Bajo todos tus sombreros –28–
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MEL

El café de la mañana del jueves toca temprano y en la cafetería de la facultad.

Cata, su novio Rober y yo estamos sentados entre aquella niebla de excitación y nerviosismo que se huele cuando los estudiantes saben que están a punto de recibir la nota de un examen.

Y si el resto está nervioso, yo estoy que me subo por las paredes.

Noto las miradas esquivas del resto. Con la mayoría llevo ya cuatro años compartiendo clase y me conocen, y después de mi escenita con el profesor de Ética, me he vuelto famosa.

Podría sentirme halagada, pero en este momento desearía poder prescindir de esta fama.

No hará más que alimentar el cabreo que el profesor ya debe tener contra mí.

Según han ido pasando los días, el miedo de que me haya identificado ha ido creciendo, y la posibilidad de encontrarme con un suspenso en esa lista, o peor, en toda la asignatura, me ha cerrado el estómago las últimas cuarenta y ocho horas.

El móvil de Cata emite un par de pitidos que anuncian un nuevo mensaje y la observo mientras lo desbloquea y lo consulta. Tras leer la pantalla, nos hace una señal y se dispone a levantarse.

—Ya están colgadas las notas en el tablero. Vamos —dice.

Me levanto a toda prisa y, tras dos pasos, me doy cuenta de que se me había olvidado pagar el café.

Nada más girarme, casi me doy de bruces con alguien.

Ahogo un grito en un suspiro prolongado y me quedo blanca cuando reconozco a la última persona con la que desearía haberme chocado esa mañana: Nicolás Costa, mi profesor de Ética.

—L-lo siento —tartamudeo, sin poder evitarlo.

Él me muestra una sonrisa llena de confianza que me pone aún peor.

Decir que nuestras miradas se cruzan quedaría cursi y bastante inexacto.

Porque eso no es lo que está pasando. Es más bien una conversación encubierta, en la que él se está vengando con absoluta certeza de todos los desplantes y desaires que le he hecho de una forma u otra desde aquel primer encontronazo.

Y yo no me agacho y me hago un ovillo porque me he quedado paralizada.

—Empiezo a pensar que tienes una extraña obsesión por tirarte encima de mí, señorita Llorens. Deberías tener más cuidado. Recuerda que no soy transparente…

Su sonrisa se ladea y se aparta a un lado, haciéndome un gesto para dejarme pasar.

Me muevo sin darme cuenta. Mi cuerpo va por libre, como un autómata, porque mi cabeza ha entrado en modo bloqueo y en este momento lo único que tengo de cuello para arriba es un tambor junto a las sienes que bombea sangre a mis mejillas con cada mamporrazo.

Lo observo alejarse junto con mi tutora de Proyecto y siento que me tiemblan las piernas.

En una sola frase, me ha confirmado no solo que sabe quién soy, sino que sabe que fui yo quien le tiró el café encima, y peor aún, ¡me reconoció en Girona!

Mi cerebro ha entrado en modo centrifugado y los pensamientos y visiones cataclísmicas se entremezclan mientras pago mi café.

Cata y Rober gesticulan para meterme prisa, pero yo ya no tengo las mismas ganas de ver mi nota.

Después de lo que acaba de pasar, estoy completamente segura de que voy a suspender la asignatura.

De camino al tablero de anuncios, mi cabeza me muestra una sucesión de mi futuro inmediato, en el que se confirman mis peores temores.

Cuando apenas quedan un par de pasos para la marabunta de gente que se arremolina alrededor de aquel tablero de anuncios, yo ya soy una solterona de casi sesenta años que vive con su madre octogenaria y tres gatos.

Creo que les voy a llamar Melania, Eres y Gilipollas.

Por eso de seguir la tradición familiar.

Ya que no voy a tener hijas propias, alguien más tendrá que continuar el legado del nombre que comparto con mi tía, mi abuela, mi bisabuela y mi tatarabuela.

Un grupo de estudiantes se aparta, celebrando y comentando las notas, y Cata aprovecha para agenciarnos un hueco.

Yo no quiero ni mirar. ¿Me habrá puesto un cero?

¿O habrá sido tan considerado como para ponerme un uno y que la humillación doliera menos?

O tal vez hay solo un gran “BORREGA” en letras grandes rojas en vez de un número.

—¡Tía! ¡Has sacado notable!

Salgo de mi ensimismamiento y me vuelvo hacia Cata, en shock.

—¿Qué?

—¡Que has sacado notable! ¡Mira!

A la velocidad del rayo, busco mi apellido en la lista y veo que, efectivamente, al lado de mi nombre hay un 7,5.

—No es posible… —balbuceo.

Repaso la lista una y otra vez para asegurarme de que no me estoy equivocando y no estoy leyendo la nota del de arriba o del de abajo. Pero no. Melania Llorens Bauer tiene un 7,5.

Debería alegrarme. Si no me hubiese tropezado con él hace unos minutos y él no me hubiese dicho lo que me dijo, ahora mismo estaría saltando y gritando de emoción, segura de que la jugada me salió redonda.

En cambio, estoy aún peor. ¿Por qué no me ha suspendido si sabe quién soy y sabe que he copiado?

¿Y si esto solo lo ha hecho para que me confíe y luego suspenderme la asignatura completa?

Me doy cuenta de que, de alguna forma, ya me había mentalizado para el suspenso, pero esta incertidumbre es todavía peor.

Cata quiere que nos vayamos de celebración esta noche, pero yo no estoy segura de tener algo que celebrar.

No quiero confiarme y llevarme una sorpresa al final del semestre.

¿Y si ya he tirado todo el curso por la borda?

¿Para qué estoy haciendo tanto esfuerzo si al final voy a tener que repetir el próximo año? Necesito salir de dudas.

—Cata, tengo que hacer algo. Te llamo a la salida de clase.

—¿No vienes a Auditoría? —pregunta mi amiga, sorprendida.

—No puedo, tengo algo urgente. ¿Me pasas luego los apuntes?

—Claro.

Me despido de ella y apuro el paso hacia el edificio en el que están los despachos de los profesores. No he estado muchas veces aquí y me siento un poco como pez fuera del agua. Y, por supuesto, no tengo ni idea de cuál es la oficina del profesor de Ética.

Un hombre sale de uno de los despachos mirando unos documentos y, al levantar la vista y girarse en mi dirección, se me queda mirando.

Su expresión cambia de la ligera sorpresa al interés, y lo veo esbozar una sonrisa.

Es el profe de Marketing , el mismo al que vi con él en Girona.

Así que seguro que sabe dónde está su despacho.

—Disculpe… —llamo para atraer su atención que, por otro lado, ya parece estar más que fija en mí. Lo veo acercarse y su sonrisa se vuelve más amplia.

—¿Te has perdido, corderito?

Lo miro igual de sorprendida que de cohibida ante su comentario, pero todo el mundo sabe que Biel García es un cachondo, así que ya nadie se sorprende ni mucho menos se toma mal sus comentarios. Sus clases son siempre las más entretenidas y están siempre a rebosar.

—Estoy buscando el despacho del profesor Nicolás Costa. ¿Podría indicarme cuál es?

Sus cejas se arquean con renovado interés.

—Así que estás buscando a Nicolás… —dice, a lo que yo siento que se me ponen rojas hasta las orejas.

¿Le habrá contado el profesor lo de nuestro “encontronazo” en la discoteca?

Por suerte, Biel no hace ningún otro comentario y se limita a señalarme la dirección contraria por la que él ha venido—.

Al fondo del pasillo, la última puerta a la izquierda.

—Gracias.

Echo a andar y puedo notar su mirada en mi nuca.

A medida que me voy acercando empiezo a arrepentirme de haber venido.

Quizá tendría que quedarme con mi brillante 7,5 en vez de meterme en el matadero como un maldito corderito.

¿Será por eso que me habrá llamado así el de Marketing?

¿Porque sabe que me van a llevar al matadero? ¡Oh, mierda! ¡No quiero morir!