleo y casi sin dinero.

Al final ha encontrado trabajo y nos las hemos arreglado, pero no ha querido ni oír hablar de que yo estudiase algo que, según ella, no tiene futuro ni pone comida en el plato. Así que he acabado aquí.