Bajo todos tus sombreros –26–
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MEL

Mi tía Nanni me mira con los ojos tan abiertos como el plato de la pizza que nos acabamos de comer entre las dos, antes de soltar una carcajada.

Ambas estamos sentadas en el suelo alrededor de su mesa de centro, ante el puzle.

Menudo plan de sábado por la noche. Pero David tenía un compromiso familiar y el bombero de mi tía está de guardia, así que estamos las dos igual.

—¡Esa es mi Mel! —exclama con un deje de orgullo imposible de ocultar—. Esa ida de olla lleva mi firma genética. Sabía que algo habías heredado de mí.

Mi expresión risueña se contrae un instante, arrugando el entrecejo.

—¿Cómo que ida de olla? Fue brillante —respondo, altanera.

—Absolutamente —coincide—, pero ten cuidado. Si el profesor se entera de quién eres, se te puede acabar la suerte. Si le da por buscar tu ficha y reconoce tu cara, lo mínimo que tendrás será un suspenso inmediato.

De pronto, mi cuerpo se contrae como si me hubiesen quitado la horma y me hubiese deshinchado. Mi gran hazaña de esta tarde ya no me parece tan grande.

—Eso era lo que quería evitar… —suspiro—. El profesor ya sabe que copié. Me habría suspendido igual. Esto fue lo único que se me ocurrió.

—Bueno… te has comprado tiempo —dice mi tía cogiendo una nueva pieza del puzle que llevamos ya semanas haciendo—.

Tal vez ni se moleste en buscarte. Como él te dijo, sois más de setenta alumnos.

Y si lo hace, siempre puedes arrastrarte hasta su despacho y llorarle un poco para que te deje hacer penitencia y te suspenda solo el examen en vez del curso entero.

—¿A su despacho? ¡¿Estás loca?! ¿Después de lo de Girona?

—Bueno, siempre puedes negociar algún tipo de compensación por ese magreo gratuito que se dio contigo, ¿no? —dice, con todo el pitorreo del mundo.

Yo escondo la cara detrás de las manos, abochornada.

—No sé por qué te cuento todo —replico, frustrada, a lo que ella se carcajea y me acaricia la mejilla.

—Porque soy tu tía favorita. No te preocupes, cielo. Seguro que al final encontrarás una forma de solucionarlo.

—Más me vale. Si suspendo el curso por una asignatura y tengo que pasarme otro año más con mamá, creo que me va a dar algo.

—¿Todavía están las cosas tensas con ella?

Pongo los ojos en blanco y me encojo de hombros.

—Ayer, mi vecina Vik y la pequeña a la que cuida pasaron la tarde en mi casa, y todavía estaban cuando mi madre llegó.

Creo que ver al bebé la ablandó un poco y parecía un poco más relajada.

Pero es que yo ya estoy harta de la situación, Nanni.

Entre las dos siempre hay tensión. ¿Cómo no va a haberla, si no me deja respirar?

Según ella, todas las decisiones que yo tomo son un error garrafal.

¿Y quién demonios es ella para darme ninguna lección?

Mira cómo vive. Amargada, desconfiando de todo el mundo.

Solo quiere amarrarme a ella para no quedarse sola, como ya lo está.

Doy vueltas a la pieza que tengo en la mano, nerviosa. Mi interior se ha ido calentando a medida que hablaba, hasta llegar al punto de cabreo y frustración otra vez. Miro a mi tía y me sorprende la mirada temerosa que me está echando.

—Dime que no le has dicho eso a tu madre… —me dice, sus ojos fijos en mí.

Me muerdo el labio inferior y vuelvo a hundir la cabeza en las manos, ocultas tras mis rodillas. Mi tía se lo toma como una confirmación.

—Melania… —gime, dejando la pieza sobre la mesa, y cambiando de postura para girarse hacia mí.

Ahora soy yo la que la mira con miedo, porque sé que estoy a punto de recibir una regañina—.

Sé que sientes que tu madre no te deja respirar, pero, aunque te cueste verlo así, sus motivos no son tan egoístas como crees.

En el fondo, lo hace porque te quiere y no quiere verte sufrir lo que ella sufrió.

Mel, yo no sé si eres consciente de lo mal que lo ha pasado tu madre.

Ella lo dejó todo por tu padre: su país, sus costumbres, sus amigos y a su familia, que le dio la espalda por esa decisión.

Y cuando llegó aquí, no se encontró una familia política dispuesta a abrirle los brazos y compensar todo eso a lo que ella había renunciado.

Se encontró desconfianza y recelo, porque era una extranjera y ni siquiera podíamos entendernos.

Sabes cómo es la abuela. Siempre se puso del lado de la niña de sus ojos y le echó la culpa a tu madre de todo, aunque todos sabemos de sobra que mi hermano es un vividor y un bueno para nada.

Cuando tu padre la dejó para irse con aquella francesa, tu madre se quedó hecha pedazos.

Se quedó sola con una niña, en un país que no era el suyo, sin medios para ganarse la vida después de haber renunciado a sus estudios y su carrera por el camino.

Hago ademán de intervenir pero ni siquiera me salen las palabras. Me he quedado muda. Y mi tía no ha terminado.

—Tu padre ni siquiera tuvo la consideración de dejaros el piso a las dos.

La obligó a venderlo para llevarse su parte, y por eso vivís donde vivís.

Porque es lo único que ella se pudo permitir con las migajas que tu padre le dejó.

Sabes que ni siquiera le ha pasado un duro para tu manutención.

Y, aun así, tú piensas lo peor de ella y lo tienes a él en un pedestal.

¿Cuándo fue la última vez que se ha molestado en llamarte por teléfono para saber cómo estabas?

Te llama cinco minutos el día de tu cumpleaños y tú sonríes como una tonta, mientras le gritas a tu madre, que ha estado al pie del cañón siempre, a las duras y a las maduras.

Se hace el silencio y yo me doy cuenta de que me he ido hundiendo entre el sofá y la alfombra, cogida por sorpresa por una conversación que, con toda la confianza que tengo con mi tía, nunca habíamos tenido con tanta honestidad.

Sé que mi tía piensa que mi padre —su hermano— es un vago redomado, pero es la primera vez que la escucho defender a mi madre con tanta vehemencia.

Me pregunto qué pensaría mi madre si escuchase a su cuñada hablar así de ella.

—No es que no sepa todo eso… —reconozco—, pero yo no tengo culpa de lo que les ha pasado a ellos. No tengo por qué pagar por sus decisiones.

—No, claro que no —admite mi tía—. Tú tienes derecho a tus propias cagadas y a asumir sus consecuencias.

—Su comentario ácido me hace poner los ojos en blanco otra vez—.

Pero esa es la diferencia entre ser tu tía y ser tu madre.

Yo te adoro, tesoro. Sabes que me encanta estar contigo y charlar de guarrerías y de lo que haga falta.

Pero puedo hacerlo, primero porque me ha ido bastante bien en la vida y sueles pillarme siempre de buen humor, y segundo porque no te he parido y no eres mi responsabilidad más de lo necesario.

Pero tu madre es tu madre. Por mucho que tengas veinticuatro años, se ha pasado toda la vida cuidándote sola.

Todavía le cuesta verte como una adulta que tiene derecho a equivocarse, porque tu dolor ella lo va a sentir en su propia carne.

Resoplo.

—El problema es que es ella quien me está causando el mayor dolor.

Mi tía estira los labios en una sonrisa cansada y asiente.

—A veces, cuanto más intentas evitar el problema, más fácil es provocarlo.