Bajo todos tus sombreros –27–
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NICO

Después de estar toda la tarde pateándome el Ikea de arriba abajo para llenar el carro de alfombras, además de un par de cojines, un juego de cucharas de palo y una nueva vitrina para mis figuritas —alguien tendría que hacer un estudio oficial de por qué es matemáticamente imposible salir de ese lugar sin gastarte el triple de lo que tenías planeado—, estoy muerto de cansancio.

Pero Biel tiene la energía de un crío de cuatro años.

Inagotable. La mayoría de sus amigos han hecho planes con sus parejas, pero Lucas tenía un compromiso con su familia esta noche, así que yo soy su único amigo soltero al que liar.

—Tío, estoy muerto. Además, tengo un montón de exámenes que corregir y quiero ponerme mañana.

—No me digas eso, Nico. ¡¿En qué nos hemos convertido?! —dramatiza Biel.

—¿En adultos responsables? —contesto, riendo.

—Venga… un par de cervecitas, al menos.

—Tú no bebes cerveza —replico.

—Pero tú sí. ¡Imagínate lo desesperado que estoy!

Se me escapa la risa por la nariz y le despeino su pelo perfectamente arreglado.

—Solo dos cañas —remarco.

—Me vale. ¡Pero yo elijo sitio!

Le dirijo un arqueo de ceja y, cuando llegamos al local que ha elegido, mis temores se confirman.

Es un local nuevo bastante pijo, con una música que recuerda a los probadores de ropa de Zara.

Totalmente del estilo de Biel y nada del mío.

A veces no sé ni cómo somos tan amigos con lo poco que nos parecemos. Lo miro, escéptico.

—Tranquilo, que tienen cerveza —me asegura.

—Eso espero —le advierto, dirigiéndome a la barra.

Me vuelvo hacia la camarera, una chica rubia con una figura de infarto enfundada en un vestido que deja poco lugar a la imaginación, tanto por arriba como por abajo.

Por un instante, me quedo mirándola como un cromañón hormonado, antes de recordar que se supone que soy un hombre maduro que sabe controlarse y pedirle una caña educadamente.

—¿Cómo va el proyecto “polvo”? —me pregunta Biel, echándome el brazo por detrás de los hombros y guiñándome un ojo.

—¿Cómo quieres que vaya? Últimamente no hago mucho más que trabajar y estar contigo. Y me espantas a todas las chicas.

Veo que la camarera me mira de reojo y sonríe mientras está tirando mi caña y me pregunto si debería tirársela yo a ella.

—¿Yo? —dice Biel, ofendido—. Qué poco agradeces mis servicios. Si no fuese por mí, no habrías conocido a la mitad de tus novias. Tendré que volver a hacer de celestina porque te veo muy verde.

La camarera se acerca con mi cerveza y la deja ante mí, sobre un posavasos plateado.

—¿Verdad, guapa? —dice Biel, dirigiéndose a la camarera.

Ella lo mira, un tanto descolocada por la pregunta—.

Mi amigo Nico dice que una chica como tú nunca se fijaría en alguien como él —me detengo a medio camino de mi primer sorbo y lo miro, dejando que mis ojos saltones le pregunten qué coño está haciendo—, pero yo creo que él no tiene nada que envidiarme. ¿Tú qué opinas?

Ella sacude la cabeza riendo y se coloca el pelo detrás de la oreja.

—¿Tú también quieres una caña? —le pregunta a Biel, ignorándole.

—¿Cerveza, yo? No, gracias. A mí ponme un Negroni. Yo soy más de vermut.

La observamos en silencio mientras le prepara la bebida a Biel. Nos cobra un riñón y medio por las bebidas y dejo que mi amigo pague, ya que tanto ha insistido en traerme aquí.

—Aquí tenéis el ticket —dice la chica rasgando el papel del terminal de pago— y no, no tienes nada que envidiarle —me dice mostrándome lo que, si no me engañan mis sentidos, es una sonrisa cargada de sugerencia.

Le devuelvo la misma sonrisa, doy un trago a mi cerveza sin dejar de mirarla y la observo mientras se aleja a atender a otro cliente.

—Desde luego, estás más verde que las acelgas. ¿Cómo no le has pedido el número? —me susurra Biel casi a gritos.

—¿Cómo voy a pedirle el número? Solo me ha puesto una caña.

Él pone los ojos en blanco y da un golpe en la barra con ambas manos.

—¡Por mi santa madre, Nico! ¡Te ha dicho que le gustas! ¿Es que tiene que publicarlo en El País para que te enteres? Mira que puedes ser lerdo a veces.

Cojo mi cerveza y le dedico una mirada condescendiente, encogiéndome de hombros, antes de darle la espalda a la barra y observar el ambiente.

El local no está demasiado lleno, aunque tampoco está vacío.

La suficiente cantidad de clientes como para no sentir que va mal la noche, pero sin agobiar.

Casi todos son más o menos de nuestra edad, y por las bebidas que veo, creo que voy a ser de los pocos consumidores de cañas del local.

Distraído, reparo en un grupo de chicos que está al otro lado del local, en la zona en la que se disponen varios sofás y butacas de cuero blanco alrededor de unas pequeñas mesas de centro de cristal negro muy pulido.

Hay tres chicos que están hablando y gesticulando entre risas.

Las caras de dos de ellos me resultan familiares, y no tardo en recordar de qué.

—¿Ese de ahí no es tu vecino de Girona? ¿El pijo? —le pregunto a Biel señalando con la cabeza en dirección a los sofás.

Biel se da la vuelta y les echa un vistazo rápido.

—El mismo.

Lo que quiere decir que, el que está a su lado, es el novio de mi nueva alumna favorita, la tal Melania.

Casi inconscientemente, mis ojos pasean por el resto de la estancia buscándola a ella, pero no la encuentro.

Quienes aparecen en su lugar son tres chicas que salen del baño y caminan en dirección a ellos.

Las sigo con la mirada y no puedo dejar de sorprenderme cuando una chica de melena rubia lisa como una tabla se desliza entre las piernas del chico en cuestión y se sienta en su regazo, pasándole los brazos por el cuello y susurrándole algo al oído que hace que él se gire y le plante un morreo.

Al cabo de unos segundos me doy cuenta de que los estoy mirando con el entrecejo fruncido.

—¿Ese no era el que estaba besuqueándose con el corderito el otro día en Girona?

Como pasa a menudo, Biel se adelanta a mis propios pensamientos.

—Yo diría que sí. ¿Lo habrán dejado? —respondo casi por inercia.

—Igual no eran novios. Ya sabes, te como un poco los morros, te echo un polvo rápido y a otra cosa, mariposa.

Me vuelvo hacia Biel casi con repulsa.

—Tío, que estás hablando de una alumna tuya —protesto.

—¿Y? ¿Crees que tus alumnas no follan?

—A veces eres más bruto que un arado, en serio —concluyo molesto, dando un trago a mi cerveza.

Cambio de tema y dejo que mi mejor amigo hable largo y tendido de su novio, pero no puedo evitar mirar de reojo a aquel grupo.

En mi cabeza, la conversación de Biel pasa a un segundo plano y la mayor parte del tiempo me limito a asentir, mientras a mí se me ocurren todo tipo de escenarios posibles.

¿Será que ese pijo solo fue un pasatiempo de una sola noche?

¿O el imbécil este se la está dando con otra delante de mis narices?

Y mi gran conclusión final: ¿Y a mí qué coño me importa?

Sin duda, el cansancio me está pasando factura, así que después de la primera caña, arrastro a Biel hasta la parada de taxis y lo dejo frente a su portal, antes de bajarme en mi calle y pagar.

Cuando entro en casa, me recibe esa agradable familiaridad que da el reencontrarte con tu refugio personal, ese lugar en el que puedes ser tú mismo sin tener que fingir ante nadie.

Me quito la ropa y me pongo el pantalón del pijama y una camiseta de algodón blanca.

Me apetece una taza de té, al que mi hermana me ha convertido en aficionado, así que caliento una taza de agua en el microondas y dejo una bolsita infusionando.

Me la llevo al sofá y, mientras se prepara, mi vista se pierde en la pila de exámenes que descansa sobre mi escritorio.

Me levanto y la alcanzo. Los paso rápidamente hasta que aparece el nombre que buscaba: Melania Llorens Bauer.

Lo saco de entre el resto y me dejo caer en el sofá con su examen y un bolígrafo rojo, recostándome contra el reposabrazos.

—Veamos qué has hecho.

Reviso sus respuestas y leo su desarrollo al caso práctico planteado.

Observarla durante el examen fue uno de mis pasatiempos durante la aburrida vigía, así que sé de buena tinta que copió tanto como chivó. ¿El qué? No lo sé. Debería suspenderla. Es más, por la normativa de la universidad, podría suspenderle toda la asignatura directamente.

Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar en todo lo que Vik me ha contado, incluso cuando ni siquiera sabía que se trataba de la misma chica.